El Espíritu de la Muerte (Detective Sargento Tomek Bowen 11) Capítulo 44
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Capítulo 44

V ictoria cruzó las puertas principales e, inmediatamente, la recibió una ráfaga de aire fresco.

Subió los escalones hasta el primer piso y se dirigió directamente hacia la persona que estaba más cerca de la entrada.

La redacción bullía con el sonido de teléfonos que no paraban de sonar, teclados que repiqueteaban y un murmullo bajo de conversaciones.

Se detuvo junto a un joven de unos veinte años, con el pelo sucio y despeinado y una barba rala que aún no le había crecido del todo.

—Buenos días —lo saludó.

Él levantó la vista y la reconoció al instante. —¿Todo bien, Vic?

—¿Está Lauren?

—Sí —contestó él rápidamente, señalando con la cabeza hacia el fondo de la oficina—. Donde siempre.

Victoria siguió su gesto hacia los despachos con cristales esmerilados que bordeaban la pared del fondo. —¿Está de buen humor o de malo?

El joven resopló en voz baja, con un atisbo de sonrisa asomando en sus labios. —Te dejo que lo descubras tú misma.

Victoria le dio las gracias y continuó a través de la redacción, sorteando escritorios y sillas mientras el ruido de la oficina persistía a su alrededor. Se acercó a la puerta de Lauren, llamó suavemente un par de veces y esperó una respuesta.

—Adelante.

Entró en el despacho y se encontró a Lauren sentada en su escritorio, con el cuerpo girado hacia la pantalla del ordenador, pero con los ojos fijos en ella. En cuanto la reconoció, la expresión tibia de Lauren se transformó en una amplia sonrisa y se levantó de su silla.

—Buenos días, desconocida —dijo, rodeando el escritorio con los brazos extendidos.

Radiante, Victoria abrazó a Lauren, sosteniéndola durante unos segundos, sintiendo su calor e inhalando su perfume. —Hueles de maravilla —le dijo Victoria al soltarla.

—Es el perfume de Kylie Jenner. Algo que cogí con las prisas. —Lauren volvió a su escritorio e indicó a Victoria que se sentara.

Antes de hacerlo, Victoria cerró la puerta del despacho.

—Al menos tú tienes la decencia de llamar y esperar a que te invite a entrar —comentó Lauren mientras Victoria se acomodaba en la silla.

—¿Ah, sí?

—Tu sargento entra sin avisar y punto.

Victoria bufó, puso los ojos en blanco y negó con la cabeza. —A veces cree que su ego y su personalidad son más grandes de lo que realmente son. De vez en cuando necesita que alguien o algo le baje los humos.

—Hablando de eso —replicó Lauren—. ¿Cómo se lo ha tomado esta mañana?

Victoria sonrió con suficiencia, irguiéndose en la silla.

—No muy bien, como era de esperar. He entrado por la puerta y me ha plantado el periódico en la cara.

Sé que lo ha pasado mal y todo eso, así que le he dado un poco de cuartelillo por ello, pero te digo una cosa, eso me ha cabreado de verdad.

—Normal —convino Lauren—. Vamos, que no me apetece nada trabajar con él en el futuro.

—Imagínate yo, todos los días. Pero la buena noticia es que creo que lo has espantado lo suficiente como para que no te moleste demasiado. Creo que probablemente acabes tratando con Sean o con algún otro del equipo.

Lauren hizo un puchero, como si estuviera a punto de llorar. —¿No contigo?

—Quizá. Depende de la situación. Pero la verdad es que no es habitual que una inspectora haga de enlace con la prensa. Yo solo pongo la cara delante de la cámara y digo lo que ya me han preparado.

—Ojalá mi trabajo fuera así de fácil.

Victoria se rió entre dientes. —Hablando de tu trabajo, he venido a «mantenerte a raya», a «asegurarme de que te ciñes al guion». —Victoria hizo el gesto de las comillas con los dedos para mostrar su falta de sinceridad.

—¿Al de quién? ¿Al tuyo o al de Tomek?

—Al mío, de momento. Aunque puede que tengas que desviarte un poco para apaciguarlo durante unos días.

Ponerte un poco de su parte, solo para que no cambie nada entre nosotras.

—Victoria se miró una uña y empezó a hurgar en un padrastro—.

No lo está llevando muy bien. Todo ha sido un puto desastre.

Vamos, que el hecho de que elevara la investigación a asesinato me dice que, para empezar, estaba dando palos de ciego.

Nunca debería haber sido una investigación por asesinato.

