El esposo de la doctora
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Capítulo Uno — Las tres y diez de la madrugada
CAPÍTULO UNO
Las tres y diez de la madrugada
El teléfono no sonó como un teléfono. Sonó como una alarma de incendio dentro del cráneo de Jorge Quiñones, que llevaba durmiendo apenas dos horas y que, en ese instante exacto, soñaba con una hoja de cálculo que no cuadraba por catorce pesos.
Tardó un segundo en saber dónde estaba. El ventilador del techo giraba arriba, en la oscuridad, removiendo el aire caliente de la madrugada sin enfriarlo, porque en Mérida el aire de mayo no se enfría: solo se mueve de un lado a otro como agua tibia.
Por la rendija de la cortina entraba la luz anaranjada del poste de la esquina, esa luz fea de ciudad que se colaba siempre y que les borraba el cielo.
Jorge, que de muchacho había querido ver estrellas y nunca había tenido ni el tiempo ni el dinero ni el cielo para verlas, había aprendido a dormir bajo esa mancha naranja como uno aprende a dormir junto a un río: dejando de oírlo.
A su lado, Patricia ya estaba sentada en la cama. No se sobresaltó. Nunca se sobresaltaba. Su mano encontró el celular en la oscuridad con la misma precisión con que encontraba una arteria sangrante bajo una capa de grasa, y se lo llevó al oído antes del segundo timbrazo.
—Doctora Ochoa —dijo, y la voz le salió clara, despierta, profesional, como si a las tres y diez de la madrugada fuera la una de la tarde.
Jorge se quedó boca arriba. Conocía esa voz.
La conocía mejor que la voz con que ella le decía te amo , porque esa otra, la de la doctora, la escuchaba más seguido.
Y conocía también la transformación: cómo en el espacio de tres segundos la mujer que dormía a su lado —la que roncaba apenas, la que se robaba la sábana, la que olía a la crema de almendras que se ponía en los pies agrietados de tanto estar de pie— se enderezaba y se convertía en otra persona, una persona competente y remota que ya no le pertenecía a él sino al mundo.
Era como ver salir a alguien de su propio cuerpo.
—¿Cuánto sangrado calculas? —Una pausa—. ¿Y la presión? —Otra pausa—. No, no. No le pongan nada más hasta que yo llegue. Voy para allá. Quince minutos.
Colgó. Encendió la lámpara de su buró —una lámpara de latón que habían comprado en su primer departamento, cuando no tenían nada, en una época que a Jorge ya le costaba creer que hubiera existido—.
La luz amarilla cayó sobre su cara y Jorge vio, en ese medio segundo, todo lo que quince años de matrimonio le habían enseñado a leer: la mandíbula apretada, las cejas juntas, los ojos ya recorriendo una lista mental de cosas que él jamás vería.
Pero vio también, debajo de eso, ese otro agotamiento que solo asomaba a esas horas, cuando ella no tenía fuerzas para esconderlo: uno más viejo, que dormir no curaba.
—¿Es grave? —preguntó Jorge.
Patricia se detuvo un segundo, ya con los pantalones de la pijama a medio bajar, y lo miró como si acabara de recordar que él existía. No fue una mirada fría. Fue peor que fría: fue una mirada agradecida y distraída, la mirada que uno le dedica a un mueble cómodo.
—Puede serlo si la dejo así. Por eso voy. —Y luego, más bajo, casi para sí—: La operé hace tres días. Es mía.
Es mía. En boca de Patricia esa palabra no admitía discusión. Sus pacientes eran suyas con una pertenencia que él no lograba sentir por nada en la vida.
Entonces ella hizo lo que hacía siempre, lo que a Jorge le rompía algo pequeño cada vez sin que él supiera ponerle nombre: se inclinó, le dio un beso seco en la frente —en la frente, como a Alberto cuando tenía fiebre— y dijo:
—Duerme. Yo me encargo.
Yo me encargo. Las tres palabras con que Patricia Ochoa había construido toda su vida. Eran lo más hermoso de ella y eran, Jorge empezaba a sospecharlo, lo que lentamente los estaba matando: que ella se encargaba de todos, y que no había aprendido nunca a dejar que alguien se encargara de ella.
La escuchó moverse por la recámara en la penumbra con una coreografía que se sabía de memoria: el roce de la ropa quirúrgica limpia que guardaba doblada en el segundo cajón —siempre el segundo, siempre dos juegos, por si uno se manchaba—, el clic de las llaves, el cierre del bolso, el sonido del frasco de pastillas para la gastritis que se tomaba a escondidas y que creía que él no había notado.
Nunca encendía las luces grandes. Decía que para no despertar a los niños.
Jorge sospechaba que también era para no tener que mirarse demasiado en el espejo a esa hora.
En la puerta, ella se detuvo. Medio segundo. Volteó hacia la cama —hacia él— como se mira algo que uno quiere y que está dejando atrás, y luego respiró hondo, se acomodó el bolso al hombro y se fue. Jorge nunca sabría qué había estado a punto de decir. Tal vez ella tampoco.
Oyó el motor en la cochera. Oyó el portón eléctrico arrastrarse sobre su riel. Oyó el silencio enorme que dejaba la casa cuando ella se iba en la madrugada, un silencio que tenía textura, como el algodón mojado. El reloj del buró marcaba las tres y diecisiete.
