Capítulo Uno — Las tres y diez de la madrugada #2
Jorge no lo regañó. Hizo otra cosa. Se sentó en la orilla de la cama, sin tocarlo, y dijo en voz baja:
—Te dejé la manzana en gajos. Con limón. Como te gusta.
Silencio. La sábana subía y bajaba.
—No tenías que pelarla —dijo Alberto al fin, todavía de espaldas. Pero el tono ya era otro. Más blando. Casi un gracias disfrazado de reproche, que es como dan las gracias los hombres de esa edad.
—Ya sé que no tenía. La pelé porque quise.
Entonces pasó la cosa pequeñísima que para Jorge valía más que el oro.
Alberto se dio la vuelta, despeinado, con la marca de la almohada cruzándole la mejilla, y miró a su papá un segundo —solo un segundo, con esos ojos que un día iban a tener que decidir qué clase de hombre ser, y Jorge lo sabía, presentía ya el borde oscuro que empezaba a llamarlos desde la calle, desde los amigos nuevos, desde todo lo que acecha a un niño bueno y solo—.
Y en ese segundo Alberto dejó caer la coraza.
Solo un segundo. Después gruñó, se sentó, agarró el celular y volvió a ser el erizo de siempre.
Pero Jorge había visto. Su hijo seguía ahí adentro. Todavía lo alcanzaba.
Le puso la mano en el hombro al pasar. Alberto la dejó estar una fracción de segundo antes de encogerse para zafarse. Esa fracción de segundo, se dijo Jorge bajando las escaleras, era todo. Mientras existiera esa fracción de segundo, no lo había perdido.
A las siete los subió al coche con las mochilas y el sol ya pegaba como un mazo blanco sobre el toldo.
Lena cantaba bajito una canción que se inventaba sobre la marcha; Alberto, audífonos puestos, mirada perdida en la ventanilla, ya casi un desconocido, ya casi un hombre, pero que antes de bajarse —Jorge lo notó por el retrovisor— estiró el brazo y le subió el cierre de la mochila a su hermana sin que nadie se lo pidiera.
Conteniendo la rebeldía. Cuidándola. Siendo, debajo de todo, un buen muchacho.
Fue entonces, parado en el semáforo de la entrada del colegio, cuando llegó por fin el mensaje de ella: una palomita azul, dos palabras.
Todo bien.
Jorge dejó el teléfono en el portavasos. Respiró hondo. Todo bien. Para ella, todo estaba bien.
El problema, que él aún no se atrevía a formular, era que para él, desde hacía tiempo, ya no.
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Detrás de esas dos palabras — Todo bien — había esto.
Tres y veinticinco de la madrugada. Patricia entra a Urgencias del CMA todavía con olor a sábana, el pelo agarrado en una cola de un solo movimiento. El residente de guardia la intercepta a media zancada, tableta en mano, y mientras caminan hacia el cubículo le dispara los números:
—Mercedes Canul, cuarenta y cuatro, su lipoabdominoplastia del lunes.
Taquicárdica, ciento dieciocho. Tensión noventa con cincuenta y cayendo.
Diaforética. El drenaje izquierdo dejó de gastar de pronto y el abdomen se le puso a tensión.
Hemoglobina de control: ocho dos. La de antes de operar era doce.
—¿Cuánto orinó?
—Poco. Treinta en la última hora.
—Crúcenle dos paquetes globulares ya. Solución Hartmann a chorro mientras tanto. —Patricia ya está apartando la sábana de la paciente, ya tiene las manos sobre ese abdomen que ella misma cerró hace tres días.
Y lo siente antes de verlo. El abdomen está duro, tenso como un tambor del lado izquierdo, abombado, la piel estirada y brillante, los moretones extendiéndose hacia el flanco en un mapa morado que no estaba ayer.
El drenaje cuelga vacío y traicionero: dejó de gastar no porque dejara de sangrar, sino porque un coágulo le tapó la salida y la sangre se quedó adentro, escondiéndose, llenando el espacio.
El truco más viejo y más sucio del posoperatorio.
—Mercedes. Soy la doctora Ochoa. Estoy aquí. —La mujer abre los ojos, aterrada, los labios sin color—. Te está sangrando un vaso por dentro. Te voy a tener que volver a abrir para cerrarlo. Ahorita mismo. No te va a pasar nada, pero hay que entrar ya. ¿Confías en mí?
—Doctora… —La voz le sale en hilo—. Me voy a morir.
—No te vas a morir. No esta noche. No conmigo. —Lo dice con una certeza de acero, y se la cree, porque tiene que creérsela para poder dársela—. Yo me encargo.
Y entonces empieza lo otro. Lo que la gente no ve. La parte que ningún esposo, ningún hijo entiende: que a las tres y media de la mañana hay que construir un quirófano de la nada, persona por persona, llamada por llamada.
Sale al pasillo marcando.
Lucía, la instrumentista, contesta a la cuarta, la voz pastosa de sueño.
—¿Doctora?
—Lucía, perdón. Reintervención de la Canul. Hematoma. Te necesito en charola en cuarenta minutos. ¿Puedes?
Un silencio de medio segundo —el sonido de una mujer saliéndose de su cama tibia, de su otra vida—. Luego:
—Salgo en diez. ¿Saco la caja de plástica y un equipo de vasos finos?
—Eres un ángel. Eso. Y suturas finas para perforantes.
Después marca el número que más teme y más necesita a esta hora: el de Mariana Gamboa, su anestesióloga.
