El esposo de la doctora Capítulo Tres — El bisturí y la casa
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Capítulo Tres — El bisturí y la casa

CAPÍTULO TRES

El bisturí y la casa

El quirófano de Patricia Ochoa era, para ella, el único lugar del mundo donde todo tenía sentido.

Afuera, la vida era un caos de mensajes sin responder, juntas escolares, cumpleaños que olvidaba, un hijo que se le estaba volviendo un extraño y una hija que coleccionaba sus ausencias sin reclamar ninguna.

Adentro, bajo las luces, el mundo se reducía a un campo estéril de cuarenta por cuarenta centímetros y a una sola pregunta limpia: ¿cómo hago que este cuerpo quede mejor de lo que estaba?

Esa pregunta tenía respuesta. Siempre tenía respuesta. La vida, no.

Había una ironía en todo esto que Patricia prefería no mirar de frente, y que solo asomaba en los segundos muertos entre un paciente y otro: que se ganaba la vida reconstruyendo los cuerpos de mujeres a las que la maternidad había deshecho —pechos vaciados de amamantar, abdómenes que cargaron vida y quedaron colgando—, devolviéndoles algo que habían entregado a sus hijos; y que, mientras lo hacía, sus propios hijos crecían del otro lado de la ciudad sin ella.

Reparaba en serie el daño de la maternidad ajena. El suyo lo dejaba acumularse.

El lunes operó a Sofía Marín. Treinta y nueve años, dos hijos, los dos amamantados hasta el año.

Aumento mamario con mastopexia: levantar y rellenar lo que dos embarazos habían vaciado.

Esa misma mañana, antes de la cirugía, Patricia la había marcado de pie frente al espejo —porque las mamas se marcan paradas, con la gravedad puesta, nunca acostadas— y mientras le dibujaba sobre la piel las líneas que la iban a guiar, Sofía le había dicho, mirándose con los pechos rayados de violeta:

—No es por presumir, doctora. Es que ya no me reconozco. Le di mi cuerpo a mis hijos y no me arrepiento, lo volvería a hacer mil veces. Pero quiero que me devuelvan un poquito. Quiero volver a ser yo.

Patricia había asentido sin decir nada, porque a veces lo más profesional era callar, pero por dentro algo le dolió con esa frase. Quiero volver a ser yo. La conocía demasiado bien.

Ahora Sofía dormía en la mesa.

—Mariana, ¿cómo va mi reina? —preguntó Patricia, amarrándose el cubrebocas.

La doctora Mariana Gamboa, anestesióloga, levantó la vista del monitor. Llevaban doce años operando juntas. Se entendían sin hablar.

—Dormidita y feliz. Saturando cien, presión perfecta. Vía libre, jefa.

—Andrea, ponte de mi lado. —La doctora Pech, su exresidente, ya estaba enguantada—. Lucía, ¿los implantes?

—Cuatrocientos cincuenta, perfil moderado plus, los dos en suero con antibiótico —contestó la instrumentista—. Y el embudo listo.

Patricia revisó las marcas una última vez: el surco, el eje, la simetría —porque las mamas nunca son simétricas, ninguna mujer las tiene iguales, y el trabajo no era hacerlas idénticas sino que el desbalance no se notara—.

Respiró. Y, como hacía antes de cada cirugía desde residente, le dijo a Dios en silencio las tres únicas palabras que le rezaba en el quirófano: que no me tiemble.

Tomó el bisturí.

Y entonces sucedió lo que sucedía siempre, lo que ningún esposo, ningún hijo, ningún amante podría darle jamás: el mundo se apagó.

El cansancio se apagó. La culpa por Lena, por Alberto, por Jorge mirándola con esos ojos de perro fiel, todo se apagó.

Solo quedaron sus manos. La incisión escondida en el surco.

La disección milímetro a milímetro. Cauterizaba cada vaso antes de cortarlo, no después —cada uno, cada vasito, porque odiaba el sangrado con un odio casi moral y porque sabía, mejor que nadie en esa ciudad, que la sangre que uno deja adentro hoy es el hematoma que lo saca de la cama a las tres de la mañana tres días después—.

Liberó el plano dual, lavó el bolsillo con solución triple antibiótica, se cambió los guantes antes de tocar el implante —técnica de no contacto, porque un implante es para toda la vida y no perdona un descuido de un segundo—, lo deslizó con el embudo sin rozarlo con los dedos.

Sentó a Sofía en la mesa, dormida, para ver caer las mamas con la gravedad.

Comparó. Ajustó. Y después, la sutura, plano por plano, invisible, con esa caligrafía que era su vanidad secreta.

—Vas hermoso —murmuró Mariana—. Como siempre.

Dos horas después, Patricia daba el último punto. Se quitó los guantes con un chasquido. Sofía iba a despertar, a mirarse en unas semanas y a llorar —Patricia lo sabía— no de tristeza sino de reconocimiento. Esta soy yo. Volví.

—Bonito —dijo Patricia, y por un segundo fue feliz de una manera total, sin grietas.

Esa felicidad le duró hasta que salió, se quitó el gorro y vio el celular.

Catorce mensajes de pacientes. Un correo del contador de la clínica sobre un requerimiento del SAT.

