Capítulo Tres — El bisturí y la casa #2
Patricia miró a Jorge por encima de la cabeza de la niña. Una mirada de auxilio, de culpa, de ayúdame a hacer esto que no puedo hacer. Y Jorge, porque la amaba y porque era el que se quedaba, hizo lo de siempre: cargó él la parte fea.
—Ven, sirenita —dijo, despegando a Lena del cuello de su madre con una suavidad que le costó toda el alma—.
Hoy te toca día de hospital conmigo en la casa.
Hacemos un nido en el sillón, vemos caricaturas, y yo te aprendo el cuento del conejo, ¿va?
Tú me enseñas. Mamá te llama en cada descanso de sus cirugías. ¿Verdad que sí, mamá?
—En cada descanso —prometió Patricia, ya de pie, ya recogiendo sus cosas, ya con los ojos llenos—. Te lo juro, mi amor.
Lena lloró más fuerte. Patricia salió casi huyendo, porque si se quedaba un minuto más no iba a poder irse, y Jorge la oyó en la cochera quedarse un momento dentro del coche antes de encender el motor —ese momento que él ya le conocía, el de la frente en el volante— y luego arrancar.
Se quedó con Lena ardiendo en brazos, en el sillón, prendiendo las caricaturas, y la niña lloró el llanto cansado de la fiebre hasta quedarse dormida sobre su pecho, hipando, repitiendo entre sueños quiero a mami, quiero a mami , y Jorge se quedó muy quieto para no despertarla, mirando el techo, sintiéndose —a pesar de tenerla encima, a pesar de ser el que estaba— absolutamente insuficiente.
Le acarició el pelo. Aquí estoy , pensó.
Soy el que está. ¿Por qué no alcanza nunca con el que está?
A media mañana le sonó el teléfono. No era Patricia: era la doctora Recinos, una pediatra joven, clienta nueva, al borde del llanto por un requerimiento del SAT que la tenía sin dormir desde hacía dos noches.
Jorge, con Lena ardiendo y dormida sobre el pecho, le bajó el volumen a las caricaturas y la atendió en voz baja, y le resolvió en cinco minutos —porque eso sí sabía hacerlo— lo que a ella le parecía el fin del mundo.
—Respire. Esto no es nada. Un cruce mal hecho de su sistema. Le armo la respuesta blindada y no paga un peso de más. Usted cure niños; de esto me encargo yo.
La doctora Recinos se deshizo en agradecimientos. Y entonces, en el silencio que siguió, Lena tosió y soltó un quejido de fiebre contra el pecho de su padre, y la pediatra lo oyó.
—¿Ese es un niño? ¿Está enfermo?
—Mi hija. Anginas, otra vez. Treinta y nueve. La estoy cuidando yo, mi esposa tuvo cirugías hoy y… —Jorge se oyó a sí mismo y se calló, porque no quería sonar a lo que sonaba: a un hombre solo y rebasado.
Pero la doctora Recinos cambió de voz. Dejó de ser la clienta asustada y se volvió, de golpe, médico: serena, ordenada, con esa autoridad tranquila que Jorge solo conocía en una persona en el mundo.
—A ver, papá, cuénteme. ¿Desde cuándo la fiebre?
¿Le cede con el paracetamol o le rebota antes de las seis horas?
¿Está tomando líquidos? ¿Hace pipí? —Jorge contestaba, y ella iba descartando, ordenando, tranquilizando—.
¿Le ve manchitas en la piel? ¿Se le pone dura la nuca cuando le levanta la cabecita? ¿Respira agitada o normal?
—Normal. Toma agua. Hace pipí. No tiene manchas. La nuca normal.
—Perfecto. Entonces respire usted también.
Suena a una faringoamigdalitis, probablemente viral, a lo mucho un estreptococo, nada que la ponga en peligro.
Lo está haciendo bien. —Y le explicó: la dosis exacta de paracetamol por el peso de Lena, no por la edad; alternarlo si la fiebre rebotaba; mucho líquido frío, gelatina, paletas; que al día siguiente le hiciera una prueba rápida de estreptococo y, si salía positiva, antibiótico—.
Y le voy a decir las banderas rojas, las que sí ameritan correr a urgencias: que no pueda pasar ni su propia saliva, que babee, que le cueste respirar, que la nuca se ponga rígida, que le salgan manchas que no desaparezcan al estirar la piel, o que la vea apagada, sin reaccionar.
Si nada de eso pasa, esto se cura con paciencia y mimos en tres días.
¿Tiene cómo apuntar las dosis o se las mando por mensaje?
—Mándemelas —dijo Jorge, y sintió que el suelo, que llevaba todo el día moviéndose bajo sus pies, por fin se quedaba quieto.
Porque eso era exactamente lo que le había faltado todo el día: no más manos —manos tenía, las suyas, llenas de paños fríos y termómetros— sino la autoridad .
Alguien que supiera, que le dijera lo está haciendo bien, no se va a morir, esto se cura.
Justo lo que Patricia daba a desconocidos a toda hora y que esa tarde, cuando su propia hija ardía, no había estado en casa para darle a él.
Una mujer a la que no conocía, por teléfono, entre un trámite del SAT y otro, le acababa de devolver la calma.
