El Espíritu de la Muerte (Detective Sargento Tomek Bowen 11) Capítulo 36
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Capítulo 36

L a autocaravana olía a algo que Perry había dejado de notar al cabo de unos días. Podría haber sido meado de gato, o quizá el suyo propio, pero en el gran orden de las cosas, no importaba. Nada de eso importaba, no cuando había cosas más importantes por las que preocuparse.

Trabajaba despacio, con cuidado, moviéndose por la autocaravana con una estudiada soltura.

No había prisa, no cuando las cosas estaban tan cerca.

Fuera, a través de los periódicos pegados a la ventana sobre la cocinilla, podía ver las copas oscuras y quietas de los árboles más lejanos al borde del bosque.

Delante de los árboles había una valla, y más allá, la llanura desolada y yerma perteneciente al Ministerio de Defensa, que se extendía hacia el Támesis.

Perry había aparcado allí tres veces antes a lo largo de los años, siempre en el mismo sitio.

Era un lugar tranquilo, aislado, y nunca se había encontrado con nadie.

Y si esta vez se le acababa la suerte, tenía la coartada perfecta: solo un vejestorio en su autocaravana, recorriendo el condado a lo ancho, buscando un sitio para acampar o echar una meada.

Perry volvió a la mesa, rodeando el asiento plegable, y contempló lo que tenía extendido ante él.

A su lado había un periódico reciente. En la portada estaba la noticia sobre la muerte de Jason.

Que había muerto de un infarto. Basura. Perry sabía la verdad.

A Jason lo había matado Lucerta. Lo había matado por acercarse demasiado y ahora intentaba encubrirlo, controlando los medios de comunicación como solía hacer.

Tenía diecinueve años la primera vez que la vio.

Estaba de vacaciones haciendo senderismo en los Cairngorms, un viaje planeado con un amigo de la universidad que se había echado atrás en el último momento, dejando a Perry solo con una tienda de campaña, comida para una semana y nada en particular que hacer salvo caminar.

Al tercer día de viaje, el tiempo cambió durante una caminata, y se había refugiado bajo un saliente poco profundo en la pared de roca, esperando a que escampara.

Fue allí donde la vio. Un atisbo. Una fracción de segundo, quizá menos. Justo en el borde del saliente, donde la roca se encontraba con la lluvia. Pero la vio de todos modos: sus escamas, su figura, su cola, sus garras, su hocico, sus ojos.

Y entonces, sin más, desapareció.

Se había pasado el resto de su vida leyendo sobre ella, investigando, difundiendo la verdad.

Peor aún, se había pasado el resto de su vida intentando encontrarla .

Toda una vida intentando encontrar a alguien, a algo que mucha gente no creía que existiera.

Sacrificando todo en sus empeños: amor, amistades, relaciones de cualquier tipo.

Pero no le importaba, no lamentaba su pérdida.

No le creían; sus cerebros y sus mentes habían sido consumidos por Lucerta, que los había convencido para que desconfiaran de él.

Lo que sí tenía, sin embargo, era una red.

Una red de creyentes afines. Dispersos, anónimos en la mayoría de los casos, repartidos por husos horarios y continentes y por todos los grupos demográficos imaginables.

Gente que había visto lo que Perry había visto, gente que había avistado a Lucerta, gente que se había desenganchado de la corriente dominante y había despertado a la verdad.

Su verdad.

Pero ninguno de ellos, nadie con quien hubiera hablado sobre ella, la había visto dos veces. Hasta que Jason Wong apareció y pagó el último sacrificio por ello. Y más gente necesitaba saber la verdad, ver el mundo y a Lucerta y al grupo que controlaba el mundo como lo que eran.

Eso requería algo más grande. Algo más grande que un evento de Facebook que moriría rápidamente, flor de un día.

Perry llevaba mucho tiempo pensando en algo más grande.

Algo que se viera. Algo que viviera para siempre en la memoria de la gente, en su psique, algo que conmocionara al mundo y lo hiciera despertar.

La gente iba a entender lo que era Lucerta.

La gente le preguntaría a sus amigos, familiares, conocidos, qué estaban haciendo el día en que Perry Peabody cambió el mundo.