Capítulo 39
A pesar de que todo estaba dispuesto —las carreteras cortadas, los del TSG controlando cada posible entrada al parque, los agentes uniformados creando un perímetro alrededor del pozo, la policía montada y las unidades caninas bloqueando los accesos, una orden de dispersión en vigor y agentes armados en alerta—, Tomek seguía sintiendo oleadas de náuseas y aprensión que lo sacudían una y otra vez, golpeándolo cada pocos segundos.
Todo el operativo descansaba sobre sus hombros.
Si se cometía un error, si uno de aquellos mentecatos resultaba herido, sería culpa suya.
Con los cortes de tráfico, no había acceso para vehículos al parque, así que nadie podía llegar en coche hasta la entrada y colarse.
Sin embargo, la zona estaba rodeada de campos y vastas extensiones de terreno verde, y eso no iba a detener a los más ingeniosos y resueltos en su caza de Lucerta.
Tomek había leído en la página del evento de Facebook que muchos buscaban sangre esa noche, decididos a no marcharse hasta haber cazado, encontrado y atrapado al mítico e imaginario humanoide reptiliano, aunque eso significara acabar detenidos.
Iba a ser una noche muy, muy larga.
Eran poco más de las ocho de la tarde y Tomek se moría de hambre.
Había estado demasiado preocupado y distraído como para acordarse de comer algo durante los preparativos.
El evento viral no empezaba oficialmente hasta las once, para entonces el bosque estaría en absoluta oscuridad.
Lo que significaba que no probaría bocado al menos hasta bien entrada la madrugada.
Ya oía el rugido de su estómago, que se imponía al sonido de la radio que llevaba en el bolsillo.
Había tomado la decisión de posicionarse en el linde del bosque, en la segunda línea de defensa, por detrás de los agentes uniformados que montaban guardia en los controles de carretera.
Bajo ninguna circunstancia quería aventurarse en el bosque, y menos de noche.
No después de la última vez. Le satisfacía admitir, aunque solo fuera para sus adentros —y muy, muy bajito—, que había gente más valiente y fuerte que él dispuesta a hacerlo en su lugar.
Las dos horas siguientes transcurrieron sin incidentes.
Una lenta y aburrida monotonía de nada: estar de pie, moverse de un lado a otro, charlar, mantener conversaciones de cortesía con otros miembros del cuerpo, ignorar el gruñido de su estómago.
En un momento dado, caminó por la carretera hacia el control, donde habló con el sargento de uniforme.
Luego consultó con el comandante del grupo de apoyo territorial.
Después, llamó a Sean, el único miembro del equipo lo suficientemente valiente y osado como para quedarse dentro del bosque.
Todos informaron de que no había más que calma, oscuridad y el sonido ocasional de un árbol al moverse.
Por suerte, el tiempo de aquella noche de verano era casi perfecto: en calma y cálido, sin amenaza de lluvia ni de nubes densas.
Cuando se acercaban las once, a Tomek se le hizo un nudo en el estómago.
En su cabeza, había imaginado un pequeño ejército de personas marchando lentamente hacia la entrada, abalanzándose sobre ellos de forma gradual como la multitud de una manifestación en el centro de Londres.
Había imaginado un enjambre de gente, con los brazos y posiblemente armas en alto, dispuestos a plantarle cara a él y al resto de la policía de Essex.
Pero cuando llegó la hora de inicio del evento, no hubo nada.
Ninguna llamada por la radio. Ningún murmullo silencioso de miles de personas convergiendo en un punto.
Nada más que silencio, salvo la suave brisa que silbaba entre los árboles.
Tomek consultó su reloj repetidamente. Miró la carretera en ambas direcciones. Vacía. Miró al otro lado del campo. Oscuro, quieto. Observó la línea de agentes uniformados a lo largo del perímetro. Luego llamó por radio a los agentes que estaban en el control de carretera.
—¿Alguna señal de alguien por ahí?
Una breve pausa. Luego una respuesta.