Le mandó las dosis con caritas, con un cualquier cosa me escribe, papá, para eso estamos los pediatras , y Jorge guardó ese mensaje como quien guarda un salvavidas.
Y se sintió agradecido. Profunda, desarmadamente agradecido.
No pensó nada más; los hombres como Jorge no piensan nada más.
Pero el alivio tenía un calor que no supo nombrar: el calor de ser cuidado, aunque fuera de refilón, cuando llevaba años siendo solo el que cuida.
La ironía del día no se le escapó: a una pediatra desconocida acababa de quitarle un peso de encima y de ganarse su gratitud, mientras que a su propia hija, pegada a su cuerpo, no podía quitarle el único peso que de verdad cargaba: que quería a su mamá y su mamá no estaba.
Afuera, Jorge era el que resolvía. Adentro, era insuficiente. Y nadie le agradecía nada.
Patricia llamó tres veces ese día, en cada hueco, y le contó a Lena el cuento del conejo a la distancia, con su voz cansada saliendo de la bocina, y Lena se durmió la segunda siesta abrazada al celular como si fuera su madre.
Jorge miró eso —su hija abrazando un aparato— y no supo si era lo más tierno o lo más triste que había visto en su vida.
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Patricia llegó a las diez y media. La casa olía a sopa y a Vaporub.
Lena dormía por fin, fresca, la fiebre vencida, abrazada a Coco.
Patricia se sentó un rato en la orilla de su cama solo a mirarla respirar, a olerle el pelo, a pagar en silencio una culpa que no se paga mirando dormir a un hijo, aunque uno lo intente.
Bajó a la cocina. Jorge calentaba agua para un té, aliviado, suelto, con esa ligereza del que sobrevivió a un día difícil, y se lo contó todo sin malicia, casi con orgullo de equipo: la fiebre, los paños, el susto, y cómo al final una clienta suya, una pediatra, la doctora Recinos, lo había orientado por teléfono, le había dicho qué vigilar, las dosis exactas, las banderas rojas…
—¿Una pediatra? —Patricia dejó el bolso sobre la mesa, despacio—. ¿Le hablaste a una pediatra de Lena?
—No le hablé yo. Me habló ella por lo del SAT y oyó a Lena toser. Se ofreció. Fue muy amable, la verdad. Me…
—¿Quién es?
—Una clienta nueva. Daniela Recinos. Tiene poco que se independizó, le estoy llevando…
—¿Joven?
Jorge se detuvo, con la cuchara a medio camino.
—¿Qué tiene que ver eso?
—Nada. Pregunto. —Pero la voz le había bajado tres grados, la voz de quirófano, la que Jorge conocía y temía—. ¿Le mandaste el peso de Lena? ¿Sus datos?
—Le dije cuánto pesa para calcular el paracetamol. Patricia, ¿qué…?
—Lo que pasa, Jorge, es que esa es mi hija.
—Y aquí la voz se le quebró un milímetro, lo justo para que él entendiera que no era arrogancia—.
Y yo soy médico. Si Lena necesitaba que un doctor la valorara, me hablabas a mí.
Yo te contesto desde el quirófano si hace falta.
No necesitábamos que una… clienta tuya… diagnosticara a mi hija por teléfono.
—Te marqué. Tres veces. Entraba directo al buzón porque estabas operando. —Jorge dejó la cuchara—. Y no me digas que ella la cuidó mal, porque la cuidó bien, mejor de lo que yo solo habría podido. ¿De eso te quejas? ¿De que alguien ayudó a tu hija el día que tú no podías?
—No me quejo de eso.
—¿Entonces de qué?
Y Patricia no contestó, porque la respuesta honesta no se podía decir en voz alta sin sonar a lo que era: celos.
Celos de una mujer que no conocía. Celos porque esa pediatra desconocida había hecho, en una tarde, las dos cosas que definían a Patricia Ochoa en el mundo —curar y, sin querer, maternar — dentro de su propia casa, con su propia hija, mientras ella le marcaba el abdomen a una señora de Cancún.
Celos no del cuerpo, sino del lugar. De su lugar.
De que su lugar resultara tan fácil de ocupar.
—Estoy cansada —dijo al fin, que era su manera de huir—. Me voy a dormir.
—Patricia.
—Buenas noches, Jorge.
Subió. Él se quedó con su té enfriándose, sin entender del todo qué acababa de pasar, sabiendo solo que había hecho algo bien —cuidar a su hija— y que de algún modo retorcido había terminado siendo, otra vez, el culpable.
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Patricia no podía dormir.
A la una de la mañana, en la oscuridad, con Jorge respirando hondo a su lado —dormido o fingiéndolo—, hizo lo que hace la mente herida en esta época: tomó el teléfono y buscó.
Dra. Daniela Recinos, pediatra, Mérida. Encontró la página del consultorio, sobria, profesional.
Y encontró, enlazada, la cuenta personal.
Y ahí estaba la respuesta, en fotos, sin que tuviera que preguntarle a nadie.
Daniela Recinos abrazada a otra mujer en una playa.
Daniela Recinos y la misma mujer vestidas de novia las dos, riéndose bajo un arco de flores.
Daniela Recinos cargando a un bebé de meses junto a su esposa, las dos con cara de no haber dormido y de ser inmensamente felices. Mi familia. Lo mejor que me ha pasado.