Capítulo 49
L a emoción y el júbilo que Tomek y el equipo, sobre todo Rachel, sintieron tras descubrir las cartas duraron poco.
Las cartas, halladas en la colección de juegos de Xbox de Jason Wong, no revelaron nombres, ni fechas, ni lugares.
Nada de interés para la investigación del asesinato de Jason, ni ningún indicio de que Perry Peabody estuviera creando un ejército de fanáticos de los lagartos para fabricar bombas en un futuro próximo.
En su lugar, lo que descubrieron fue algo completamente distinto. Algo más triste.
Una relación entre Jason y Perry marcada por la admiración y la dependencia.
Las cartas de Perry revelaban una protección paternal hacia Jason, en las que elogiaba su inteligencia y su valentía.
Jason, por el contrario, parecía cada vez más absorbido por la visión del mundo de Perry a medida que su correspondencia se intensificaba.
Una de las líneas decía simplemente: Eres la única persona que me ha escuchado de verdad.
Otra: Cuando todo esto acabe y la gente por fin despierte, quizá podamos sentarnos junto al mar en algún sitio y hablar tranquilamente sin tener que preocuparnos de quién escucha.
Las repetidas conversaciones sobre verse en persona siempre se topaban con la cautela, por lo general por parte de Perry.
Le advertía constantemente a Jason sobre la vigilancia y la posibilidad de que lo siguieran, insistiendo en que los encuentros físicos aumentaban el riesgo de que los descubrieran y que debían mantener la distancia por seguridad.
Con el paso del tiempo, las cartas se volvieron más paranoicas y frenéticas.
Ambos hombres hablaban de sus planes para desenmascarar a Lucerta: Jason tenía la intención de revelar su identidad en las redes sociales, mientras que Perry seguía trabajando en el artefacto explosivo casero que llevaba veinte años desarrollando, convencido de que sería lo bastante potente como para «abrirle los ojos al mundo».
Al final, el fajo de cartas se entregó al Mando Antiterrorista para su examen exhaustivo.
Para cuando la comisaría se vació y todo el mundo se fue a casa a llorar sus penas y procesar los acontecimientos del día, pasaban ya de las nueve.
El crepúsculo se cernía sobre las ventanas de la sala de crisis y los reflejos de las luces fluorescentes del techo ocultaban por completo las vistas.
Todos los escritorios estaban abandonados, los monitores de los ordenadores, apagados, y las sillas, metidas bajo la mesa.
En las profundidades del edificio, el leve zumbido de una aspiradora indicaba que el personal de limpieza estaba trabajando en los pasillos.
Tomek apenas se dio cuenta de nada de aquello.
Estaba sentado, encorvado sobre un escritorio en la sala de crisis, con un codo apoyado en la superficie y la otra mano frotándose lentamente la mandíbula.
El tablón de la investigación, la culminación de todo su trabajo, colgaba frente a él.
Mostraba las pruebas que habían reunido sobre Jason, Perry, Lucerta y los Paranormalistas de Essex.
Estaba seguro de que, entre todo aquello, se encontraba el asesino.
Exhaló lentamente por la nariz.
—Pues sigues aquí.
La voz de Nick llegó desde detrás de él, cruzando la sala de crisis vacía.
Tomek miró por encima del hombro. Nick estaba de pie junto a la puerta, con la americana en un brazo y la corbata aflojada alrededor del cuello. Parecía agotado, y las arrugas de alrededor de los ojos se veían más profundas bajo la dura luz fluorescente.
Tomek se volvió hacia el panel de investigación. —Tiene toda la pinta.
Nick se adentró lentamente en la sala, recorriendo el vacío con la mirada antes de volver a centrar su atención en Tomek.
—Los demás ya se han ido a casa.
—Bien por ellos.
Nick acercó una silla y se dejó caer pesadamente frente a él, estudiando a Tomek con atención durante un momento sin decir nada. —Tú también deberías irte a casa.
Tomek negó una vez con la cabeza. —No puedo.
—¿Por qué no?
Tomek se frotó la mandíbula de nuevo, despacio. —Porque sigue habiendo algo que no encaja, Nick.
Nick suspiró por lo bajo, como si se hubiera esperado esa respuesta. —Tomek...
—No —Tomek se inclinó un poco hacia delante, con los ojos todavía fijos en el panel—. Tengo razón. Puedo sentirlo. Tengo que tenerla.
—¿Por qué?
—Por… por Victoria.
Nick lo miró durante un buen rato, luego suspiró en voz baja y se reclinó en la silla. —No seas gilipollas. Lo que ha pasado hoy ha sido una tragedia. Una horrible. Pero a veces no hay respuesta para todo, Tomek.
Tomek devolvió la mirada al panel con aire desafiante.
—A lo mejor nunca hubo un asesino —continuó Nick con cuidado—.
A lo mejor Jason Wong de verdad murió de un infarto, tío.
Mira lo que tenemos. —Hizo un vago gesto hacia la pared—.
Un viejo con problemas mentales que le mete teorías conspiranoicas en la cabeza a un tipo aislado por internet hasta que los dos pierden el contacto con la realidad por completo.
Uno muere. Al otro se le va la pinza y mata a gente inocente porque cree que está luchando contra lagartos cambiaformas.
Las luces fluorescentes zumbaban débilmente sobre sus cabezas.
Tomek permaneció en silencio.
Nick se levantó despacio de la silla. —Ya sé en qué has estado pensando.
La mirada de Tomek se desvió brevemente hacia Nick. —¿El qué?
—Te culpas a ti mismo porque fuiste tú quien envió a Victoria a The Echo .
Tomek no podía mirarlo. Desde la explosión, el recuerdo se le había repetido en la cabeza sin cesar cada segundo: Victoria de pie frente a él, él empujándole el periódico, diciéndole que se ocupara de Lauren, que lo solucionara.
Directa a la trayectoria de Perry Peabody.
Nick lo observó con atención. —Pero eso son gilipolleces, Tomek. Y lo sabes.
—¿Lo son?
—Sí —la voz de Nick se endureció ligeramente—. Tú no metiste una bomba en esa autocaravana. Fue Perry Peabody.
Tomek se frotó la cara. —Debería haber ido yo.
—Quizá —admitió Nick—. Y quizá si hubieras ido, ahora estarías muerto.
La frase quedó suspendida entre ellos, con sus claras implicaciones.
Nick se acercó más al panel de investigación, mirando la fotografía de Perry pinchada junto a la de Jason Wong.
Todos nos ponemos en peligro cada día, unos más que otros.
Tú, Sean, Rachel, Chey… todos los del equipo, cada vez que ponéis un pie fuera de esta puerta.
Tratamos con gente peligrosa y sádica a diario.
Podrías haber sido tú. Podría haber sido Rachel.
Podría haber sido cualquiera. En este caso, fue Victoria.
Tomek se miró el regazo y empezó a juguetear con los dedos, en silencio, perdido en sus pensamientos.
—Vete a casa —dijo Nick de nuevo, esta vez con más suavidad—.
Duerme un poco. Despeja la cabeza. —Nick recogió su chaqueta y se dirigió lentamente hacia la puerta antes de detenerse bajo las luces fluorescentes por última vez—.
Y si de verdad quieres hacer algo por Victoria —dijo en voz baja—, deja de torturarte por algo que no fue culpa tuya.
Tomek alzó la vista hacia él.
—Vete a casa —repitió Nick—. Haz eso por Victoria.