El estafador Uno #2
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Uno #2

Un momento después, aparecieron los dos guardias de seguridad, por si acaso le daban ganas de montar un numerito.

Al otro lado de la ventaba amanecía ya y, sobre las montañas, a lo lejos, el rosa de la aurora se mezclaba con el azul de un cielo que preludiaba un día soleado.

Consultó la hora: tenía que preparar el desayuno antes de despertar a Carolina.

Salió al balcón para comprobar la temperatura; en cuanto abría los ojos, Carolina quería saber si hacía calor, si hacía un frío que pelaba o si iba a llover.

Como si en esa provincia irrelevante en la que habían nacido y crecido se diera alguna vez algún fenómeno meteorológico extremo.

En verano hacía un leve bochorno —pero bastaba pasar unos días en Milán o en Florencia en julio para saber lo que era de verdad el bochorno— y, en invierno, alguna vez refrescaba un poco por la mañana o por la noche: era siempre igual. Como todo lo demás.

«¿Me pongo la chaqueta gorda?»

Cuando la conoció y se enamoraron, a Carolina la traía sin cuidado la meteorología.

Ahora, en cambio...

El aire le pareció más bien fresco, pero, desde que dormía tan poco, nunca tenía calor por la mañana.

Sintió incluso un ligero temblor en las piernas y en el estómago, así como un malestar en el pecho, a la altura del esternón.

Miró con dolorosa envidia las demás ventanas cerradas: todo el mundo dormía aún.

Vivía en una casa situada justo en el punto en el que se había puesto la primera piedra de su barrio: allí donde se erigían ahora los cimientos, sobre un espolón de roca, un rico terrateniente había mandado construir un castillo de ciudad, aunque aún no hubiera ciudad, tras ordenar matar a un rival.

Los amigos del muerto lo estaban buscando, y él pensaba ir donde estuviera a la vista de todos.

No tenía la más mínima intención de esconderse, al contrario: quería dejar bien claro que podía permitirse hacer cualquier cosa.

—Pero ¿cómo termina la historia, Fabio? ¿Al final lo cogieron? —le había preguntado Carolina.

—No lo sé. Dicen que murió en la cama.

—¿Él solo?

¿Y Fabio?

Era cuando menos irónico que justo hubiera acabado viviendo allí.

Más que irónico, a decir verdad.

—Pero ¿tú quién te crees que eres? —le dijo su madre, echándole la culpa a su segunda mujer, Carolina, cuando Fabio le enseñó orgulloso el piso, una quinta planta en esa zona tan exclusiva, con ese salón suntuoso, ese vestidor tan grande que cabía dentro una familia, y numerosa encima, ese garaje de dos plazas («matrimonial», bromeaba al respecto con Carolina), ese jardín de césped al estilo inglés, con vistas a toda la ciudad y al puente de cinco arcos.

—Te van a machacar.

—Que no, mamá, ya verás.

—Ya verás tú, imbécil.

Sacó del congelador unos brioches rellenos de crema de albaricoque, los metió en el microondas y, mientras se descongelaban, colocó las servilletas con los tenedores y las cucharitas.

Le gustaban las primeras horas de la mañana.

Las difíciles venían después, cuando se quedaba solo, esperando a que volviera Carolina de la galería de arte en la que trabajaba, preguntándose si salir o no, si dejarse ver o quedarse escondido.

Esperó a que el microondas hiciera «ding», pero no lo abrió, para que no se enfriaran los brioches .

Luego volvió al dormitorio: Carolina seguía dormida.

Le acarició con dulzura el empeine, que asomaba de debajo de las sábanas.

Le bastaba con rozarla, con tocarla apenas, para que le entraran ganas de comérsela. Eso, al menos, no había cambiado.

—Carolina... Te he preparado el café.

Ella abrió los ojos y lo miró asombrada. Aún no se había acostumbrado a la novedad de que le preparase el desayuno.

—Todavía tengo mucho sueño... —protestó.

—Tienes que ir a trabajar.

—¿Y tú?

—Venga, vamos.

—¿Tú qué vas a hacer hoy? —le preguntó.