Un mensaje del doctor Solórzano, su socio, recordándole la junta del jueves con ese tono suyo siempre cordial y siempre un grado más frío de lo necesario.

Un recordatorio de la escuela: Festival de fin de cursos, viernes 6:00 pm.

Y un mensaje de Jorge, sin reclamo, que de tan sin reclamo dolía más que un reclamo: Lena pregunta si vas a ir a su festival el viernes.

Le dije que ibas a tratar. Avísame para no ilusionarla.

El viernes a las seis tenía una lipoescultura de alta definición agendada desde hacía un mes, una paciente que venía de Cancún, con quirófano pagado y boletos de avión. Imposible mover.

Escribió, borró, volvió a escribir, y al final mandó solo: Voy a ver.

Te aviso. Sabía que no iba a ir. Sabía que Jorge también lo sabía.

Lo más fácil del mundo habría sido escribir sí, ahí estaré ; cinco letras.

Pero Patricia no mentía. Esa era su virtud y su crueldad: no sabía mentir ni para consolar.

En la consulta de la tarde, una mujer llamada Gloria quería perder veinte kilos con una liposucción.

Patricia le explicó con paciencia, con dibujos, que la lipo no era una báscula sino un cincel, que sacarle veinte kilos de un jalón la mataría, que primero la nutrición y luego, si quedaban rollitos rebeldes, el cincel.

La que la opere prometiéndole que le va a quitar veinte kilos chupando grasa, huya de ella.

Después vino otra que quería operarse para que el marido no la dejara —a esa la mandó con suavidad a pensarlo, porque ningún implante salva un matrimonio, cosa que Patricia sabía con una autoridad que a esas alturas era casi autobiográfica—.

Y otra que traía fotos de tres cirujanos previos y hablaba de todos con rencor; a esa se le encendió una lucecita roja en la cabeza, una alarma vieja — cuidado con la que nunca está contenta —, pero la tarde estaba llena y la alarma sonaba bajito y era fácil, demasiado fácil, no hacerle caso.

A las ocho y media se fue la última. Le dolía la espalda, le dolía el estómago.

Se tomó una pastilla a escondidas de sí misma y enterró a Lena, y al festival, y a Jorge, en el cajón interno que prometía abrir después .

El problema con ese cajón, que descubriría tarde, era que después nunca llegaba. Solo se acumulaba.

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El miércoles, Lena amaneció con fiebre.

Jorge lo supo antes de que sonara el despertador, porque la niña se metió a su cama en la madrugada, ardiendo, con los ojos vidriosos y esa voz pequeñita de los niños enfermos que rejuvenece de golpe: la Lena de ocho años se volvió, en la oscuridad, una Lena de cuatro.

—Papi, me duele la garganta. Y tengo frío y calor al mismo tiempo.

Treinta y ocho y medio. Las anginas, otra vez, rojas como semáforos cuando Jorge le alumbró la garganta con la linterna del teléfono.

Nada grave —lo supo hasta él, que de medicina no sabía—, una de esas amigdalitis que dan tres veces al año y que se quitan con líquidos, paracetamol y mimos. Sobre todo mimos.

Y ahí empezó lo otro. Porque a las seis y media, cuando Patricia se levantó, Lena se le colgó del cuello como un changuito y dijo lo único que dicen los niños enfermos, lo más natural y lo más demoledor del mundo:

—Mami, no te vayas. Quédate conmigo hoy.

Jorge, desde la puerta del baño, vio la escena entera y vio cómo a su esposa se le partía la cara.

No era una mujer fría. Esa era la mentira fácil que él a veces se contaba para tener a quién culpar.

La verdad era peor: Patricia quería quedarse.

Lo deseaba con cada célula del cuerpo. Se quedó un largo rato sentada en la orilla de la cama con la niña ardiendo en el regazo, oliéndole el pelo, y por un momento Jorge creyó —rezó— que esta vez sí.

—Mi amor —dijo Patricia, y le temblaba la voz—. Hoy tengo dos cirugías. Dos personas que ya están dormidas en mi agenda, que ya pagaron, que vienen de fuera, que no puedo despertar y mandar a su casa. Si me quedo, las dejo tiradas en la mesa. ¿Entiendes? No puedo.

—Pero yo te quiero a ti —lloró Lena—. Papá no sabe hacer la sopa como tú. Papá no sabe el cuento del conejo. Yo te quiero a ti.

Y ahí estaba. Dicho por una niña de ocho años con treinta y nueve de fiebre, sin crueldad, con la honestidad brutal de la enfermedad: yo te quiero a ti. No a papá. A ti.

Jorge sintió el golpe en el pecho como si se lo hubieran dado a él.

Porque era verdad. Él podía hacer todo —la sopa, el paracetamol cada seis horas, los paños fríos, el termómetro, las loncheras, la escuela, la natación, los impuestos del mundo entero— y aun así había una cosa, una sola, que no podía hacer: ser su madre.

Podía sustituir cada función. No podía sustituir el olor.

No podía sustituir el regazo exacto, la voz exacta, el cuento del conejo dicho con la entonación de una mujer que casi nunca estaba pero que, cuando estaba, era insustituible justamente por ser rara.

Jorge era el pan de todos los días; Patricia era el pastel del domingo.

Y un niño enfermo no quiere pan. Quiere pastel.