El estafador
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Uno
Uno
Y, además, se repetía Fabio Montari pocas horas antes de una detención más que anunciada, las cosas suelen ocurrir por casualidad.
Mírame a mí, por ejemplo, desvariaba en el delirio de un insomnio que lo torturaba desde hacía semanas: uno se comporta siempre como es debido, es amigo de todos, no tiene jamás un problema con los compañeros ni con los jefes.
«Es un cliente antipático, ocúpate tú, Fabio. Los desarmas, no sé cómo lo haces...»
«¿Te importa terminar esto por mí? Es que le prometí a mi mujer que iríamos a la playa este fin de semana... Eres un amigo, Fabio. Te debo una, ¿eh?, de verdad.»
No faltaba al trabajo un solo día, se entregaba a la empresa en cuerpo y alma, apenas se cogía vacaciones, estaba siempre venga a currar, como si no hubiera nada más en el mundo que generarle beneficios al banco... Y, total, ¿para qué?
Para que un día, de repente, le dijeran: «Ahí está la puerta».
—¿Te das cuenta, Carolina? —le repetía machaconamente a su mujer, cuando ni él mismo era capaz ya de seguir con el mismo discurso.
—Sí, pero, Fabio, por Dios, es que tú también...
Por no hablar de esa vez en que su jefa, Sybille Wagner, de origen bávaro pero afincada en Italia desde hacía siglos, diez años mayor que él, siempre imponente e insinuante, lo invitó a comer a un restaurante caro para hablar con él.
Por supuesto, se anduvo con rodeos, saboreando el Chablis y jugueteando con él como un gato con un ratón, pero, en el momento adecuado, fue directa al grano:
—Fabio, ¿podrías prestarme algo de dinero? Ando un poco justa de liquidez.
¿Cómo se le dice que no a una mujer así, cuando basta oír su nombre para imaginarte a las valquirias cabalgando delante de ti?
—Por supuesto. Faltaría más —le contestó, ostentando una calma que no sentía.
—Necesitaría setenta y cinco mil euros, ¿cómo lo ves?
Vaya, casi nada... Pero, al final, Fabio le había dado el dinero sin rechistar. ¿Y con qué le venía ahora?
«Como intentes volver a llamarme, tendrás que vértelas con los abogados.»
—Los abogados, Carolina, ¿te lo puedes creer?
Alzó los ojos hacia el televisor colgado frente a él en la pared: de los altavoces salían sonidos tenues, casi imperceptibles.
Probablemente había bajado el volumen durante la noche.
Lo apagó y se quedó mirando su reflejo en la pantalla: le hacía falta una ducha, cambiarse de camiseta y salir a tomar el aire.
Si algo le había quedado claro en esas semanas era que estar sin trabajar lo desquiciaba.
«Te lo juro, este verano no quería que se acabaran las vacaciones...»
«Me tiraría un año entero sin dar ni golpe...»
«Te aseguro que un día no pienso volver a poner un pie en esta oficina.»
Las frases de sus compañeros, idénticas todos los años.
Y él, en cambio, mira qué buenas vacaciones se estaba pegando.
El día entero metido en casa, espiando por la ventana como un búho.
Preparándole la cena a Carolina, al menos de algo servía no volver del trabajo a altas horas de la noche.
Los primeros días se lo tomó con ganas, trató de aprovechar el tiempo.
Que si salmón con aguacate, que si escamas de boletus crudos sobre un flan de queso parmesano, que si arroz negro integral con gambas y calabacines, todo riquísimo, cocinado con esmero y hasta emplatado; pero, al cabo de un tiempo, jooooder.
Esa soledad...
Ahí estaba, lavando los platos a mano, en lugar de meterlos en el lavavajillas, para poder matar así el rato; afeitándose en mitad de la tarde, para luego darse cuenta de que ya se había afeitado hacía dos horas, y es que hasta la maquinilla parece que te mira como si fueras tonto.
¿Y cuánto tiempo llevaba plantado en ese sofá? Una eternidad. O, lo que es lo mismo, desde que lo habían despedido de su trabajo en el banco, para luego denunciarlo. ¿Tres meses ya? ¿Cuatro? A saber.
Ya casi había amanecido. Fabio no recordaba lo que estaba viendo ni a qué hora se había quedado dormido.
Tenía que dejar de perder el tiempo así.
Tenía que hacer planes, estudiar estrategias, se lo estaban poniendo muy fácil.
¿Para hacer qué? Pues para escapar, claro: era lo que todos esperaban.
El banco, Sybille Wagner y la policía de delitos económicos.
—No lo hemos encontrado, una pena.
—Se las ha apañado de maravilla para desaparecer sin dejar rastro.
—Estará en las Caimán.
—O en las Bermudas.
Huir, claro. Habría estado muy bien. A lo mejor Carolina habría sido más feliz. Pero ¿para ir adónde? Nunca se había alejado de su ciudad más de dos semanas, y, cada vez, ya estuviera en las Maldivas, en Cerdeña o en la Costa Azul, al cabo de diez días ya solo pensaba en una cosa: volver.
Ahora que, aparte del trabajo, había perdido también el sueño, ya no era capaz de pensar ni de razonar.
