El estafador Uno #3
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Uno #3

—Bueno, pues empezó diciendo: «Una madre se preocupa siempre mucho por el futuro de sus hijos...

Teme que se queden solos porque no encuentren a alguien que los quiera, que pierdan el trabajo, que no sean felices...

». No entendía adónde quería llegar, aunque estaba claro que a nada bueno.

Pero, para entonces, yo quería que lo soltara de una vez.

«¿Qué me quieres decir, mamá?», le insistí.

—¿Y qué te dijo?

—Se quedó pensando y...

Lo interrumpió un estruendo de chirridos de frenos y portezuelas que se abrían y se cerraban justo debajo de su casa.

Miró a Carolina y se dirigió a la ventana.

Eran coches de policía, de los que salieron varios agentes de delitos económicos, seguidos de más coches, con las sirenas sonando.

Fabio se quedó observándolo todo, impasible.

Quizá había llegado el día en el que ya no tendría que preguntarse cómo matar el tiempo.

Notó la mano de Carolina en el hombro. Vio que se había puesto la bata. Volvió a mirar a la calle: los agentes de uniforme iban armados. Al momento sonó el timbre del videoportero.

«Tiene gracia que llamaran al videoportero, ¿no?», contaría en la cárcel pocas semanas después.

Fue a abrir con una sensación difusa de alivio y vergüenza por lo que iban a pensar los vecinos al ver todo ese jaleo de coches y de hombres que corrían escaleras arriba, calzados con sus botas Dr. Martens.

Siempre había tenido pasión por los zapatos, quizá no por las botas de policía precisamente, pero bueno.

Ese tipo de suela sobre el mármol era un sonido inconfundible.

Dejó la puerta entornada y luego fue a sentarse con Carolina en el sofá. No había ninguna prisa: tenía la maleta preparada, con el cepillo de dientes, la pasta y el pijama, desde hacía exactamente tres meses. Lo único que no entendía era por qué habían tardado tanto.

Diez minutos más tarde, sentado entre dos agentes en el asiento trasero de un coche de la policía de delitos económicos, como si pudiera hacerle daño a alguien, Fabio se imaginó una hoja de contabilidad, de esas que tienen a la derecha el pasivo y a la izquierda el activo.

Era su formación, aquello con lo que había bregado toda su vida.

Nunca había sido un artista ni un creativo.

Se puso a rellenar las celdas, empezando por el pasivo. Los razonamientos sobre lo que había perdido y ganado venían luego: primero había que poner un poco de orden. Empezó:

Ya no tenía trabajo.

Ya no tenía compañeros.

Ya no tenía libertad, desde hacía unos minutos.

Ya no tenía limpio el historial delictivo: oficialmente todavía sí, pero podía darlo por perdido.

Pasó a la otra columna, la del activo.

En los últimos veinte meses había acumulado cuatro inmuebles y solares por valor de un millón setecientos mil euros; una nave en un pueblo a veinte kilómetros de su casa, para esconder lo que robaba; tres parcelas rústicas, que había comprado sin saber para qué; diez botellas de vino, cada una de las cuales valía por sí sola lo que un apartamento de dos habitaciones en el centro; trece vehículos, entre coches y motos, entre los cuales había un Ferrari Modena, tres Maserati de época y un Lotus Emira; ciento siete obras de arte, elegidas no por él, sino por Carolina, por un valor total de tres millones de euros; varios diamantes y relojes, y, amarrado en el puerto de Lavagna, un Sunseeker 46: se lo había comprado sin tener siquiera el título de patrón de barco, pero ya pensaría en eso después.

Había también varios cientos de miles de euros en la cuenta corriente de su exsuegro, el padre de su primera mujer, con quien seguía manteniendo una relación muy estrecha; otros tantos en la cuenta de Carolina —aún no sabía si la detendrían a ella también y, sobre todo, si seguiría a su lado—; tres millones de euros que no encontrarían jamás, de un total de quince; un par de zapatos hechos a medida —los mismos que se había puesto para subir al coche de policía—, tan absurdamente caros que, con ese dinero, su madre habría tenido para un año de alquiler del apartamento de dos habitaciones en el que vivía desde siempre.

La primera noche, encerrado en una celda que contenía solo una cama y una mesita, durmió al fin como un tronco.

—He soñado que se llevaban el Lotus —le dijo a Carolina para desdramatizar, cuando se vieron en el locutorio de la cárcel.

No era cierto, pero quería hacerla reír. En realidad, no pensaba en absoluto en el dinero que iba a perder ni en los bienes que le iban a confiscar. Ni en si descubrirían lo que había escondido. Pensaba solo en cómo había terminado la conversación con su madre:

—Venga, habla, dime lo que estás pensando —había insistido, hasta que ella, con una expresión malvada que no le conocía, había hablado por fin, y de qué manera.

—Durante muchos años, he temido por ti. He temido que sufrieras un accidente, que enfermaras, que perdieras el trabajo... Pero nunca me habría imaginado algo tan grave.

—¿El qué?

—¿No lo entiendes, idiota?

—No, mamá, dímelo tú.

—¡Tener un hijo ladrón!

—Yo no soy un ladrón.

—¿Ah, no? ¡Claro que lo eres!

—Te equivocas, mamá.

—¿Tú crees? ¿Y eso por qué?

—He robado demasiado dinero como para ser un ladrón.