Capítulo 38
V arias horas después, cuando el sol empezaba a ponerse en el horizonte, Tomek estaba sentado en su escritorio.
Jugueteaba con los pulgares, meciéndose en la silla, impaciente, desconcentrado y distraído.
Su mente estaba fija en las salas de interrogatorios, en las profundidades del edificio.
Los tres individuos relacionados con la banda del timo de la bendición estaban siendo interrogados en conexión con el robo de las pertenencias de la señora Wong y la muerte de su hijo.
La víctima a la que estaban intentando estafar cuando Oscar y su equipo intervinieron era Lian Chen, una viuda de setenta y un años que vivía sola en Pitsea.
La habían llevado a la comisaría en un estado de leve conmoción, como era de esperar, y uno de los agentes de policía que participaron en la detención había pasado cuarenta minutos con ella, explicándole el timo de la bendición, cómo funcionaba y qué pretendían hacer las mujeres si la operación hubiera seguido su curso.
A la señora Chen le habían dado una taza de té, el número del servicio de atención a las víctimas y la habían llevado a casa en un coche patrulla.
Se marchó dando las gracias a todo el mundo.
Mientras tanto, el cuartel general de la banda —un piso compartido de dos dormitorios que era su domicilio— había sido registrado por la científica y los objetos que había en su interior, incautados.
Joyas. Collares, anillos, pulseras. Montones y montones de dinero en efectivo y varios objetos que coincidían con la descripción de la señora Wong.
Los objetos estaban siendo procesados: catalogados, fotografiados y registrados como pruebas.
Pasarían semanas antes de que se pudiera devolver nada a sus legítimos dueños.
Habían publicado un llamamiento en internet pidiendo información y que se presentaran testigos, pero, para sorpresa de Tomek, nadie lo había hecho.
Pero entonces se dio cuenta de que así era como operaban.
A las víctimas se les había prometido que, si entregaban todos sus ahorros, sus seres queridos sobrevivirían los tres días siguientes.
Y cuando ninguno de sus seres queridos había muerto, ¿quiénes eran ellas para creer otra cosa que no fuera que la ofrenda había funcionado?
¿Por qué iban a arriesgarse a jugar de nuevo con los espíritus o a invitar a la muerte a uno de los miembros de su familia?
Tomek se echó hacia atrás en la silla y se quedó mirando al techo, sin saber qué hacer.
Al final, volvió a la pantalla del ordenador y abrió el expediente de Jason Wong por lo que le pareció la decimocuarta vez ese día.
Estaba mirando una fotografía sacada de las redes sociales de Jason cuando su ordenador emitió un pitido.
Acababa de llegar un correo electrónico. Cambió a su bandeja de entrada y lo abrió. El campo del remitente contenía una sarta de caracteres. Letras y números, sin nombre ni dominio reconocible. Lo observó por un momento y luego leyó el correo:
La Operación Lucerta se ha prolongado demasiado. El ruido en torno a los llamados hombres lagarto ha crecido demasiado. Es importante que le ponga fin antes de que nos veamos obligados a intervenir.
Tomek lo leyó un par de veces antes de cruzar la sala a toda prisa, dirigiéndose directamente al despacho de Nick.
Llamó una vez y entró sin esperar permiso.
Nick estaba al teléfono. Levantó la vista, a punto de indicarle que no era un buen momento, pero entonces leyó algo en la cara de Tomek.
—Te devuelvo la llamada —dijo al auricular, y colgó.
—Lee esto. —Tomek cargó el correo en su móvil y se lo tendió a Nick.
Nick lo cogió, lo leyó y volvió a leerlo.
—¿Sabes de qué va esto? —preguntó Tomek.
Nick negó con la cabeza. —Ni idea.
—No tiene remitente. Nada. Solo una cadena de caracteres que no me dice nada. —Tomek recuperó el móvil y volvió a mirarlo—. Pero ha tenido que salir de alguna parte.
—¿Cómo es posible? —preguntó Nick.
—No lo sé. No he compartido mi correo con nadie nuevo últimamente. No lo he facilitado, no me he registrado en nada. —Hizo una pausa—. No pensarás que es tu amigo Mitchell Cameron intentando contactar conmigo a escondidas, ¿verdad?
Nick suspiró. —No es mi amigo. Y no es una cuenta de correo oficial, así que seguramente no. ¿Quién podría ser?
—Podría ser esa organización clandestina secreta que te preocupaba.
Nick lo miró a él y, a continuación, al móvil que Tomek había dejado en el borde de la mesa, entre ambos. Lo cogió, leyó el correo por tercera vez y volvió a dejarlo en su sitio.
—Podría ser —dijo reclinándose en la silla, con las manos sobre el estómago—. O es solo un bulo, de alguien que sabe demasiado de ordenadores.
Tomek abrió la boca para responder, pero la puerta se abrió y entró Rachel.
Miró alternativamente a uno y a otro. —Siento interrumpir —dijo—.
Los interrogatorios han terminado. —Miró a Tomek—.
Ninguna de ellas dice nada sobre Jason. Las tres coinciden, ni un solo comentario sobre él en concreto.
Chey ha revisado sus registros telefónicos y ahí tampoco hay nada.
Ni llamadas, ni mensajes, ni contacto digital con él ni con nadie de su círculo más cercano.
Tampoco hay indicios de que estuvieran en el pozo la noche en que murió Jason.
—Hizo una pausa—. Y hemos hablado con los vecinos; han corroborado su versión de los hechos.
Todas estaban en casa la noche de la muerte de Jason.
—Ya —dijo Tomek, mientras su mente se ponía al día.
—Pero aquí viene lo interesante. En el momento en que se dieron cuenta de que las interrogaban en relación con una investigación de asesinato y no solo por el fraude, empezaron a hablar.
—Se permitió una pequeña pausa—. De todo lo demás.
Años de operaciones, otros lugares, otras víctimas.
Llevan mucho tiempo con este timo. Y, por lo visto, alguien desde China les daba las instrucciones.
Una especie de contacto. Lo que probablemente es algo que se escapa de nuestro ámbito.
—Miró a Tomek—. Pero, en lo que respecta a Jason Wong, creo que esa línea de investigación se ha acabado.
—Ya —dijo Tomek—. Aunque deberíamos verificar la…
—Es un callejón sin salida —interrumpió Nick.
Tomek lo miró.
—Los análisis forenses, la autopsia y ahora esto —espetó Nick—. Quizá Jason Wong simplemente murió de un infarto. Nada más. Ninguna conspiración. Sí, era joven, pero estas cosas pasan. Es posible que esto haya sido exactamente lo que parecía desde el principio. Nada más que una simple tragedia.
La sala quedó en silencio por un momento.
—No —dijo Tomek.
—Tomek…
—No me lo creo. —Hizo una pausa—. Ese correo te ha asustado, ¿a que sí?
No era exactamente una pregunta.
Tomek sostuvo la mirada de Nick. Ninguno de los dos dijo nada, tan tercos el uno como el otro.
—El evento del pozo es dentro de cuatro horas. Y más vale que vayas para asegurarte de que ninguna de esas otras personas que creen en lo de los lagartos salga herida.