Capítulo 37
O scar había informado a Martin de lo que le esperaba en el mercado: un asalto a los sentidos, una cacofonía de olores, un crisol de individuos de toda clase y condición, color, raza y credo que se movían de un lado a otro.
Una lucha constante para la vista, pivotando a izquierda y derecha, en busca de las integrantes de la banda del timo de la bendición.
Pero aquella mañana de sábado era diez veces peor de lo que Oscar le había descrito.
Las callejuelas que serpenteaban entre los puestos estaban atestadas, repletas de gente que avanzaba arrastrando los pies en improvisados carriles, de izquierda a derecha y de derecha a izquierda.
Le recordó al mercado navideño de Winchester al que había ido un par de años atrás.
Demasiada gente para su gusto, avanzando a rastras como prisioneros, cuerpo contra cuerpo, con enormes abrigos rozándole la cara.
Solo que aquella vez no había estado de incógnito ni al acecho de personas a las que no podía identificar.
En esta ocasión, su cabeza giraba como un faro con toda la discreción de la que fue capaz, escudriñando los rostros de quienes pasaban a su lado, algunos justo delante y muchos otros a lo lejos.
Odiaba admitirlo, pero aquel era el coto de caza perfecto para la banda.
Podían acechar siguiendo el flujo de la multitud, enganchar a su siguiente víctima y, si tenían éxito, pasar a la siguiente fase.
Si no, podían escabullirse con la misma facilidad entre el gentío y desaparecer en un instante para buscar más presas.
Martin estaba apostado en los márgenes del gentío, moviéndose a un ritmo más lento, abriéndose paso entre los compradores parados, inclinados sobre cajas de fruta o arremolinados alrededor de percheros de ropa.
Unos metros a su izquierda, cada vez más cerca, se encontraba la furgoneta de comida china para llevar.
Aromas de especias y aceite de cocina llenaban el aire, trepando por sus fosas nasales.
Inspiró hondo, inhalando el olor como si fuera una droga.
También le pasaba con la gasolina. Sencillamente, había algo en esos dos olores de lo que no se cansaba.
De pie junto a la furgoneta, con los brazos cruzados sobre el pecho y hablando con el dueño del puesto tras el mostrador, estaba la señora Wong, aparentemente relajada.
Extrañamente, Martin había esperado que los acontecimientos del día anterior la hubieran puesto más nerviosa, más en vilo.
Pero parecía haber tenido el efecto contrario, como si ahora supiera a qué atenerse, cómo desenvolverse y qué hacer en caso de emergencia; siempre y cuando, por supuesto, no enviara a Martin a perseguir a la persona equivocada.
Se había pasado la tarde anterior investigando a las bandas del timo de la bendición para prepararse, aprendiendo sobre su comportamiento, sus movimientos, sus trucos.
Trabajaban en grupos de tres. La primera mujer establecía contacto, llorando, pidiendo ayuda para encontrar a alguien: un sanador, un médico, una persona concreta por su nombre.
La segunda integrante del grupo hacía de cómplice, a veces aparecía en cuestión de segundos y respaldaba la versión de la primera.
Luego, una vez que la presa estaba atrapada, desaparecían para reunirse con la tercera.
Era una operación muy sofisticada que había engañado a la señora Wong —y a incontables viudas más, supuso— para que se creyera sus mentiras y entregara todo lo que poseía solo para proteger a un ser querido de un espíritu en cuya existencia creían tan ciegamente y con tanto temor.
Había contado tres agentes de incógnito desde su llegada. El agente Milton estaba ojeando un expositor de fundas para móviles a sus once. La agente Ramprakash estaba más abajo, en los puestos de fruta, con un bolso al hombro. Y el agente Davies estaba en algún lugar detrás de él.
Martin se recolocó ligeramente, dando la espalda a un perchero, y escudriñó el gentío.
Fue entonces cuando la vio, junto a la furgoneta de comida china, en el puesto lleno de artículos para el hogar: cubos, fregonas, rollos de bolsas de basura.
Una mujer de unos sesenta años curioseaba en la parte delantera del puesto.
Y a su lado, apareciendo como de la nada, había otra mujer que llevaba un pañuelo oscuro estampado ceñido alrededor de la cara, temblando, llorando visiblemente.
Martin miró de inmediato a la señora Wong, que seguía en el mostrador del puesto de comida, absorta en la conversación, distraída.
Intentó captar su atención con la mirada, pero no funcionó.
Había demasiada gente delante de él y no quería dar la voz de alarma.
En lugar de eso, se abrió paso a duras penas entre la multitud y pasó rozándola, murmurando una disculpa mientras inclinaba la cabeza hacia la escena que se desarrollaba en el puesto de al lado.
En ese momento, la señora Wong se giró, miró y abrió los ojos como platos al posarlos en la mujer del pañuelo en la cabeza. Se quedó paralizada un instante, clavada en el sitio. Luego, lo único que hizo fue asentir una sola vez, brevemente, antes de hacer ademán de ir hacia la mujer encapuchada.
Martin interpuso una mano entre ellas para frenarla.
—Necesitamos a las tres, recuerda —le dijo con severidad—. Lo aprendimos del incidente de ayer.
