Capítulo 26
C orro, esprinto. Pero no es como las otras veces. No llevo el uniforme del colegio. No salgo del colegio. No cruzo la carretera. No me aparto de un salto para esquivar coches. Esta vez esprinto por el bosque, abriéndome paso entre árboles y ramas, con las hojas azotándome la cara.
Soy un adulto. Mi yo actual. El Tomek adulto. Pero estoy tan asustado como el día que descubrí a Michał. No sé si es porque el entorno me resulta extraño o porque estoy muy lejos de Michał. No estoy seguro.
Pero corro, y sigo corriendo.
Hace una temperatura agradable, templada.
Se nota que ha sido un día soleado, pero ahora mismo está todo oscuro como boca de lobo, y solo veo a un par de metros por delante de mí.
Corro, esprinto. El aire se llena del sonido de mi respiración agitada y de mis pisadas retumbando en el suelo, tan fuerte que no oigo nada más.
¿Adónde voy? No lo sé. ¿En qué dirección?
Recto. Hacia delante. Sin desviarme. Tan rápido y tan lejos como me lleven las piernas.
No paro. No puedo. Mis piernas siguen impulsándome hacia delante, obligándome a avanzar por la maleza; las ramas se me enganchan en los brazos, me arañan la cara, pero apenas noto el escozor mientras el aire entra y sale de mi pecho con violencia.
Algo va mal. No conozco este bosque. No del todo.
Lo siento en mi forma de correr, en la vacilación antes de cada zancada, en la incertidumbre de lo que vendrá después.
No me resulta familiar. No es seguro. Pero sigo adelante, porque algo viene detrás de mí.
No lo veo, no con claridad, pero lo siento: una presión en la espalda, algo que me sigue la pista, que iguala mi ritmo, que se acerca.
Me arriesgo a echar un vistazo por encima del hombro y no veo más que oscuridad y árboles.
Pero, al volver la vista al frente, hay movimiento más adelante.
Abajo. Rápido. Un destello verde que se desliza entre los troncos.
Freno, solo una fracción de segundo, mientras mi cerebro intenta procesar lo que mis ojos ya han visto.
Ahí está otra vez, más nítido ahora, moviéndose con una suavidad extraña y antinatural, con su cuerpo retorciéndose mientras se desplaza por el suelo.
Un lagarto. Siento un vuelco en el estómago al instante.
Gira la cabeza y, por una fracción de segundo, le veo los ojos. Observándome.
Retrocedo con un traspié, casi perdiendo el equilibrio, y luego me doy la vuelta y corro en dirección contraria, abriéndome paso a ciegas entre los árboles, sin importarme ya adónde voy, con tal de alejarme de esa cosa.
El corazón me martillea en las costillas, me arden los pulmones, las piernas amenazan con fallarme, pero sigo adelante, obligándome a avanzar, mirando por encima del hombro cada pocas zancadas, esperando verlo ahí, ganándome terreno.
Cada vez descubro que no hay nada, y cada vez es peor, porque ahora no sé dónde está, solo que sigue ahí, en alguna parte, siguiéndome.
Entonces los árboles empiezan a clarear, y tropiezo al salir a un claro y me quedo clavado, con el cuerpo paralizado como si algo me hubiera sujetado físicamente. El pozo de Cash se erige ante mí, sólido e inmóvil. Y ahora me doy cuenta de dónde estoy, y de para qué estoy allí.
Porque no estoy solo.
Michał es el que está más cerca, a solo unos metros del borde del pozo; lleva su uniforme del colegio tal y como lo recuerdo, cubierto de sangre.
Su cara está mal, aplastada, rota, con el daño del ladrillo todavía presente, congelado en el tiempo; la piel, desgarrada y oscura; sus rasgos, apenas reconocibles.
Me mira fijamente, con un ojo abierto, fijo, sin parpadear, como si hubiera estado esperando.
Detrás de él, mi madre está de pie con las manos apretadas contra el vientre, la sangre filtrándose entre sus dedos, empapando su ropa, goteando lentamente hasta el suelo.
Su rostro está pálido, demacrado, pero sus ojos están fijos en los míos.
A un lado, Nathan Burrows permanece perfectamente quieto, intacto, exactamente igual que aquella noche, antes de que el tren se lo llevara cientos de metros por la vía y lo aplastara.
Y luego está Jason Wong, de pie en el mismo borde del pozo, con la piel pálida y los ojos abiertos y vacíos mientras me devuelve la mirada.
Ninguno se mueve. Ninguno habla. Se limitan a quedarse ahí, en silencio, observando.
Y entonces todo termina, y me despierto.