El Espíritu de la Muerte (Detective Sargento Tomek Bowen 11) Capítulo 46
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Capítulo 46

T omek no había estado mucho tiempo en el lugar del crimen.

Se había quedado todo lo que había podido soportar mentalmente: peinando la zona, coordinándose con los servicios de emergencias y las unidades del comando antiterrorista, hablando con los testigos de las inmediaciones y viendo lo que quedaba del cuerpo destrozado y casi desintegrado de Victoria.

Lo único que quedaba de la autocaravana era un chasis carbonizado y unas ruedas calcinadas.

La explosión, según supo Tomek por los testigos del otro lado de la calle y de los alrededores, había sido lo bastante potente como para hacer añicos los cristales de The Southend Echo y volar el techo de la autocaravana.

Aparte de eso, los daños eran mínimos. A Tomek no le cabía duda de que Perry Peabody, cuyo vehículo se confirmó que era después de que encontraran la matrícula a treinta metros de distancia, había sido quien conducía la furgoneta, y que su intención había sido destruir el edificio con todo el mundo dentro.

En cierto modo, había fracasado. El edificio seguía en pie, la oficina del primer piso apenas había sufrido daños y, aparte de la alfombra de cristales que cubría la entrada y la acera de alrededor, The Southend Echo no había sufrido ningún desperfecto significativo.

Sin embargo, en lo que Perry sí había tenido éxito era en cobrarse más de una víctima.

Tomek tardó un instante más de la cuenta en reconocer el cuerpo, o lo que quedaba de él, de espaldas, boca abajo, descuartizado y ensangrentado, antes de saber que estaba mirando a Lauren Marsh.

Por sus rudimentarios conocimientos sobre explosiones y zonas de impacto, y por las declaraciones de los testigos clave que había escuchado con un nudo en la garganta, Lauren se encontraba cerca del centro de la furgoneta cuando detonó la bomba.

Ella, junto con Victoria y Perry Peabody, cuyo cuerpo todavía estaban recuperando, se había llevado la peor parte.

Ambas estaban muertas, arrebatadas a sus amigos y familias, sus vidas y carreras truncadas, arrancadas del ciclo de la vida.

Tomek les echó un vistazo a las dos mujeres antes de decidir que ya había visto suficiente.

«Debería haber sido yo», no dejaba de decirle la voz en su cabeza. «Debería haber sido yo».

Él, visitando a Lauren. Él, abordando a Perry Peabody en la furgoneta. Él, siendo el que recibiera la explosión.

Él, reuniéndose con su hermano y su madre.

Cuando regresó a la comisaría, un nudo se le formó en el estómago, paralizándolo, tirando de sus pulmones y órganos hacia la pelvis.

Para colmo de males, le llovieron preguntas desde todos los ángulos: «¿Qué ha pasado?

¿Victoria está bien? ¿Seguro que es ella?

¿Cómo ha ocurrido? ¿Ha sido Perry? ¿Ha habido más heridos? »

Los silenció a todos con una sola frase, confirmándolo todo, antes de desaparecer en el baño y aferrarse a la taza del váter.

Unos minutos después, limpiándose el vómito de la boca y tragándose su sabor al salir, regresó a una oficina silenciosa.

Todos en el equipo estaban solemnes, callados, asimilando la noticia a su manera, tomándose su tiempo, pensando, llorando, guardando luto.

Tomek volvió a su silla, se desplomó en ella y se quedó mirando su reflejo borroso en el monitor del ordenador.

Sin ser consciente del paso del tiempo, de la gente que se movía por la oficina, de la gente que hablaba en voz baja cuando se sentían con la suficiente confianza y comodidad.

Sin ser consciente del agudo y fuerte timbre que provenía de su bolsillo.

No fue hasta que sintió la vibración contra su pierna cuando salió de su ensimismamiento. Lentamente, parpadeó y se miró los pantalones. Sin ninguna prisa, sacó el teléfono del bolsillo y miró la pantalla. Una llamada entrante de Aileen, la fundadora de los Essex Paranormalists.

¿Por qué lo llamaba? ¿Se habría enterado de lo de Perry?

No lo sabía, ni tenía la capacidad mental para averiguarlo. Pero algo en su llamada le dijo que tenía que responder.