La señora Wong apretó la mandíbula y asintió a modo de disculpa. Martin se llevó dos dedos a la radio del cuello. —Posible primer contacto en curso en el puesto de artículos para el hogar, extremo norte del mercado. Mantened las posiciones. No entréis. No hasta que las tengamos a todas.
Dejó a la señora Wong donde estaba y volvió con disimulo hacia el perchero, fingiendo interés al coger una chaqueta, darle vueltas entre las manos y observar el desarrollo del timo por el rabillo del ojo.
Pasó un minuto. Dos. La mujer encapuchada seguía hablando, siguiéndole la corriente a su víctima.
Martin localizó con la visión periférica a la señora Wong, que contemplaba la escena con venganza y furia en los ojos.
Cuando volvió a mirar a la mujer encapuchada, esta había desaparecido.
Se había esfumado. Había dejado a la posible víctima sola, confusa, aturdida.
Martin habló a la radio del cuello: —Primer contacto perdido, me muevo.
Pañuelo oscuro estampado, complexión pequeña, posible dirección este.
—Se abrió paso entre la multitud, pidiendo permiso para pasar por los huecos, escudriñando por encima de los hombros, entre los cuerpos.
El ruido del mercado se lo tragaba todo.
Un niño lloraba en algún punto a su izquierda, alguien escuchaba música en el móvil, el frutero del final de la fila cantaba los precios para nadie y para todos a la vez.
Entonces lo vio. La parte de arriba del pañuelo desapareciendo tras la esquina de un tenderete de fundas para móviles.
La siguió.
Se había detenido casi de inmediato, al lado de una mujer de unos cincuenta años que curioseaba las fundas. La del pañuelo ya estaba a su lado, ya estaba hablando, ya estaba trabajándose a su siguiente víctima.
Martin fichó al agente Milton a unos cuatro metros y medio de distancia, todavía con los protectores de pantalla.
Sus miradas se cruzaron una fracción de segundo.
Martin le hizo un gesto de cabeza, el más leve posible, en dirección a la escena, y ambos se acercaron.
Martin se colocó al final del puesto de fundas de móvil, buscó algo que mirar en el expositor y escuchó cómo se calmaba el latido de su propio corazón.
Esta vez la víctima había picado; un minuto después, llegó la segunda integrante de la banda, puntual como un reloj. Salió del sur, se abrió paso entre la gente y llegó a la escena, simpática, segura de sí misma, tocando a la víctima en el brazo.
Martin observó con una mezcla de asombro y preocupación cómo el timo funcionaba, y las tres mujeres echaron a andar entre la multitud, con la víctima encajada entre las otras dos, que la inmovilizaban.
Salió tras ellas, manteniendo las distancias.
Milton estaba a su derecha; Ramprakash apareció de detrás de los puestos de fruta.
Siguieron al grupo hasta sacarlo del mercado y meterlo en la vía de servicio que corría por detrás de los puestos.
El sonido del mercado desapareció rápidamente, sustituido por el estruendo de la A13 a sus espaldas.
Caminaron un par de minutos, dejando atrás la parte trasera del mercado, una hilera de contenedores industriales y una furgoneta blanca aparcada con las luces de emergencia puestas.
—El grupo gira a la izquierda por un callejón —dijo en voz baja, acelerando el paso.
Él y Milton llegaron a la entrada del pasadizo y se detuvieron, de espaldas a la pared, y escucharon un segundo antes de asomarse.
El callejón bordeaba un edificio bajo de ladrillo.
Al final había una puerta lateral, pintada de verde, mantenida abierta con medio bloque de hormigón.
Era la misma de la que les había hablado la señora Wong, la misma que habían registrado y encontrado desierta.
Salvo que esta vez debía de estar ocupada, porque las tres mujeres se dirigían hacia ella.
Martin se giró y vio que ahora todo el equipo estaba con él, todos de paisano, infiltrados.
Hizo una señal con la cabeza y empezó a caminar hacia la puerta.
Dentro había un pasillo estrecho y oscuro, con una moqueta del color de la mostaza vieja y unas paredes que, antaño color crema, ahora amarilleaban.
Más adelante, una escalera. De algún lugar en el piso de arriba llegaba el sonido de voces, murmullos, susurros.
Martin subió las escaleras despacio, probando cada escalón antes de poner el peso en él.
El cuarto escalón crujió. Se detuvo. Esperó.
Las voces de arriba continuaron sin interrupción. Siguió subiendo.
En el rellano del primer piso, una puerta justo enfrente de él estaba entornada, una fina franja de luz ambarina en el borde, y, tras ella, la voz de una mujer mayor hablando.
Martin se volvió para mirar a los tres que tenía detrás, en las escaleras. Intercambiaron un gesto de asentimiento.
Entonces apoyó la palma de la mano en la puerta y la empujó para entrar.
La habitación era pequeña y estaba a oscuras por las cortinas echadas.
En el centro había una mesa plegable cuadrada, con una mujer mayor —la misma que había descrito la señora Wong— sentada detrás, las manos sobre la superficie, la expresión en blanco, impasible, y las otras dos timadoras de pie a cada lado de ella, de cara a Martin.
De espaldas a ellos estaba la víctima, aferrada a sus pertenencias como si temiera por ellas.
Un silencio de pánico se apoderó de la habitación antes de que Martin hablara.
—Policía —dijo—. Que nadie se mueva.