Dos
Dos
Varios decenios antes, una noche de fuertes tormentas de verano, Gemma Cantuzzi se despertó varias veces, entre el olor a repelente de mosquitos, sin presagiar en modo alguno que su hijo mayor, Stefano, moriría a las pocas horas en la montaña.
Le faltaban seis meses para cumplir los cincuenta, pero seguía siendo guapa.
Dormitaba y, en ese duermevela, se levantaba espontáneamente para comprobar si su hija menor, Elena, estaba bien.
Entraba en su cuarto sin hacer ruido, vaciaba el contenedor del deshumidificador, que con ese calor encontraba sistemáticamente lleno de agua, y, para saber si estaba demasiado acalorada o sudada, le hacía una caricia en la cabeza, tan ligera que no se despertaba.
Luego volvía a la cama, más tranquila, y se quedaba dormida.
Lo hacía todo el año, ya fuera verano, otoño, primavera o invierno, sin que nadie lo supiera, ni siquiera su marido, Angelo Cantuzzi.
Sabía que sus hijos ya no eran unos niños: Elena tenía doce años, y, con veinte, Stefano ya era un joven.
Pero no podía evitarlo: necesitaba asegurarse de que sus hijos dormían tranquilos, no tenían pesadillas ni temores y se sentían protegidos y siempre acompañados.
—No sé cómo lo haces —le había dicho una amiga.
—Lo hago y punto —había zanjado ella—. ¿Sabes lo único que me da miedo?
—¿Tener un tercer hijo? —había contestado riendo la amiga.
—No, que me descubran. Mis hijos o mi marido.
Cuando recorría así la primera planta del chalé, Gemma vestía una combinación muy corta que le gustaba mucho a Angelo: se la ponía solo cuando estaba segura de que sus hijos estaban en sus dormitorios.
Luego, por la mañana, antes de bajar a la cocina a preparar el desayuno, se ponía encima una bata.
Cada santo día. Desde hacía veinte años.
—¡Mira que eres tonta! —le había dicho una vez esa misma amiga.
—Somos felices así, ¿sabes? —le había contestado Gemma, incómoda, casi como si tuviera que disculparse por todo ese amor.
Por culpa de la tormenta, se había colado un poco de agua por las cristaleras. Las cerró todas, una después de otra, con renuencia, pensando en la frescura que le habría regalado a la casa dejarlas abiertas de par en par, ahora que el aire ya no era tan asfixiante.
Cuando volvió a la cama, su marido, Angelo, dormía con una respiración potente y fuerte, con el torso desnudo, vestido solo con el pantalón del pijama.
Al acercarse a la cuarentena, había echado un poco de tripa y luego se había estabilizado.
Ahora, con cuarenta y seis cumplidos —qué difícil había sido poder casarse con ese joven al que sacaba cuatro años—, no había cogido más peso y conservaba los brazos y las piernas fuertes y musculosos.
No se despertaba nunca cuando ella se levantaba, pero, en cuanto volvía a tumbarse a su lado, se acercaba a ella para abrazarla, incluso en los tórridos días de verano.
También esto tenía que decírselo a su amiga.
Antes de volver a conciliar el sueño, trató de imaginarse a Stefano y a Maura, su novia, en la casa de la montaña, adonde habían ido a pasar unos días.
¿Seguirían durmiendo o ya se habrían ido a alguna excursión?
¿Había seguido Stefano el consejo de su padre y estaba ya recorriendo algún sendero en la meseta de Lessinia?
Era algo que le había enseñado Angelo: salir de noche, a las tres o las cuatro de la mañana, para contemplar las estrellas y, al llegar a la cima, asistir embobados a la aparición del sol en el horizonte.
Angelo se levantó con las primeras luces del alba. Gemma abrió los ojos cuando oyó correr el agua en el baño.
—¿Estás despierta, Gemma? —le preguntó él al poco, asomándose brevemente al dormitorio—. ¿Dónde crees que estarán? Según tú, ¿adónde la habrá llevado Stefano?
—Qué sé yo, igual donde me llevaste tú la primera vez... Igual hace lo mismo, ¿no?
Desde el pasillo le llegó un grito ahogado de su marido y una estruendosa carcajada infantil.
—¿Qué pasa, Angelo? —preguntó sonriendo.
—Es Elena. Le divierte acercárseme de pronto por la espalda para darme un susto... ¿Es que esta hija tuya no piensa crecer nunca?
—Esperemos que no —se apresuró a contestar Gemma.
Mientras tanto, camino de los dos mil metros de Cima Carega, en los Pequeños Dolomitas, tras dejar atrás las ruinas de la antigua oficina de aduanas y el poste que en tiempos marcaba la frontera entre Lombardía-Venecia y el Imperio austrohúngaro, Stefano y Maura saludaron al crepúsculo matutino apagando sus linternas frontales.
Stefano vestía unos vaqueros y unas deportivas, y Maura unas bermudas rojas y unas botas de montaña de cuero pasadas de moda pero que le gustaba robarle a su madre.
Prosiguieron así durante más de media hora, hasta que, hacia los mil novecientos metros, en un tramo siempre umbrío, vieron un nevero que se interponía entre ellos y la cima.
