El esposo de la doctora Capítulo Dos — Cómo se ama a una mujer que va a salvar al mundo
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Capítulo Dos — Cómo se ama a una mujer que va a salvar al mundo

CAPÍTULO DOS

Cómo se ama a una mujer que va a salvar al mundo

No siempre fue así.

Jorge tenía que recordárselo a veces, sobre todo en las madrugadas, porque la memoria, cuando uno está cansado y solo, tiene la mala costumbre de hacer creer que las cosas siempre fueron como son ahora.

Pero no. Hubo un principio, y en el principio Patricia Ochoa no era la doctora Ochoa : era una residente de cirugía general, con ojeras hasta la barbilla, una cola de caballo que no había visto un cepillo en treinta y seis horas y un genio capaz de pelar pintura.

Se conocieron en una boda en el año dos mil ocho, en una quinta a las afueras de Mérida, por el rumbo de Conkal, una de esas bodas yucatecas que empiezan a las nueve de la noche y terminan al amanecer.

Jorge tenía veintiséis años y acababa de abrir su despacho contable con un socio y un escritorio prestado.

Patricia tenía veinticuatro y había pedido permiso en el hospital para ir tres horas, las únicas tres horas libres que tendría en dos semanas.

Él la vio del otro lado del salón cerca de las dos de la mañana, a la hora del recalentado, cuando los meseros sacaron las charolas de tortas de cochinita —porque eso dan en las bodas de aquí cuando ya es de madrugada, cuando el vals quedó atrás y la gente baila descalza: cochinita en pan francés, con su cebolla morada y su chile habanero, para que el cuerpo aguante hasta el amanecer—.

Mientras los demás bailaban o coqueteaban o fingían que la vida era una fiesta, ella estaba sentada, sola, comiéndose una torta de cochinita con la determinación de alguien que no sabía cuándo volvería a comer.

No coqueteaba con nadie. No le interesaba gustar.

Tenía los codos sobre el mantel y le daba mordidas grandes a la torta, y cuando un hilo de jugo de la cochinita le escurrió hasta la muñeca se lo limpió de un lengüetazo sin el menor pudor, y Jorge —que era tímido, que era ordenado, que era un hombre de columnas que cuadran— pensó que era la criatura más viva que había visto en su vida.

Como ver un incendio del otro lado de un río. Uno sabe que quema y aun así se acerca.

Se acercó. Tardó media hora en juntar el valor, ensayando frases que descartaba una tras otra, y cuando por fin se sentó a su lado y le preguntó a qué se dedicaba, ella lo miró de arriba abajo, evaluándolo en dos segundos como evaluaría más tarde a mil pacientes, separando de un vistazo lo importante de lo accesorio, y dijo:

—Voy a ser cirujana. ¿Y tú?

—Contador —dijo Jorge.

—Qué aburrido —dijo Patricia, y sonrió por primera vez, y a Jorge se le cayó algo por dentro que nunca volvió a recoger del todo.

Pero la conversación no se murió ahí. Se encendió. Porque Patricia, que llevaba semanas mordiéndose la rabia, encontró de pronto enfrente a alguien del gremio enemigo y no pudo contenerse.

—Contador —repitió, masticando—. A ver, explícame una cosa, contador.

¿Por qué el SAT trata a los médicos como si fuéramos delincuentes?

Te lo pregunto en serio. Yo me parto el alma salvando gente, trabajo guardias de treinta y seis horas, y resulta que para Hacienda soy una sospechosa.

Que compruebe, que deduzca, que demuestre que no estoy lavando dinero con una apendicectomía.

Auditan a mi jefe de servicio como si fuera narco.

A los doctores nos exprimen y encima nos ven con desprecio, como si cobrar por curar fuera un pecado.

—Le dio otra mordida, furiosa—. Ustedes los contadores son los cómplices de eso.

Los que hacen los numeritos para la máquina que nos aplasta.

Jorge la dejó terminar. No se ofendió. Dejó la copa, se inclinó un poco, y le contestó con una calma que a ella —acostumbrada a hombres que se achicaban o se agrandaban— le resultó nueva.

—Te equivocas de bando —dijo—. El contador bueno no trabaja para la máquina.

Trabaja para ti, contra la máquina. ¿Sabes qué es un buen contador?

Es el que se para entre una persona y un sistema que quiere aplastarla, y le dice al sistema: hasta aquí.

Es el que conoce las reglas mejor que el que las hizo, para que a la doctora que se parte el alma en guardias de treinta y seis horas no le quiten la mitad de lo que es suyo, no la traten como criminal, no la asusten con un papel timbrado.

—Se encogió de hombros—. La gente cree que sumamos.

No sumamos. Defendemos. Somos los abogados de los que no saben pelear con números.

Y yo, modestia aparte, soy de los que dan la cara.

Si te digo que un papel va a estar bien hecho y que nadie te va a tocar, ahí está, blindado, el martes.

Hay gente que necesita eso. Doctores, sobre todo.

Patricia dejó de masticar.

Lo volvió a mirar, y esta vez fue distinto: como si en toda la noche él fuera lo primero que de verdad no había visto venir.