Como para organizar una fuga: transferir el dinero desde algún sitio sin que lo pillaran, ver cómo actuar con su madre —aunque esa era otra historia—, encontrar una solución para que Carolina pudiera reunirse con él.
Que esa es otra: ¿de verdad Carolina querría irse con él? Ya ni eso sabía siquiera.
Vio en el reflejo de la pantalla que los ojos se le habían hundido en las cuencas, dejando alrededor una línea oscura de escombros. Con esa cara no podría transferirse ni cien euros, como para pasar un control en el aeropuerto.
Llevaba meses sin disfrutar de verdadera tranquilidad ni descanso. Se dormía de golpe porque estaba agotado, y se despertaba con la misma rapidez. Por lo general, no se acordaba de lo que había soñado, pero no debía de ser muy bonito si cuando abría los ojos sentía un malestar aún mayor.
Levantó la mirada hacia un cuadro que había colgado con Carolina unos meses antes, justo encima del televisor.
Le había costado una fortuna. Era extraño, al principio no le había visto nada del otro mundo.
Era de un pintor tan famoso que no se atrevía ni a decir su nombre mentalmente, pero durante un tiempo le había parecido igual que tantos otros.
Hasta que, un buen día, no pudo dejar de mirarlo.
Las expresiones de los personajes, los colores, el equilibrio de las formas...
Incluso para alguien como él, de pronto todo se volvió claro, cristalino. Sublime.
En cambio, no recordaba ni uno solo de los cuadros de la casa en la que había crecido.
Quizá las paredes estuvieran desnudas y, aun esforzándose, solo le volvía a la memoria el almanaque de fray Adivino, ese en el que ponía el santo del día y un refrán.
Recordaba uno: «La mañana es la madre del trabajo; la noche, de las preocupaciones y los dolores».
Tenía guasa llegar a los cuarenta y darte cuenta de que el fraile tenía razón...
Y luego había estado esa humillación, Dios santo, delante de todos sus compañeros.
Durante un tiempo no fue capaz de contárselo ni a Carolina siquiera.
Un día no fue a trabajar: «Voy a estar unos días sin ir», le dijo.
No es que su despido hubiera sido inesperado, eso desde luego, pero no le contó cómo había ocurrido.
Hasta que un día sintió que iba a estallarle la cabeza de tanto guardárselo todo dentro, y entonces decidió contárselo.
Le dijo que lo que más le dolía era haber hecho el ridículo delante de sus compañeros, después de haber sido la envidia de todos durante años.
Todas las mañanas cruzaba el puente de madera de cinco arcos, porque al final había conseguido vivir en el centro, que era donde vivía la gente de dinero, cuando no se instalaba en la colina.
«Buenos días, doctor», 1 «¿Cómo está, doctor?
»... Y él, ahí, en ese puente tan perfecto, disfrutando de los honores.
¿Y ahora? En lugar del «doctor», que, por otro lado, ni siquiera lo era, esa humillación que lo torturaba.
Se lo contó a Carolina y después se echó a llorar como un niño.
No es que si se hubiera marchado enseguida habría cambiado algo, está claro. Pero un ridículo así te marca para siempre, te persigue.
Carolina intentó quitarle hierro:
—¿Qué más te da, no ves que son unos desgraciados? Si tú mismo lo has dicho siempre.
—Ya, Carolina, pero...
—Anda, ven aquí, cariño.
—No, déjame.
Tal vez, sin ese ridículo que lo obsesionaba, ahora estaría mejor, tal vez habría dormido una noche del tirón, y no a intervalos de diez minutos.
Y el caso es que, ese día de tres o cuatro meses atrás, Fabio se había entregado a su rutina, que consistía en una misma reserva de hábitos y prácticas, automáticos ya.
Siempre los mismos: ¿desde hacía cuánto, quince años?
Sí, quince años en la misma oficina, trabajando para la misma compañía y los mismos jefes.
Encendió el ordenador, esperó a que apareciera la pantalla donde teclear la contraseña y después, distraído —porque, si te lo pensabas, la ponías mal—, esperó en vano a acceder al sistema.
Nada. Volvió a intentarlo. Y otra vez más.
Cuando levantó la mirada hacia los demás, en busca de ayuda, se percató de que todos lo miraban a él, fijamente, en un silencio sepulcral.
A posteriori , cayó en la cuenta de que lo estaban observando desde el mismo momento en que había encendido el ordenador.
Era eso lo que tanto lo atormentaba de noche.
Haber sido, aun solo unos minutos, el hazmerreír de toda la oficina.
Recorrió la habitación con la mirada y vio que sus compañeros observaban a Marzini, de Recursos Humanos, que avanzaba decidido hacia él.
—¿Qué ocurre? —le preguntó.
—Dímelo tú, Fabio —contestó Marzini.
—¿Qué ocurre? —volvió a preguntar Fabio.
Miradas a un lado y a otro: «Poneos a trabajar, hostia». Después, Marzini blandió un papel, un folio con membrete del banco, y, poniéndose las gafas de presbicia, que llevaba colgadas al cuello, empezó a leer con voz impostada.
—Recojo mis cosas y me voy —se apresuró a decir Fabio a la primera frase, empezando a rebuscar en los cajones.
—No, Fabio, tus cosas las tienes que dejar aquí.