Había forma de rodearlo, pero ¿cómo resistirse a caminar sobre la nieve en ese principio de verano?
Apoyaron decididos los pies sobre ese manto sucio que crujía a cada paso.
Avanzaron despacio, haciendo mucho ruido, tratando de no tropezar ni hundirse en la nieve.
Casi dos mil metros más abajo, Gemma se puso la bata y se dirigió descalza al cuarto de baño de sus hijos.
Ni siquiera las baldosas de cerámica le dieron algo de frescor.
Aplastó un mosquito que estaba esperándola en el espejo desde la noche anterior y, después de refrescarse la cara y las manos, bajó a la cocina para poner la mesa y dejar al fuego la cafetera que había preparado antes de acostarse.
Lo hacía cada mañana, sin excepción: su marido se despertaba, y ella, cayera quien cayera, se levantaba a preparar el desayuno.
—Podrías haberte quedado en la cama, Gemma —le dijo Angelo, como cada mañana, ante la mesa puesta con esmero.
Quién sabe si alguna vez lo haría. Nunca se le había pasado por la cabeza siquiera.
Mientras lavaba las tazas y los platos que habían usado Angelo y ella y sacaba de la nevera la leche para Elena, observó por la ventana a su marido subir al coche para ir a la fábrica.
No era muy difícil imaginar lo que estaría pensando: alguna queja sobre el calor y la cabeza centrada ya en la jornada de trabajo.
Había empezado de muy joven en el sector de las piezas de recambio, y desde hacía unos años tenía su propia empresa, con una veintena de empleados. Facturaba mucho y trabajaba otro tanto.
—Elena, está listo el desayuno, ¿vienes? —la llamó Gemma por la escalera, con su habitual tono cariñoso. Nunca había tenido otro—. Ya te he puesto el cacao en la leche —dijo cuando vio a su hija asomar en la cocina.
—¿Y papá?
—Uy, papá ya se ha ido.
—Mamá, ayer llamó Stefano, se me olvidó decírtelo.
Gemma terminó de secar las tazas y volvió a guardarlas en el aparador.
—¿Y qué se contaba?
—Quería que le dijera a papá que se iba a Lessinia. Que él lo entendería.
Elena se rascó la cabeza, bostezando.
—¿Qué es eso que papá entendería, mamá?
Gemma sonrió.
—Que va a llevar a Maura donde papá me llevó a mí la primera vez.
—Pero, entonces, ¿quiere decir que se van a casar?
—No. Pero igual quiere decir que Stefano está enamorado.
Elena se quedó un momento pensativa y luego siguió bebiéndose la leche.
Gemma miró en derredor: las ventanas daban al jardín; los rayos de sol entraban en la cocina desde por la mañana temprano, la encimera resplandecía, y las tazas y los platos estaban decorados con un delicado dibujo de hojas de hiedra.
No habían pasado muchos años desde que, en ese solar con la obra casi terminada, una mañana de invierno aparecieron de repente un hombre y un niño con un bonito abrigo loden verde; detrás venía una mujer que llevaba de la mano a una niña de carita redonda y sonrisa traviesa que vestía una chaqueta de lana roja de estilo tirolés con botones plateados.
El hombre, Angelo, tenía un buen coche, un traje de buena factura y el aspecto de alguien que había dejado atrás la miseria pero que, si era necesario, sabría reparar una tubería y no habría dudado en remangarse para picar piedra.
Todavía conocía bien la tierra, esa misma que había alimentado a la familia Cantuzzi hasta la generación anterior.
Y luego estaba la señora, tan guapa y sonriente que, cuando se mudaron a la casa nueva, los vecinos, ocultos tras cortinas y persianas —siempre medio bajadas, por una desconfianza natural— pensaron que, allí donde hasta hacía muy poco aún había granjas y arrozales, había ido a vivir Jackie Kennedy.
Pronto, no pocos empezarían a fantasear con esa mujer claramente enamorada de un hombre que parecía centrado en cualquier cosa menos en llevarla a cenar y regalarle joyas.
Y no pocas mujeres, que secretamente habrían querido estar en su lugar, se acostumbraron también a vigilar a escondidas las miradas de sus maridos cuando la señora Cantuzzi salía al jardín o subía al coche para acompañar a los hijos a clase de tenis o al autocar que los llevaba de colonias de vacaciones con la parroquia.
Ella no se daba aires ni hacía nada que llamara la atención, y él parecía única y exclusivamente una buena persona: los vecinos, que les tenían envidia, habrían querido odiarlos y hablar mal de ellos, pero no había manera.
Stefano fue el primero en resbalar en el nevero, hundiéndose hasta las rodillas, seguido de Maura, a la que, pese a que tenía las pantorrillas desnudas, le entró la risa.
—Espera, que te hago una foto. No te muevas —le dijo cuando se levantaron del suelo.
Aún no había asomado el sol, pero la claridad bastaba para ver detrás de Stefano el tajo del Passo Pertica, inmerso en un caleidoscopio de colores.
El amarillo, el rojo, el rosa y el azul del cielo se reflejaban directamente en el rostro de Stefano mientras miraba a Maura sacar la foto, atontado casi por tanta belleza.
Tenía las gafas de sol sobre la cabeza y los brazos extendidos a ambos lados del cuerpo.