Ella se pasaba la vida defendiendo cuerpos ajenos de la muerte; nunca se le había ocurrido que hubiera hombres que se dedicaran a defender a la gente de otra clase de muerte, la lenta, la de los despachos y los oficios y los sellos.

Un defensor. Resultaba que el contador aburrido era, a su manera, otro de los que se paraban entre alguien y aquello que quería destruirlo.

—Gente que llega —murmuró ella, casi para sí—. Gente que defiende. Yo no conozco mucha de esa fuera del hospital.

No fue coqueteo. Fue casi una confesión, dicha sin querer, y los dos lo notaron, y los dos fingieron que no.

A las dos y media le sonó el localizador en la bolsa —en esa época todavía cargaba localizador, esa reliquia, además del celular—. Lo miró, maldijo entre dientes, y se levantó de golpe buscando las llaves.

—Me tengo que ir. Una vesícula que se complicó, el de guardia no puede solo. —Ya estaba de pie, ya en otro mundo.

—Espera. —Jorge se levantó también, y se atrevió, porque algo le dijo que si la dejaba salir por esa puerta no la volvería a ver nunca—. Dame tu teléfono. Tu número.

Patricia titubeó medio segundo. Luego sacó su celular —un Nokia gris de teclas, de esos indestructibles que aguantaban caídas y guardias y años, con la pantallita verdosa— y se lo tendió.

—Anótate tú, que yo traigo prisa.

Jorge tecleó su número en el aparato de ella con los pulgares, despacio, letra por letra del teclado numérico, escribiendo su nombre en el modo aquel de oprimir tres veces la tecla para sacar la ene de Jorge , y le devolvió el teléfono.

No había aplicaciones. No había manera de mandarse un mensaje gratis.

No existían las palomitas azules. Existía esto: un número guardado en un Nokia y la promesa frágil de que alguien marcara.

—Hazme una perdida cuando llegues al hospital —dijo él—. Así guardo el tuyo. Y así sé que llegaste bien.

Ella lo miró un instante, con la torta a medio terminar abandonada en el plato y las llaves en la mano, y algo se le suavizó en la cara.

—¿Tú sabes esperar, contador? —preguntó. En ese momento Jorge creyó que era un cumplido. Tardaría media vida en entender que había sido una advertencia, y que él, tonto y enamorado, la había tomado como una invitación—. Se te ve.

Y se fue corriendo en tacones por el pasto de la quinta, hacia su coche, hacia un cuerpo que la necesitaba.

A las tres y diez de la madrugada —Jorge lo recordaría siempre, por la hora— el Nokia le vibró una vez en el bolsillo y se calló.

Una llamada perdida de un número que no conocía.

La señal más pequeña del mundo. Llegué. La guardó como quien guarda un tesoro, bajo el nombre que ni siquiera sabía escribir bien todavía: Patricia, la doctora.

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Lo de ser cirujana ya lo sabía desde niña. Lo de ser cirujana plástica fue un secreto que Patricia se guardó durante casi toda la residencia, como quien esconde un amor vergonzoso.

Porque en el mundo donde ella se estaba formando —el Hospital Regional de Alta Especialidad, el HRAEPY, con sus guardias interminables y su jerarquía de hierro— la cirugía plástica era poco menos que una traición.

La cirugía general se creía la madre de todas las cirugías, la cirugía de verdad , la de los valientes que metían las manos en un abdomen lleno de sangre a las cuatro de la mañana.

Los adscritos lo decían con desprecio, entre risas, en el pase de visita: que la plástica no era cirugía, que eran costureras de niñas bien , que se dedicaban a las vanidades de los ricos mientras ellos salvaban vidas de verdad.

El que se va a plástica es porque no aguanta la sangre , decían.

Es la salida fácil. La cirugía de los moños.

Así que Patricia, que era residente, que era mujer en un servicio de hombres y que ya cargaba con el doble de pruebas para que la tomaran en serio, se guardó su secreto.

En las sesiones decía que quería subespecializarse en colon, o en cirugía hepatobiliar, lo que sonara rudo, lo que le ganara el respeto de los adscritos.

Por dentro sabía que mentía. Por dentro había decidido otra cosa una noche, en urgencias, una noche que no le había contado a casi nadie.

Esto sí se lo contó a Jorge, semanas después, en la cafetería de guardia, y fue la primera vez que él la vio hablar de algo con miedo.

Había sido un politraumatizado. Un muchacho de diecinueve años, una motocicleta contra un poste en la carretera, de madrugada, sin casco.

Lo entraron a urgencias del HRAE deshecho.

El equipo de cirugía general —ella entre ellos— se le echó encima con la coreografía brutal y hermosa del trauma: vía aérea, accesos, sangre, la laparotomía para parar la hemorragia del bazo, las manos hundidas hasta el codo, la vida del muchacho colgando de un hilo que ellos sostenían a la fuerza.

Lo estabilizaron. Le salvaron la vida. Y cuando el muchacho ya respiraba, ya tenía pulso, ya estaba vivo , Patricia se quedó mirándole la cara.