—¿Sí? —dijo, carraspeando para aclarar la voz.

—Oh, Tomek, he visto las noticias —empezó ella, nerviosa—. Siento muchísimo lo que ha pasado. ¿Son... eran conocidas suyas algunas de las víctimas?

—Lamentablemente, sí —fue escueto, dando a entender que no estaba preparado para seguir hablando de ello.

—Oh, cuánto lo siento. No puedo ni imaginar lo que debe ser perder a uno de los vuestros. —Hizo una pausa. Tomek no dijo nada, esperando a que continuara—. Ha… Sé que probablemente estarán todos muy ocupados y en estado de shock , pero ¿lo han visto ya?

—¿Ver el qué?

Aileen vaciló, tragó saliva. —¿El vídeo que ha colgado Perry?

Unos minutos después, el rostro de Perry Peabody llenó la pantalla de la sala de crisis.

Era la primera vez que alguno de ellos veía al hombre en persona.

Parecía diferente de las imágenes y los registros que tenían: más viejo, más canoso, más arrugado de lo que sugerían las fotos de su carné de conducir y su pasaporte.

Profundas arrugas surcaban su rostro bajo la dura luz amarilla de la autocaravana; la piel alrededor de la mandíbula y el cuello la tenía flácida y ajada.

Tenía manchas de la edad en las sienes y las mejillas.

Unas ojeras oscuras le colgaban pesadamente bajo los ojos, como si llevara años sin dormir bien.

Finos y ralos mechones de pelo cano le caían de forma desigual alrededor de la cabeza, como si se lo hubiera cortado él mismo con unas tijeras sin filo.

Algunas partes sobresalían salvajemente por encima de las orejas, mientras que otras secciones se adherían húmedas al cuero cabelludo por el sudor.

Perry estaba encaramado al borde de un cojín de cuero descolorido de color marrón claro, con mechones de espuma naranja asomando por varios desgarrones.

Estaba sentado inclinado hacia delante, con los codos apoyados en las rodillas, y carraspeó en voz baja.

El sonido crepitó por los altavoces en la silenciosa sala de gestión de incidentes.

Nadie se movió, nadie habló, mientras todos se preparaban para lo que estaba a punto de decir.

En la pantalla, Perry miraba directamente a la cámara.

—Si estáis viendo esto —empezó lentamente, con voz áspera—, significa que sois de los que no son conscientes.

—Hizo una breve pausa, como si estuviera ordenando sus ideas—.

La mayoría de vosotros no me creeréis. Lo sé.

Todo el mundo cree que está despierto porque se pasa seis horas al día haciendo scroll en el móvil y discutiendo en internet sobre política y famosos y futbolistas y cualquier otra cosa que os pongan delante.

—Esbozó una leve sonrisa para sí—. Creéis que la información es libertad, pero solo es ruido.

Ruido incesante para distraeros y que nunca oigáis la verdad.

Tomek se cruzó de brazos con fuerza sobre el pecho. Detrás de él, Rachel permanecía completamente inmóvil, con los ojos fijos en la pantalla. Perry se inclinó un poco más hacia delante.

—El mundo está siendo controlado. No en sentido metafórico.

No en sentido político. Controlado literalmente.

Vuestros pensamientos. Vuestros hábitos.

Vuestros miedos. Cada maldita cosa que hacéis se supervisa y se manipula antes incluso de que os deis cuenta.

—Se dio dos golpecitos en la sien con un dedo—.

Ahora viven aquí. Aquí dentro. Ya no necesitan cadenas.

Ni prisiones. En su lugar, han construido una dentro de vuestras mentes.

Todo el mundo está enchufado. Móviles. Ordenadores.

Televisores. Relojes inteligentes. Dispositivos que escuchan cada palabra que decís en vuestra propia casa mientras os reís de ello como si fuera normal.

—Negó con la cabeza, apesadumbrado—. Estáis todos conectados a la máquina.

Así es como han ganado. Y detrás de todo están los que mueven los hilos.

La gente lagarto. Criaturas ancestrales que llevan nuestros rostros, que viven entre nosotros, que nos gobiernan, que se alimentan del miedo, la división y el odio mientras la humanidad se despedaza a su alrededor.