—Negativo, sargento. La carretera está vacía. No se oye ni una mosca.
Tomek miró su teléfono. La página del evento «Asaltar el Pozo», que había estado revisando a intervalos de quince minutos desde las siete, seguía mostrando doscientos sesenta y pico mil asistentes y un torrente de comentarios que iban desde gente publicando actualizaciones de su viaje, a gente publicando que ya estaban borrachos, a gente publicando que habían trasladado todo a otro lugar y proporcionando lo que parecían ser unas coordenadas completamente inventadas en algún lugar del mar del Norte.
Guardó el teléfono. Cabrones. Quizá todo fuera solo un gran bulo, una gran pérdida de tiempo, después de todo.
Pero entonces, unos minutos más tarde, a las doce y cinco, todo cambió.
—Sargento —dijo una voz apresurada por la radio—. Tenemos gente acercándose al cordón norte.
Tomek ya se estaba moviendo.
—¿Cuántos?
—Muchos, señor. Vienen por el campo y por la carretera a pie. Con linternas. Hay… —Una pausa. Y en la pausa, Tomek lo oyó él mismo: música, pesada y distante—. Son muchísimos, sargento.
Tomek se subió al coche de un salto, condujo los treinta segundos hasta el cordón y se bajó.
Llegaban por centenares a través del campo, las linternas de sus móviles danzando en la oscuridad, una procesión anárquica y dispersa que se extendía más allá de donde alcanzaba la vista y cuya vanguardia ya se acercaba a la cinta.
La música sonaba más alta. Alguien tenía un altavoz portátil del tamaño de una maleta pequeña.
Se oían voces, risas, algún grito suelto.
Un número muy considerable de personas que llegaban en la oscuridad.
Y una parte importante de ellas, como vio entonces, iba disfrazada.
Trajes de licra verdes de cuerpo entero, máscaras de lagarto, atuendos elaborados.
Un grupo llegó con camisetas a juego: TEAM LUCERTA en el pecho y cada una con un número en la espalda, como una equipación de fútbol.
Un hombre con un disfraz de dragón completo.
Varias personas con la cara pintada. Una mujer con lo que parecía un traje de Lucerta hecho a mano con lentejuelas verdes, cola y una capucha con ojos pintados.
Dos de ellos se separaron de la cabeza del gentío y se dirigieron directamente a Tomek y a los agentes que montaban guardia.
—¿Qué hacéis vosotros aquí? —preguntó el primero, vestido con un traje de licra verde y con una lata de cerveza en la mano.
—El bosque está cerrado —dijo Tomek—. Tú y todos los demás tenéis que quedaros detrás de la cinta.
Refunfuñaron, sopesaron la idea de protestar, pero luego retrocedieron y de inmediato se pusieron a hacer fotos del cordón y de Tomek, algo que él decidió ignorar.
Durante la hora siguiente, la multitud fue creciendo sin cesar.
A la una de la madrugada, los campos que rodeaban el parque estaban abarrotados, con cientos de personas, posiblemente cerca de mil en las inmediaciones, y se veían más a lo lejos.
El TSG mantenía el cordón. Los caballos, ya completamente despiertos, formaron una línea que la mayoría respetó sin necesidad de que se lo dijeran dos veces.
El ambiente, para sorpresa y, en última instancia, alivio de Tomek, era más de festival que de disturbio.
Música, disfraces, gente haciéndose fotos delante de la policía.
Alguien había traído barritas luminosas verdes y las estaba repartiendo.
En un momento dado, tres personas intentaron cruzar el cordón corriendo al estilo Naruto, pero se les hizo retroceder sin mayor problema.
Tomek patrulló la zona, respondiendo a preguntas, manteniendo la misma conversación con varias personas.
Descubrió que todas eran educadas, respetuosas y que solo estaban allí porque toda la historia de la conspiración les parecía divertida y querían reírse un poco de ella.
Al decidir que no había mucho que pudiera hacer, Tomek regresó al apartadero donde se había encontrado con los Paranormalistas de Essex.