No volvió a dormir. Nunca volvía a dormir.
A las cinco menos cuarto se levantó, porque sabía que ya no tenía caso seguir fingiendo.
Bajó a la cocina en calzoncillos y camiseta.
La casa de noche tenía sus propios sonidos: el zumbido del refrigerador, el goteo del aire de los niños, el tictac del reloj de pared que su madre les había regalado de bodas y que adelantaba cuatro minutos al día sin que nadie lo arreglara nunca.
Puso la cafetera. Y mientras el agua se calentaba, hizo lo que hacía cada madrugada que ella se iba: revisó las loncheras.
Esto era, aunque nadie lo viera, el centro secreto de su vida.
Porque Jorge Quiñones sabía cosas. Sabía que Alberto no comía la manzana si tenía un solo punto café.
Sabía que Lena lloraba —lloraba de verdad, con lágrimas— si el sándwich venía cortado en cuadros en lugar de triángulos, porque los triángulos saben mejor, papá, todo el mundo lo sabe .
Cortó el sándwich de Lena en triángulos.
Buscó una manzana perfecta para Alberto y, al no encontrarla —todas tenían su mota café, su pequeño defecto, como todo en la vida—, la peló, la cortó en gajos y la roció con unas gotas de limón para que no se oxidara, como había aprendido viendo videos a las dos de la mañana.
Eran las cinco y media cuando oyó los pasitos.
Lena apareció en la puerta de la cocina arrastrando a Coco, el conejo de peluche, por una oreja deshilachada.
Tenía ocho años y esa belleza sin esfuerzo de los niños que todavía no saben que son hermosos: el pelo castaño claro hecho un nido por la almohada, las pestañas larguísimas, una pijama de unicornios dos tallas grande que había sido de no se sabe qué prima.
Cuando bostezó, se le vio el hueco donde se le había caído el diente de enfrente la semana pasada —el que Patricia había prometido estar para ver caer y no estuvo—.
Se talló un ojo con el puño. Y sonrió al ver a su papá, esa sonrisa de quien todavía cree que el mundo es un lugar bueno porque su papá está en la cocina.
—¿Mamá ya se fue? —preguntó. No ¿dónde está mamá? No ¿por qué se fue? Solo la constatación tranquila de una niña que ya había hecho las paces con una ausencia. Eso fue lo que le dolió a Jorge: la tranquilidad.
—Tuvo que ir a ayudar a una señora que estaba malita —dijo, levantándola en brazos aunque ya pesaba, sentándosela en la cadera. Olía a champú de manzanilla y a sueño tibio.
Lena se quedó pensando, con la barbilla apoyada en el hombro de su papá. Luego dijo, con esa lógica luminosa y demoledora de los ocho años:
—Papi, ¿le puedes guardar un beso a mamá?
—Y antes de que Jorge contestara, le plantó en la mejilla un beso sonoro, húmedo, enorme—.
Ese. No se te vaya a caer. Guárdamelo aquí —le tocó el bolsillo de la camiseta con un dedito— y cuando llegue se lo das, aunque yo esté dormida.
Porque a veces llega cuando yo estoy dormida y entonces el beso se queda sin dar y es triste.
Jorge tuvo que tragar saliva antes de poder hablar.
—Te lo guardo aquí, en el bolsillo —dijo—. No se me cae. Te lo prometo.
—¿De los que se cumplen?
—De los que se cumplen.
Lena asintió, satisfecha, como quien cierra un trato importante, y volvió a recostar la cabeza.
Jorge se quedó parado en medio de la cocina meciéndola apenas, con un beso de su hija guardado en el bolsillo del pecho para una mujer que volvería cuando la niña ya estuviera dormida, y pensó que el corazón de un padre es eso, exactamente eso: un banco de besos que nadie viene a cobrar a tiempo.
Se sirvió el café cuando Lena regresó a robarse media hora más de cama. Sin leche, sin azúcar, amargo, como le gustaba a un hombre que se había acostumbrado a tragar cosas amargas en silencio.
A las seis y media subió a despertar a Alberto, y eso era otra clase de batalla.
Doce años, casi trece. El cuarto olía a esa mezcla nueva y agria de adolescente —desodorante barato, tenis, hormona— que había reemplazado de un día para otro al olor de niño. Estaba sepultado bajo la sábana, dándole la espalda al mundo. Jorge encendió la luz.
—Alberto. Escuela.
—Cinco minutos. —La voz le había empezado a cambiar; salía ronca, rota a la mitad.
—Eso dijiste hace cinco minutos.
—Pues otros cinco. —Y luego, por lo bajo, mordido, lo que no debía decir—: Ni que alguien aquí tuviera prisa por verme.
Jorge se quedó quieto en la puerta. Conocía ese tono.
Era nuevo, de los últimos meses: una rebeldía que se le escapaba al niño por las orillas, como vapor de una olla mal tapada.
Alberto estaba enojado. No con la escuela.
Estaba enojado con su madre, con sus ausencias, con esta casa donde el papá hacía de papá y de mamá y donde mamá era una palomita azul en un teléfono.
Y como no sabía qué hacer con ese enojo —porque era demasiado grande para un niño y demasiado prohibido para quererla como la quería—, lo escupía en pedacitos, así, en frases mordidas que soltaba y de las que enseguida se arrepentía.