El esposo de la doctora Capítulo Dos — Cómo se ama a una mujer que va a salvar al mundo #3
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Capítulo Dos — Cómo se ama a una mujer que va a salvar al mundo #3

—¿Así que el problema es que ella le reza a la Virgen y tú no, y que tú lees mucho la Biblia y ella menos? —dijo, mirando a Jorge—. Hijo, ¿tú crees en Jesucristo, en que murió y resucitó por ti?

—Con toda el alma —dijo Jorge.

—¿Y tú? —le preguntó a Patricia.

—También, padre.

—Entonces los dos le rezan al mismo Dios y al mismo Jesús, nada más que con muebles distintos.

—Se quitó los anteojos para limpiarlos—.

Miren, llevo cuarenta años en esto y de algo me ha servido: Dios no vive en esta parroquia.

Dios visita esta parroquia, que es distinto.

Vive en otro lado. Vive en el trato de todos los días entre ustedes dos.

Si tú, doctora, le hablas a Dios en tu quirófano, ahí está Dios, en tu quirófano.

Si tú, Jorge, le hablas en tu templo con tu Biblia, ahí está.

Y si un día los dos le hablan juntos, aquí o donde sea, en su propia casa, sin cura ni pastor de por medio, ahí va a estar más que en ningún otro lado.

La religión es la dirección de la casa. La fe es vivir adentro. No confundan la dirección con la casa.

Se casaron en la parroquia de Santiago, por la familia, con misa y con santos, y la familia de Jorge se sentó del lado izquierdo cantando por dentro sus propios himnos, y nadie se condenó, y todos comieron cochinita al final.

Pero lo que de verdad los casó no fue el rito.

Fue lo que el viejo entendió y les heredó: que su fe no iba a vivir en una iglesia ni en la otra, sino en la relación de los dos con un Dios que no pedía bando.

Esa fue la semilla. Tardaría años en florecer, y pasaría por una sequía terrible antes de hacerlo, pero quedó plantada esa tarde.

El día de la boda, en la homilía, el padre Anselmo dijo dos cosas que Jorge guardaría toda la vida.

La primera, mirando a los invitados que se abanicaban con el programa: que el matrimonio no era dos personas mirándose a los ojos, sino dos personas mirando juntas hacia el mismo lado.

Lo difícil , dijo el viejo cura, sonriendo bajo el calor, no es amar a quien te mira.

Es seguir amando a quien mira hacia otra parte, y confiar en que mira hacia donde Dios la manda.

Todos rieron. Jorge rió también. No sabía que el padre Anselmo le acababa de entregar el mapa de los próximos quince años de su vida.

La segunda la dijo más bajo, al tomarles las manos para juntarlas: les hizo prometer, además de las palabras de siempre —en la salud y en la enfermedad, en lo próspero y en lo adverso—, una promesa de su cosecha.

—Que nunca se van a ir a dormir enojados —dijo—. Por más cansados que estén, antes de apagar la luz se toman de la mano y hacen las paces. Porque el rencor, hijos, es como el agua en el sótano: si lo dejas de noche, en la mañana ya inundó la casa.

Lo prometieron. Y durante doce años lo cumplieron. Jorge no podía saber, ese sábado de mayo, que llegaría una noche —una sola— en que romperían esa promesa por primera vez, y que esa noche rota le dolería más que ninguna otra cosa.

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Después vinieron los años duros y hermosos.

La especialidad de Patricia en cirugía general, terminada con honores; y luego, por fin sin esconderla, la decisión que había tomado aquella madrugada de urgencias: la subespecialidad en cirugía plástica, estética y reconstructiva.

Tres años más. Otra ciudad parte del tiempo.

Jorge sostuvo el despacho, sostuvo la casa, sostuvo la espera.

Cuando la gente le preguntaba por qué su esposa estudiaba tanto , con ese tono, él contestaba siempre lo mismo:

—Porque para hacer bien lo que ella hace, hay que estudiar diecisiete años. Y ella quiere hacerlo bien.

Diecisiete años. Lo decía con orgullo. Era cierto: súmese la carrera de medicina, el internado, el servicio social, la residencia de cirugía general, la subespecialidad, los cursos, los congresos, las guardias sin nombre, la certificación por el Consejo Mexicano de Cirugía Plástica.

Diecisiete años de una vida entregada a aprender a cortar y a reconstruir cuerpos humanos.

Diecisiete años en que Jorge había sido, sin queja, el suelo firme sobre el que ella construía.

Alberto nació en medio de la residencia, un martes, por cesárea, entre dos guardias.

Y aquí estaba la imagen que a Jorge se le había quedado clavada como una astilla bajo la uña, la que resumía a su esposa entera: Patricia volvió al quirófano —no a parir, a operar— a los doce días del parto.

Doce. Con los puntos todavía tirantes, sacándose la leche entre cirugía y cirugía en un baño del hospital y guardándola en el mismo refrigerador de las muestras, etiquetada con su nombre.

Cuando él, una vez, con todo el cuidado del mundo, le sugirió que descansara un poco más, ella lo miró con un cansancio que no era enojo sino algo más hondo, y dijo: si me detengo ahora, me quedo atrás, y a las mujeres que se quedan atrás en esto no las vuelven a dejar adelantar.

Y tenía razón. Esa era la trampa de discutir con Patricia: que casi siempre tenía razón, y que tener razón no la hacía menos sola.

Lena nació cuatro años después, ya con Patricia recién certificada, abriendo su propio consultorio.

Y Jorge recordaba haber pensado, ingenuamente, parado en el cunero mirando a su hija dormida, que ahora sí vendría la calma.

Que terminada la formación, la vida se acomodaría.

Que tendrían los fines de semana, las cenas largas, los domingos lentos de hamaca y café.