Justo cuando salía del coche, la voz de Sean sonó en la radio.
—Brecha en el bosque. Repito, hay una brecha en el bosque.
Mierda . Tomek agarró la radio. —¿Cuántos?
—Diez, veinte, quizás treinta que pueda ver. Está oscuro. Están entrando por alguna parte y nos superan en número. Algunos llevan cosas.
—¿Qué clase de cosas?
—Porras. Palos. Uno de ellos lleva lo que parece una almádena. —Una pausa—. No están de broma.
Tomek ya se dirigía hacia los árboles, con la linterna encendida, hablando por la radio.
—A todas las unidades del TSG, brecha en el bosque norte.
Necesito efectivos en ese bosque ya. Muévanse.
—Atravesó la primera línea de árboles, con las ramas enganchándosele en la chaqueta, y corrió a toda velocidad por el bosque, siguiendo el camino que había tomado con Aileen, recordando sus pasos.
Solo que esta vez no tenía miedo de la oscuridad, no estaba tenso.
Estaba consumido por la adrenalina, por el deseo de impedir que el grupo causara algún daño.
Al poco tiempo, los oyó: los sonidos de gritos y alaridos, como si estuvieran poseídos, seguidos del estruendo y el crujido de árboles y ramas, que se amplificaban a medida que se acercaba.
Cuando llegó, vio el pozo y se detuvo en seco.
Había más de treinta. Muchos más. El claro estaba abarrotado de gente, las linternas se balanceaban, el aire denso de ruido y movimiento.
La mayoría estaban grabando, gritando, corriendo de un lado para otro, huyendo de los agentes que los perseguían.
Algunos pintaban con espray verde las paredes exteriores del pozo y los árboles cercanos, y tallaban las palabras «VAMOS A POR TI, LUCERTA» en el ladrillo.
Pero fue un grupo en el centro lo que captó y retuvo su atención.
Seis o siete, dispuestos alrededor del pozo, destrozando la obra de ladrillo con una combinación de almádenas, palancas y picos.
—¡Eh! —La voz de Tomek salió más fuerte de lo que pretendía, resonando en el claro—. Parad. Todos vosotros. Ahora.
Una breve pausa. Las cabezas se volvieron, los golpes cesaron.
Y entonces, de alguna parte, alguien gritó, y la destrucción se reanudó.
Tomek avanzó con paso decidido, abriéndose paso entre la multitud, apartando a los espectadores a empujones, hasta que llegó al círculo interior y vio la cara de uno de los individuos con una almádena. Joven, acelerado, anárquico.
—Suéltala —ordenó Tomek.
El hombre lo miró. Miró la almádena. Volvió a mirar a Tomek. Siguió blandiéndola.
Antes de que Tomek pudiera decir nada, se oyeron sonidos a su espalda.
Perros ladrando, agentes de policía cargando, botas pisoteando el suelo.
Y entonces todo cambió. La multitud en el centro del pozo se dividió, dispersándose.
El hombre que estaba frente a Tomek soltó la almádena y salió disparado.
Tomek fue tras él, linterna en mano, corriendo a toda velocidad por la tierra, saltando raíces, esquivando árboles, adentrándose en el bosque. El hombre era rápido, pero no lo suficiente. Perdió velocidad rápidamente, la adrenalina se le agotó en un instante.
Tomek acortó distancias, agarró al hombre por la ropa y le saltó a la espalda.
Cayeron los dos juntos al suelo cubierto de hojas en un amasijo que hizo que a Tomek se le cayera la linterna y los dejó a ambos sin aliento en la oscuridad.
Tomek reaccionó antes que el hombre, se puso a horcajadas sobre él, le puso la muñeca en la espalda y lo inmovilizó.
—Quedas detenido como sospechoso de daños criminales —dijo. Le leyó los derechos. El hombre escuchó sin moverse, recuperando el aliento—. ¿Lo entiendes?