El tipo murió de un infarto. No había nadie más en el bosque.

—¿Estás segura? Te tenía por una creyente en los hombres lagarto —replicó Lauren con sarcasmo.

Victoria se rió entre dientes. Ya habían hablado de ese punto, incluso lo habían machacado, varias veces en sus puestas al día.

Tanto ella como Lauren pensaban que era ridículo que la muerte de Jason Wong se estuviera tratando como un asesinato.

Aunque, de dónde había salido la decisión de sabotear a Tomek, Victoria no sabría decirlo.

Algo en el comportamiento de él y del equipo en los últimos meses —incluso en el último año— la había alienado.

Lo había notado, lo había percibido. Su falta de respeto colectiva hacia ella.

Rachel, una de las mayores culpables, se la tenía jurada.

Tomek, lo sabía, la detestaba porque era un obstáculo para su ascenso profesional.

Y Sean… bueno, el desdén de Sean por ella era evidente.

Su relación, un error desde el principio, nunca debería haber ocurrido.

Con ellos tres como las personalidades dominantes en la oficina, Victoria nunca tuvo ninguna oportunidad.

Y así, lentamente, estaba segura, habían empezado a envenenar la percepción que todos los demás tenían de ella.

Chey, Martin, Oscar e incluso, en menor medida, Nick.

Todos habían empezado a evitarla en la oficina, saliendo de la cocina cada vez que ella entraba, respondiendo a sus educadas conversaciones triviales con monosílabos y lanzándole miradas de recelo a su paso. Lo veía todo. Lo sentía todo.

Y por alguna razón, sentía —no, sabía — que el sargento detective Tomek Bowen estaba detrás de todo aquello.

Lo que siguió fue una afortunada confluencia de las maquinaciones de ella y Lauren para hacerle la vida a Tomek lo más miserable y difícil posible, pero solo cuando su ego necesitara un buen escarmiento.

Lauren abrió la boca, pero antes de que ninguna de las dos pudiera decir nada, un sonido desgarró de repente el edificio.

No era la alarma de un coche ni la de incendios sonando en alguna parte del edificio.

Tampoco era el lamento familiar de las sirenas de la policía o de una ambulancia en la calle, frente a la oficina.

Era diferente. Aterrador. Una sirena antiaérea, el mismo sonido que le había infundido pavor durante las clases de historia en el colegio, al ver viejos documentales de guerra.

Se le erizó el vello de los brazos.

Lauren frunció el ceño mientras la sirena continuaba.

—¿Qué es eso?

Victoria, sin decir nada, giró lentamente la cabeza hacia la ventana del despacho que daba a la calle. —No lo sé —masculló en voz baja.

Fuera, en la redacción, se había hecho un silencio perceptible. El raspar de las sillas contra el suelo. Alguien rió con nerviosismo. Otra voz preguntó: —¿Qué está pasando ahí fuera?

La sirena persistía.

Victoria se levantó de la silla.

—Parece que viene de fuera —dijo.

Lauren ya se había medio levantado de su silla, con la preocupación surcándole la frente. Victoria llegó primero a la ventana y se apoyó con cuidado en el cristal.

Abajo en la calle, justo delante de la entrada del edificio, estaba la vieja autocaravana por la que había pasado unos instantes antes sin prestarle atención.

Pero ahora sí.

La autocaravana tenía un aspecto extraño.

No era sospechosa a simple vista: no había humo, ni ventanillas rotas, ni movimientos frenéticos en su interior.

Pero algo en su quietud la inquietó de inmediato.

La forma en que estaba aparcada justo delante de la entrada.

La forma en que la sirena aullaba desde dentro.

La forma en que el conductor estaba en su asiento, absolutamente quieto. Inmóvil.

Casi como si estuviera esperando algo.

O a alguien.

—Espera aquí —dijo Victoria en voz baja—. Voy a echar un vistazo.

Lauren frunció el ceño de inmediato. —Tú sola no vas.

Victoria se giró hacia ella.

—Lauren…

—Chist. Voy contigo. —Lauren ya estaba cogiendo el móvil del escritorio—. Vamos.

Fuera, en la redacción, la gente se congregaba cerca de las ventanas y los escritorios, las conversaciones se solapaban con nerviosismo mientras intentaban comprender qué estaba pasando.

Alguien grababa a través del cristal con el móvil.

Victoria se abrió paso entre ellos a toda prisa, con Lauren pisándole los talones.

La sirena seguía resonando por todo el edificio mientras llegaban al pasillo y se dirigían al hueco de la escalera, prescindiendo del ascensor.