—Huir al extranjero.

Lo dijo sin mirarla a la cara, y ella se preocupó.

—¿Me quedo en casa contigo? Si quieres, me invento una excusa.

—Estaría bien.

La besó y volvió a sentir ganas de comérsela. Ella pensó lo mismo.

—Dame solo un momento.

La miró alejarse hacia el cuarto de baño.

Se sentía muy débil, por todas esas horas de sueño perdidas.

Y Carolina no disponía de mucho tiempo, tenía que irse.

Se refugió en la cocina. Sacó los brioches del microondas y los puso en una bandejita.

Lo hizo todo con mucho esmero, para que al menos ese desayuno fuera perfecto.

Enderezó las servilletas sin necesidad, velando incluso porque quedaran exactamente perpendiculares a los lados de la mesa.

Sintió el impulso de destrozarlo todo, pero siguió con su tarea, llevando a la mesa la lechera con la leche ni fría ni caliente, justo tibia.

Carolina se sentó frente a él y le sonrió. Llevaba una camiseta larga y descolorida que le llegaba por encima de las rodillas. ¿Lo había buscado en el dormitorio antes de encontrarlo allí?

—Qué bien lo has hecho todo.

—Esto de hacerlo todo bien está acabando conmigo.

Carolina apoyó un pie sobre el suyo.

—Esta noche he tenido un sueño precioso. Nos marchábamos... a Madagascar —empezó a contarle—. Había unos animales nunca vistos, y el mar tenía unas olas muy grandes. Los surfistas esperaban en la orilla para lanzarse.

—Siempre me han gustado los surfistas —bromeó ella.

—Podría aprender.

Fabio se levantó para servirse otro café. Miró por la ventana: un vecino sacudía el mantel en el balcón de enfrente.

—Se te daría bien.

—Hace unos días vi un documental. Salía un aye-aye, una especie de murciélago con los dedos largos y curvos que le sirven para sacar a los insectos de los escondites más profundos. También salían camaleones. Nunca he visto un camaleón, esos que cambian de color. No me lo creo mucho.

—Prefería imaginarme el surf.

—Yo también.

—Fabio, ¿qué crees que va a pasar?

—¿Cuándo?

—No sé, en los próximos días. O meses.

—El otro día vino mi madre. Estaba furiosa.

Que si la casa, que si los cuadros... Me dijo que las vecinas la miran mal; que lo sabe todo el mundo; que en la frutería de su barrio, donde siempre le pasaban la cuenta a fin de mes, por comodidad, ahora quieren que pague a tocateja; que no sé qué conocida suya ahora hace como si no la viera.

Nada más llegar, como a los cinco minutos, volvió a ponerse la chaqueta, quería irse.

Yo la retuve. Y entonces me dijo una cosa.

—¿Qué cosa?

—Nada, olvídalo.

Fabio se levantó de nuevo, como para buscar algo que llevar a la mesa, aunque no hiciera falta nada. Abrió la nevera de par en par, esperando que bastara con darle la espalda a la pregunta para que desapareciera.

—Venga, dímelo.

Pero no. No había desaparecido.

—No sé si me apetece hablar de esto... —dijo, y tragó saliva, volviéndose a medias hacia ella.

—Pero si has sacado tú el tema.

—Porque me agobia.

—Pues, venga, suéltalo —lo animó ella.

—Se quedó ahí un momento, como dudando si decirme o no lo que estaba pensando, y entonces...

—Y entonces, ¿qué? ¿Me pasas el azúcar, por favor?

El sol extendía sus rayos sobre la mesa, a través de la ventana. Eran afortunados, después de todo.

—Empezó con rodeos, pero se veía que no era porque no supiera qué decirme.

No sabía si quería decírmelo o no. ¿Sabes cuando estás ahí, pensando: «Ahora voy y le digo a esta persona lo que pienso de ella», pero, en cuanto lo hagas, sabes que esa persona desaparecerá de tu vida, y por eso no sabes si es mejor callarte?

—Lo siento.

Carolina se levantó para acercarse a él, pero Fabio volvió a hacer como que ponía la mesa, aunque no faltara nada.