Porque ese es el verdadero juego de ruleta de las tres de la mañana —que del otro lado de la línea haya alguien que conteste—, y sin anestesiólogo no hay cirugía, no hay nada, solo una mujer desangrándose despacio en una camilla.
Timbra una vez. Patricia contiene el aire. Timbra dos.
—Gamboa. —La voz sale entera, despierta de golpe, porque hay gente que el cuerpo entrena para despertar así, de un salto, después de años de madrugadas.
Doce años de madrugadas, en el caso de Mariana.
Doce años operando juntas, entendiéndose por encima del campo estéril sin necesidad de palabras, como un viejo matrimonio que nunca se acostó.
—Mariana, soy yo. Perdón por la hora. Reintervención, hematoma posabdominoplastia. Hemoglobina de ocho, hipotensa, noventa con cincuenta. La estoy reponiendo con dos paquetes. ¿En cuánto estás?
—Veinte minutos. —Ya se oye, del otro lado, el sonido de las sábanas, de los pies en el piso, de una mujer arrancándose del sueño—. Pídeme que tengan la máquina prendida y chequeada cuando llegue. ¿Cómo la quieres?
—General. Voy a reabrir abdomen, no quiero que puje ni que se mueva. Intúbala.
—Hecho. Cuélgale ya el primer globular y no esperes a que yo llegue para el segundo si la ves caer. Voy saliendo. Aguántamela, Paty.
—Aquí te la aguanto.
Cuelga. Por un segundo, en el pasillo vacío de Urgencias, bajo la luz blanca y zumbante, Patricia respira por primera vez desde que sonó el teléfono.
Mariana viene. Si Mariana viene, hay cirugía.
Marca a Andrea Pech, su exresidente, su ayudante, veintinueve años y unas ganas de aprender que le recuerdan a sí misma hace una vida.
Contesta al instante, ya con la voz puesta, porque los jóvenes así contestan.
—Doctora, dígame.
—Andrea, ¿estás en Mérida? Te necesito de ayudante. Ahorita.
—Estoy. Voy para allá. ¿Le voy llamando al banco de sangre por el camino, para tener más cruzada por si acaso?
—Ya pedí dos. Pide otras dos de respaldo. Y vente.
Patricia baja el teléfono. Y se permite sentir, por un instante, lo que está pasando de verdad: que es la una de la madrugada del mundo y que tres mujeres dormidas en tres camas distintas de la ciudad se están levantando ahora mismo, vistiéndose en la oscuridad, dejando atrás a sus parejas y a sus hijos, manejando por calles vacías hacia un mismo punto, todo por una mujer que no conocen.
Eso también es amor, piensa Patricia. Un amor raro, sin nombre, hecho de gente que llega cuando la llamas a las tres de la mañana.
Y luego no piensa más, porque ya no hay tiempo de pensar.
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Tres y cincuenta y cinco. Quirófano dos.
Las luces del techo se encienden con ese golpe blanco que apaga el resto del universo.
Mercedes ya está en la mesa, ya dormida; Mariana Gamboa, gorro de flores, acaba de pasarle el tubo y ahora ajusta el ventilador con una mano y vigila el monitor con el rabillo del ojo: la saturación, el trazo del electro, el índice de perfusión que le dice, mejor que la tensión, qué tan vacío por dentro está este cuerpo.
—La tengo a noventa y cinco con buen pulso después de los líquidos —dice Mariana—. Tienes campo. Pero anda fina, Paty, que la dejé justita.
—Voy fina.
Lucía ya montó la charola; los instrumentos brillan ordenados como un ejército pequeño. Andrea, del otro lado de la mesa, separa. El enfermero circulante —Wilbert, el de noche, callado y rapidísimo— ya tiene dos unidades colgando, rojas, esperando su turno.
Patricia hace la antisepsia. Marca con la mirada la cicatriz suprapúbica, su propia costura de hace tres días, fina y prolija, y le duele un poco abrirla, como duele descoser algo que uno bordó con cuidado. Pero la abre.
Y en cuanto cede el último punto, el coágulo sale a su encuentro.
—Aspiración —dice, y la voz le sale plana, sin urgencia, porque el secreto de no entrar en pánico es no sonar nunca como si uno pudiera entrar en pánico—. Hay bastante. Pinza. Otra compresa, Lucía.
Sale el coágulo en cuajarones oscuros, como hígado, y debajo la sangre vieja, y Patricia y Andrea evacuan a cuatro manos, scoop tras scoop, mientras Wilbert mide en el frasco de aspiración: doscientos, cuatrocientos, seiscientos mililitros.
Setecientos. La cavidad por fin se vacía, las paredes del colgajo se vuelven a ver, rosadas, y por un segundo el campo queda limpio.
Por un segundo.
Después la sangre vuelve a brotar. De algún lado, allá arriba, cerca del ombligo. Roja. Pulsátil. Arterial.
—Ahí está —dice Patricia—. Arterial. Periumbilical. Compresa, presión, dame veinte segundos. —Aprieta con la gasa montada, cuenta en su cabeza, suelta. La sangre vuelve a saltar, un latido visible, pequeño, terco—. La tengo. Es una perforante.
—¿Tensión? —pregunta sin levantar la vista.
—Ochenta y ocho —dice Mariana, y hay un filo nuevo en su voz—. Súbele el ritmo a esa hemostasia, doctora, que no me gusta cómo va.
—Cuelga el primer paquete —ordena Patricia a Wilbert, y a Andrea—: Separa fuerte aquí. Necesito ver el muñón.