Capítulo Uno — Las tres y diez de la madrugada #3
Y mientras separa, mientras la luz del faro le cae sobre las manos y el monitor canta su pitido tenso de fondo, Patricia entiende lo que pasó.
Lo entiende con esa lucidez fría que es lo mejor que tiene.
Esa perforante —una rama periumbilical de la epigástrica inferior profunda— ella la incluyó.
El lunes, cuando plicó la diástasis, cuando juntó los rectos con su línea de puntos prolija, ese vaso quedó dentro de la plicatura, abrazado por la sutura.
Debió quedar sellado. Pero el lunes el campo estaba blanco de adrenalina —la adrenalina de la solución tumescente que ella misma infiltró, que cierra los vasos y los esconde—, y el vaso estaba en espasmo, dormido, fingiéndose muerto.
Y estos tres días, mientras Mercedes se iba a su casa contenta y la adrenalina se lavaba y la tensión volvía a la normalidad, el vaso despertó.
Se abrió por debajo del punto, o el punto cedió apenas, lo suficiente.
Y empezó a llorar sangre adentro, gota a gota, callado, hasta que el abdomen ya no pudo guardar más.
Es la cirugía. Hagas lo que hagas, por prolijo que cierres, el cuerpo tiene la última palabra.
—Pinza fina —dice—. Mosquito.
Lucía se lo pone en la mano antes de que termine de pedirlo.
Patricia toma el vaso. Lo pinza. La sangre se calla de golpe, como si alguien hubiera cerrado una llave.
—Tensión —pide.
—Subiendo. Noventa y dos. Noventa y cuatro. —Mariana exhala despacio—. Ahí está. Respira, equipo.
Pero Patricia no respira todavía. Pinzar no es resolver.
Pide el portaagujas, una sutura fina, y bajo la luz, con esa caligrafía que es su orgullo secreto, le da al vaso un punto en ocho, lo liga, retira la pinza, espera.
El muñón aguanta. Seco. Después barre todo el campo con la mirada y con la gasa, milímetro a milímetro, buscando al cómplice que siempre puede haber, el segundo sangrado escondido detrás del primero.
—Mariana, súbeme la tensión a propósito. Quiero verla peleada antes de cerrar. Si va a sangrar otra vez, que sangre ahora conmigo aquí adentro y no en su casa a las tres de la mañana.
Mariana sube la presión. El campo se queda seco. Limpio. Honesto.
—Hemostasia confirmada —dice Patricia, y solo entonces, solo entonces, deja salir el aire que llevaba no sabe cuánto guardando.
Irrigan con solución tibia. Cuentan gasas: completas.
Coloca un drenaje nuevo, lo deja bien puesto esta vez, lo fija.
Y vuelve a cerrar a Mercedes Canul capa por capa, con la misma costura prolija de la primera vez, porque esta mujer va a despertar y a mirarse la cicatriz durante años y no tiene por qué pagar con una cicatriz fea el susto de una madrugada.
Cuatro y cincuenta. Mariana la despierta despacio. Mercedes respira sola, rosada, tibia, viva.
—Quedó —le dice Patricia a Andrea, quitándose los guantes con ese chasquido que es el punto final de todo—. Buen ayudante. Gracias por venir.
—Gracias a usted por llamarme, doctora —dice Andrea, y lo dice en serio, con los ojos brillando arriba del cubrebocas, porque todavía está en la edad en que esto —esto— es lo más emocionante que existe.
En el pasillo, ya sin gorro, Patricia se recarga un segundo en la pared fría.
Le tiemblan apenas las manos. No de miedo: el miedo se queda afuera del quirófano, esa es la regla.
Tiemblan de lo otro, de la marea que baja, de la descarga que se va vaciando del cuerpo y deja ese hueco extraño, casi triste, que viene siempre después de que todo sale bien.
Son las cinco menos diez. Afuera, el cielo de Mérida empieza apenas a despintarse de negro.
Lucía recoge. Wilbert traslada a la paciente.
Mariana, a su lado, se baja el cubrebocas y le pone una mano en el hombro un segundo —ese contacto breve y exacto de los que han peleado juntos muchas batallas— antes de irse a robarle una hora a la mañana.
—Bien jalado, Paty —dice—. Como siempre. Ahora vete a dormir, aunque sea un rato.
—Igual tú. Gracias, Mariana. De verdad.
—Para eso contesto el teléfono. —Y se va.
Patricia saca el celular. Mira la hora. Mira, por costumbre, la foto de fondo: Jorge y los niños en la playa de Progreso, un verano viejo, Lena chimuela de risa, Alberto todavía sin coraza, Jorge con esa mirada suya de perro fiel que ella ya casi no le devuelve.
Por un instante —solo un instante, el mismo instante en que dudó en la puerta de la recámara— algo se le aprieta en el pecho y siente unas ganas absurdas de manejar a casa, meterse en la cama, abrazar a su marido por la espalda y decirle todo lo que no le dice nunca.
No lo hace. Tiene consulta a las once. Tiene un aumento mamario a las dos. Tiene que pasar a ver a Mercedes a recuperación. Tiene la vida.
Escribe, con el pulgar cansado, lo único que cabe en una palomita azul a las cinco de la mañana, lo único que sabe mandar:
Todo bien.
Le da enviar. Guarda el teléfono. Y vuelve a entrar, porque alguien tiene que ir a decirle a Mercedes Canul, cuando abra los ojos, que ya pasó, que está viva, que estuvo bien acompañada.
Eso era lo que había detrás de esas dos palabras. Eso, que Jorge nunca vería. Eso, que ella nunca sabría contar.