La mayoría de la gente nunca los ve, ni siquiera se da cuenta de lo que está viendo cuando cometen un desliz.

Pero yo los he visto. La he visto a ella .

A Lucerta. —Perry asintió lentamente para sí—.

Ella es una de ellos. Una de las de más alto rango.

Y es a la que más han visto, a la que más han documentado.

Y hace muy poco, alguien muy cercano a mí intentó verla de nuevo.

Se llamaba Jason Wong. —La expresión de Perry se suavizó ligeramente al mencionar el nombre de Jason—.

Jason vio a Lucerta por primera vez hace varios meses, y al instante quedó fascinado por ella.

La mayoría suele entrar en pánico, tomárselo a broma, explicarlo como otra cosa, decirse a sí mismos que han imaginado lo que han visto.

Pero él era diferente. Vio a Lucerta como lo que realmente era.

—Perry se frotó lentamente la mandíbula con los dedos amarillentos—.

Contactó conmigo después de su primer avistamiento.

Dijo que necesitaba hablar con alguien que le creyera.

Me contó lo que había visto en el bosque aquella noche.

Entonces le conté a Jason todo lo que yo sabía, compartí mis pruebas y mis hallazgos con él, lo metí en el círculo.

Confiábamos el uno en el otro. Mantuvimos nuestras comunicaciones de forma discreta, cartas, cosas por correo.

Nos comunicábamos a la antigua usanza la mayor parte del tiempo, manteníamos nuestra huella digital al mínimo en la medida de lo posible.

Y entonces me dijo que quería encontrarla otra vez, que iba a buscarla en el mismo sitio donde la había encontrado la primera vez.

Al principio, me mostré escéptico. Hay una razón por la que Lucerta nunca ha sido vista dos veces, porque creo que nunca se queda en el mismo lugar.

Siempre está en movimiento. Ella y sus amigos lagarto la están moviendo por el mundo, conspirando.

Pero él se mantuvo firme. —Perry asintió lentamente para sí, con la mirada perdida, como si estuviera reviviendo la conversación en su cabeza—.

Volvió allí solo. Y de repente, estaba muerto.

Perry miró fijamente a la cámara durante varios segundos sin hablar, con los ojos llorosos empezando a enrojecerse ligeramente.

—Un infarto —masculló al final, con las palabras cargadas de amargura—.

Eso es lo que le dijeron a todo el mundo.

Le dijeron al mundo que se había desplomado, muerto de un infarto.

Un chico joven y sano de treinta y tantos años, después de intentar sacar a la luz a una de las entidades reptilianas más peligrosas que caminan por este planeta.

—Negó lentamente con la cabeza—. No. No, lo siento, pero yo sé la verdad. Lucerta mató a Jason Wong .

Detrás de Tomek, alguien se movió, incómodo.

Perry señaló entonces hacia la cámara, con la mano temblando ligeramente por la emoción.

—Porque la amenazaba. Por eso. No podían arriesgarse a que la encontrara otra vez.

— Perry tragó saliva con dificultad. Y entonces, para sorpresa de Tomek, sus ojos se llenaron de lágrimas de repente—.

Jason era mi amigo. Uno de los pocos amigos de verdad que he tenido en años.

Y lo mataron. Así que no me han dejado otra opción.

Me han forzado a actuar. Ya he tenido bastante, estoy harto de que gente inocente muera mientras la verdad queda sepultada bajo mentiras, distracciones y miedo.

—Sus ojos pálidos se clavaron ahora en la lente—.

La gente tiene que despertar. Tienen que ver lo que les está pasando.

Y espero que a estas alturas ya lo veáis.

Que veáis las mentiras con las que nos alimentan.

Tenéis que desconectaros y alzaros. Somos más que ellos, tenemos que hacerles saber que ya no pueden controlarnos.

Esta es mi misión. Y ahora es la vuestra.

¿Me oyes, Lucerta? —dijo en voz baja—. Mataste a mi amigo.

Lo silenciaste porque vio lo que eres en realidad.

Y si estás viendo esto, que sepas una cosa: ya no te tenemos miedo, y vamos a ir a por ti.