Capítulo Dos — Cómo se ama a una mujer que va a salvar al mundo #4
Pero nadie le había explicado que para una cirujana plástica buena —y Patricia era buena, era de las mejores de Yucatán, eso lo decían todos— terminar de estudiar no era el final del esfuerzo. Era el principio del éxito. Y el éxito, descubrió Jorge con los años, devora más tiempo que el fracaso.
El consultorio se llenó. Luego la agenda.
Luego el quirófano. Luego empezaron las llamadas de madrugada, los posoperatorios complicados, las pacientes que escribían a las once de la noche con la foto de un moretón y la palabra DOCTORA en mayúsculas y tres signos de admiración.
Patricia contestaba todas. Todas. A toda hora.
Esa era, Jorge lo entendería mucho después, la raíz de todo: que ella no había aprendido nunca a no contestar.
Que en algún punto de esos diecisiete años, la niña que enterró sola a su perico había decidido que su valor entero dependía de estar disponible, de no fallar, de cargar.
—Es mi paciente —decía, cuando él se quejaba—. Confió en mí. Le abrí el cuerpo. ¿Cómo no le voy a contestar?
Y Jorge no sabía qué responder a eso, porque tenía razón, y al mismo tiempo lo estaba matando.
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Esa mañana —la mañana después del hematoma, la de Mercedes Canul, la del Todo bien —, Patricia entró a casa a las nueve, solo a bañarse y cambiarse antes de la consulta de las once.
Jorge la encontró en la cocina comiéndose de pie un plátano, lo único que su cuerpo le permitía a esa hora, revisando el celular con el pulgar a toda velocidad.
Tenía la cara gris de cansancio. Hermosa, pero gris.
En el otro bolsillo, Jorge lo sabía, traía las pastillas para la gastritis que se tomaba a escondidas, esa úlcera que se estaba haciendo a base de cafés amargos —y aquí estaba lo más triste para Jorge, el aficionado, el que sabía de café: que ella, que había conocido el café del bueno por él, había acabado tomándolo malo otra vez, de máquina, recalentado, porque ya no tenía tiempo ni para eso— y comidas de pie y madrugadas.
—¿Cómo quedó? —preguntó él, sirviéndole una taza del suyo, del de verdad.
—Bien. Era una perforante periumbilical, se había abierto por debajo de la plicatura.
La ligué, dejé la hemostasia limpia. La dejé estable.
—Bebió, y por un segundo cerró los ojos, porque el café estaba bueno y su cuerpo lo sabía aunque su cabeza ya no se detuviera a notarlo—.
Estaba aterrada, la pobre. Creyó que se moría. Le dije que no, que no esa noche.
—¿Y tú dormiste?
—Jorge. Son las nueve. Tengo consulta a las once y un aumento mamario a las dos.
Él asintió. Claro. Por supuesto. Y entonces se acordó.
Se llevó la mano al bolsillo del pecho —al mismo bolsillo donde, horas antes, una niña de ocho años le había depositado un encargo sagrado— y, sintiéndose un poco ridículo y un poco solemne, se acercó a su esposa y le dio un beso en la mejilla. Suave. Sin motivo aparente.
Patricia se quedó quieta, sorprendida.
—¿Y eso?
—No es mío —dijo Jorge—. Es de Lena. Me lo dio en la madrugada para que te lo guardara, porque dijo que a veces llegas cuando ya está dormida y entonces el beso se queda sin dar y es triste. Me pidió que no se me cayera. —Se encogió de hombros, intentando que no le temblara la voz—. No se me cayó.
Algo cruzó la cara de Patricia. Un relámpago. Por una fracción de segundo bajó el teléfono, y los ojos se le llenaron, y Jorge esperó —con toda el alma esperó— que soltara la taza, que se sentara, que se quedara, que fuera por cinco minutos solamente la madre de Lena y no la doctora Ochoa.
Pero el relámpago pasó. Patricia parpadeó, tragó saliva, y la coraza volvió a su lugar con la eficiencia de una puerta que se cierra sola.
—Dile que yo le mando otro —dijo, ya saliendo de la cocina, ya en otro continente—. Y acuérdate que hoy le toca natación. —Una pausa, desde el pasillo—: Gracias por guardármelo, Jorge. De verdad.
La puerta del baño se cerró. Empezó a correr la regadera.
Jorge se quedó parado frente al fregadero, con la taza de ella en la mano, mirando por la ventana el patio donde el flamboyán empezaba a soltar sus primeras flores rojas del año sobre el cemento.
Dile que yo le mando otro. Otro beso por encargo.
Otro amor por transferencia. Y por un instante —solo un instante— sintió unas ganas terribles, vergonzosas, de llorar: no porque ella no lo amara, sino porque sí lo amaba, y los dos lo sabían, y aun así no alcanzaba.
Eso era lo peor. Que no era falta de amor.
Era que el amor, sin tiempo y sin presencia, se va volviendo un beso que un padre lleva en el bolsillo de un lado a otro de la casa, buscando a quién dárselo.
No lloró. Los hombres como Jorge no lloraban.
Se terminó el café —el bueno, el que ella ya no tenía tiempo de saborear—, lavó las dos tazas, las puso a secar una junto a la otra como dos personas que duermen en la misma cama y ya casi no se tocan, subió a vestirse y se fue al despacho a defender, con números, a gente que ni se enteraría de que alguien la estaba defendiendo.