El Espíritu de la Muerte (Detective Sargento Tomek Bowen 11) Capítulo 48
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Capítulo 48

E n cuanto la señora Wong vio a Anna y a Martin, los abrazó con fuerza y les rodeó el cuello con los brazos como si fuesen familiares a los que no viera desde hacía mucho tiempo. Cuando le llegó el turno a Tomek, le cogió la mano e hizo una reverencia.

—Gracias —dijo—. Gracias, gracias.

Tomek miró a Martin y a Anna en busca de una explicación.

—Te da las gracias por haber recuperado sus posesiones —le explicó Anna con su suave acento polaco—. Tenías que haberla visto después de que detuviéramos a la banda. Prácticamente me acorraló y amenazó con tomarme como rehén cuando le dije que tenía que irme.

Sonriendo de oreja a oreja, Tomek se volvió hacia la señora Wong y asintió.

—De nada —dijo—. Es lo menos que podíamos hacer.

—Sí. Ahora ustedes encuentran asesino de Jason y todos contentos.

Para sorpresa de Tomek, sonrió al hablar. Estaba claro que los acontecimientos de los últimos días le habían levantado un poco el ánimo; que, después de haber salido a la luz la estafa, ya no se culpaba por lo que le había ocurrido a Jason.

Los cuatro se quedaron en el vestíbulo. El olor a comida china, como siempre, era intenso y puso los receptores de hambre del estómago de Tomek a funcionar a toda máquina. La casa en sí estaba en silencio, vacía. Ni siquiera se oía la televisión de fondo.

—¿Dónde está Mei? —preguntó Tomek.

—Ella en trabajo —respondió la señora Wong—. Ella ocupada, trabaja muchas horas.

Tomek asintió. No tener a su hija presente dificultaría la comunicación por la barrera del idioma, pero no podían hacer nada al respecto en ese momento. El tiempo apremiaba.

—Sentimos la intromisión —dijo en voz baja—, pero hemos venido por lo de Jason. ¿Llegó a recibir alguna carta?

—¿Cartas? —preguntó ella, confusa, mirándolo como si nunca hubiera oído esa palabra.

—Cartas de las de antes —aclaró él—. ¿Por correo? ¿Del cartero?

Eso pareció entenderlo. Un destello de reconocimiento cruzó el rostro de la señora Wong.

—Ah, sí. Cartas. ¿Como de amigo y familiar?

—Sí, exacto. ¿Sabe si Jason llegó a recibir alguna?

—Yo… yo… —la señora Wong bajó la mirada al suelo, absorta en sus pensamientos. Empezó a mascullar para sí y luego se giró y se dirigió a las escaleras.— Vengan, vengan. Síganme.

Sin que tuvieran que decírselo dos veces, la siguieron; Tomek, detrás de la señora Wong, y Martin, cerrando la marcha.

La escalera crujió bajo el peso de todos mientras subían al primer piso.

Las paredes estaban cubiertas de fotografías familiares en marcos desparejados: vacaciones, cumpleaños, fotos del colegio.

Jason aparecía en la mayoría, con una sonrisa forzada ante la cámara y el brazo rodeando a su hermana o a su madre.

La señora Wong llegó al rellano y se detuvo para recomponerse.

La sonrisa que lucía abajo se había desvanecido y, de repente, pareció más vieja.

Entonces, abrió la puerta de la habitación de Jason. Tomek fue el primero en entrar.

La habitación olía ligeramente a cerrado, se notaba que allí se vivía, pero llevaba días intacta.

Enseguida resultó obvio que Jason había pasado allí la mayor parte de su vida.

El espacio era más grande de lo que Tomek esperaba, aunque estaba muy abarrotado.

Había ropa colgada del respaldo de una silla junto a una cama sin hacer.

Vasos vacíos y envoltorios de aperitivos yacían abandonados en una mesita de noche.

Un gran equipo de gaming dominaba un lado de la habitación: dos monitores, un caro teclado mecánico que brillaba tenuemente con luces led arcoíris y unos auriculares de gaming colgados de un gancho junto al escritorio.

Debajo de las pantallas se apilaban consolas junto a una maraña de cables y mandos.

Por un momento, pareció el dormitorio de un adolescente.

Entonces Tomek se fijó en las estanterías.

Dos muebles altos se alzaban contra la pared del fondo, abarrotados de libros, carpetas y papeles sueltos: novelas de fantasía, guías de videojuegos, libros de historia.

Otros eran más extraños. Títulos sobre civilizaciones antiguas, vigilancia gubernamental, sociedades ocultas, encuentros con extraterrestres y simbolismo esotérico.

Tomek se adentró en la habitación, asimilándolo todo con lentitud. La señora Wong esperaba con incomodidad en el umbral, incapaz de entrar.

—Guardaba muchas cosas —dijo en voz baja—. Siempre me decía que no tirara nada, así que lo dejaba. Incluso ahora.

Tomek asintió despacio, luego se metió la mano en el bolsillo y sacó un par de guantes de látex. A su lado, Martin y Anna hicieron lo mismo.

—Señora Wong —dijo él con amabilidad—, ¿tiene usted alguna idea de dónde podría haber guardado Jason las cartas, en caso de haberlas recibido?

Ella recorrió la habitación con la mirada, dubitativa, antes de negar con la cabeza. —Quizá en el escritorio. O en los cajones. A veces, Jason escondía cosas.

Tomek miró hacia el escritorio. —¿Le parece bien que revisemos sus pertenencias?

La señora Wong asintió de inmediato, aunque la tristeza de su mirada se acentuó. —Sí. Hagan lo que deban. —Vaciló un instante—. Pero… por favor, déjenlo todo como está después. No quiero que la habitación cambie.

—Por supuesto —dijo Tomek en voz baja.

La señora Wong asintió una vez más antes de retroceder hacia el rellano. —No puedo mirar —admitió—. Es demasiado duro.

Ni Tomek ni los demás intentaron detenerla. La puerta se cerró suavemente tras ella, dejando a los tres solos en el dormitorio de Jason Wong. Durante unos segundos, nadie habló. Entonces, Martin exhaló lentamente por la nariz.

—Bueno —murmuró, mirando a su alrededor—. ¿Empezamos?

Tomek se dirigió al escritorio. De repente cayó en la cuenta de que era la primera vez que registraban la habitación en condiciones.

Al principio de la investigación, solo se habían incautado del portátil de Jason para su análisis digital, ya que Tomek no había visto justificación para registrar sus posesiones más allá de lo estrictamente necesario.

Pero ahora las cosas habían cambiado.

Tomek cogió con cuidado uno de los libros de la estantería: El linaje de la Serpiente: el control reptiliano a lo largo de la historia de la humanidad .

Hojeó las páginas, no encontró nada y después continuó la búsqueda por el resto del dormitorio.

Lo registraron todo: debajo de la cama, dentro de las fundas de las almohadas, encima de los armarios, dentro de todos y cada uno de los libros de tapa blanda y dura que había en las estanterías, en sus cajones de pantalones y calcetines, en la parte trasera e inferior de su armario.

Hasta que, casi cuarenta minutos después, Martin abrió la caja de un juego de Xbox y una pequeña carta cayó flotando a la moqueta.

—Un momento.

Tomek levantó la vista y luego la bajó hacia la carta.

—Creo que hemos dado en el clavo, sargento.