El pulso de Victoria se aceleró mientras bajaban a toda prisa las escaleras de hormigón.

El sonido se hacía cada vez más y más fuerte.

Salieron por las puertas principales y las cegó la luz del sol. El calor golpeó a Victoria como si se abriera la puerta de un horno. Un calor denso y pesado emanaba del pavimento y los muros de hormigón en oleadas asfixiantes.

Fuera, la sirena era casi insoportable. Le vibraba en el pecho y reverberaba con violencia entre los edificios que flanqueaban la calle, haciendo que todo el mundo se girara.

La gente se había detenido a prestar atención.

Algunos estaban paralizados, mirando fijamente.

Otros ya habían empezado a grabar con sus móviles, con risas nerviosas que se mezclaban con la confusión, pues nadie entendía muy bien lo que estaban presenciando.

Victoria se dirigió directamente a la puerta del conductor y golpeó el cristal con el puño.

—¡Eh!

Dentro, el anciano no reaccionó. Permaneció perfectamente inmóvil al volante, con la vista fija al frente a través del parabrisas, como si ella no estuviera allí.

La sirena seguía chillando desde algún lugar del interior de la autocaravana, ahora con una estridencia imposible, tan fuerte que a Victoria le dolían los dientes.

Volvió a golpear, esta vez con más fuerza.

—¿Me oyes? —gritó—. ¡Apaga eso! ¡Apaga ese maldito trasto!

Seguía sin reaccionar.

Victoria se acercó más a la ventanilla del conductor. Y entonces lo vio bien. La cara. El pelo cano y ralo. La marcada oquedad alrededor de los ojos. Lo reconoció al instante. Un escalofrío le recorrió el estómago.

—Oh, Dios mío.

Lauren la miró bruscamente. —¿Qué?

Victoria siguió mirando a través del cristal y volvió a golpear la ventanilla con la palma de la mano.

—¡Perry Peabody! —gritó—. ¡Abre la puerta ahora mismo!

Esta vez, por fin, se movió. Perry giró lentamente la cabeza hacia ella, con calma y parsimonia. Tenía una expresión neutra, vacía. Sus ojos parecían muertos detrás del cristal.

Por primera vez desde que había salido, un miedo genuino atenazó el pecho de Victoria. Entonces Perry, con calma, alargó la mano hacia un lado de su asiento y pulsó algo que ella no pudo ver.

Al instante, la sirena cesó y la calle entera pareció congelarse durante medio segundo. Luego, una voz robótica crepitó a través de unos altavoces ocultos en algún lugar de la autocaravana.

—Manténganse alejados. Este vehículo va a detonar en breve.

El corazón de Victoria se detuvo.

La voz hizo una breve pausa antes de repetirlo.

—Manténganse alejados. Este vehículo va a detonar en breve.

Lauren soltó una sonora palabrota a su lado.

—Joder…

Victoria se giró hacia ella al instante. —¡Aléjate! —gritó—. ¡Lauren, haz que todo el mundo se aleje ahora!

El pánico estalló a su alrededor casi de inmediato. La gente empezó a gritar, a correr, a vocearse advertencias unos a otros. A alguien se le cayó un móvil al pavimento. Un hombre chocó con otro peatón al intentar escapar de la entrada.

Victoria agarró la manilla de la puerta del conductor y tiró con fuerza.

Cerrada.

—¡Mierda!

Corrió hacia el lateral de la autocaravana, tirando con violencia de la puerta corredera.

Nada. Estaba cerrada.

Volvió a golpear la puerta con ambas manos.

—¡Perry!

Nada.

El metal traqueteó bajo la fuerza de sus puños, pero dentro de la autocaravana, Perry Peabody permanecía sentado exactamente donde estaba, mirando al frente a través del parabrisas con la misma calma y los mismos ojos muertos.

La voz robótica siguió resonando por la calle.

—Manténganse alejados. Este vehículo va a detonar en breve.

Lauren agarró a Victoria del brazo. —¡Vic, déjalo! —le gritó.

Victoria se soltó de inmediato y regresó a la ventanilla del conductor.

—¡Perry! —gritó, con un único pensamiento en la cabeza—. ¡Abre la puta puerta!

Dentro, Perry se giró de nuevo hacia ella, tranquilo e impasible. Y entonces, por fin, habló, gritando a través del cristal para hacerse oír por encima del sonido.

—Ahora el mundo va a despertar.

Y entonces, la autocaravana explotó.