El Espíritu de la Muerte (Detective Sargento Tomek Bowen 11) Capítulo 23
43%

Capítulo 23

P oco más de una hora después, Tomek estaba en su escritorio, tan repantigado en la silla que se encontraba casi en horizontal.

No era de extrañar que sufriera brotes repentinos y esporádicos de lumbago, pero era demasiado vago para hacer algo al respecto.

Además, albergaba la esperanza de que, si conseguía bajar lo suficiente como para quedar por debajo del borde del escritorio, quizá se volvería invisible.

Deseó que así fuera en el momento en que Rachel entró por las puertas del despacho.

En el instante en que la vio, supo exactamente adónde se dirigía: directa hacia él.

Llevaba una serie de documentos impresos que acababa de recoger de la impresora de la otra sala.

La de su despacho estaba estropeada y a la espera de que viniera un técnico.

A pesar de vivir en la era digital, parte de su equipo seguía firmemente anclado en la Edad de Hierro.

Tomek miró rápidamente su escritorio, fingiendo no verla. Pero fue inútil. Se detuvo a su lado y le habló.

La ignoró en broma.

—¿Tomek? ¿Tomek? ¿Es que llevas auriculares...? —Le pasó la mano por delante de la cara.

Dio un respingo y levantó la vista hacia ella. —Perdona, no te había visto. Podrías haber dicho algo.

—Te he llamado por tu nombre unas tres veces.

Se enderezó en el asiento. —Ahora que lo pienso, me ha parecido oír un ruido.

Ella resopló y acercó una silla. —Serás capullo.

—Sargento —la corrigió, apoyando un codo en el escritorio y preguntándose qué tendría para él—. Serás capullo, sargento .

Rachel negó con la cabeza. —No sé cómo conservas el trabajo.

—Por mi maravillosa personalidad y mi atractivo.

—Claro. —Cruzó una pierna sobre la otra—. Bueno, que lo sepas, ahora que eres el SIO y que sé que no te gusta que te interrumpan, voy a hacerlo más a menudo.

Tomek la miró.

—Por tu propio bien —añadió ella.

Él puso los ojos en blanco e hizo un gesto hacia los papeles impresos. —Venga. ¿Qué tienes?

La expresión de Rachel cambió y se centró en la tarea que tenían entre manos.

—No he podido encontrar a Peabody. Fui a su casa y nada.

Hablé con su vecina, que me ha dicho que tiene una autocaravana que suele estar en la entrada de la casa, pero que no la había visto en los últimos días.

Dice que él siempre está entrando y saliendo con ella a horas intempestivas.

—A lo mejor tiene montada una especie de mazmorra sexual ahí dentro —comentó él—. Aunque no creo que la suspensión de esas autocaravanas sea tan buena.

Ignorando el comentario, ella continuó: —La vecina creía tener parte de la matrícula, así que la he comprobado, pero no había nada a su nombre en la DVLA. Con la marca y el modelo que me ha dado, he podido acotar la búsqueda, pero no hay nada registrado a su nombre ni a su dirección.

—¿O sea que no existe?

—Por lo que he podido averiguar, no.

Tomek miró la hoja. —Eso suena como algo que debería preocuparnos.

—No me digas... —Sacó la siguiente hoja—.

Lo que lo hace aún más preocupante es que he estado revisando sus correos electrónicos a Jason y, con la ayuda de la unidad de análisis forense digital, hemos encontrado algunas publicaciones en redes sociales hechas desde una cuenta registrada con su dirección de correo electrónico.

—¿Y?

—Pues hablando más o menos de lo mismo que en los correos.

—Claro.

—Concretamente, sobre lagartos que controlan las comunicaciones por internet, las redes telefónicas, las noticias. —Hizo una pausa—. Y sobre que todos tenemos que dejar de usarlas, desconectarnos de la mátrix y sublevarnos.

—¿Sublevarnos? ¿En plan Terminator 2 ?

—Según Perry, sí.

Tomek echó un vistazo al móvil, lo tocó y miró la cobertura en la esquina superior derecha. Solo tenía una raya. —A lo mejor eso explica por qué la cobertura en este sitio es una mierda. Me están sangrando cincuenta pavos todos los meses por un servicio de mierda que ni siquiera puedo usar.

—A lo mejor simplemente han visto tu nombre y solo se han metido con tu dispositivo.

—Eso explicaría muchas cosas.

—Bueno —dijo Rachel—. A partir de cierto momento, las publicaciones de esta cuenta de Facebook simplemente se detienen. Sencillamente…, desaparece de internet por completo.

—¿Porque cree que lo vigilan o que van a ir a por él?

—Eso supongo. Si de verdad crees que tus comunicaciones están siendo interceptadas por una red de reptiles con respaldo gubernamental, dejas de usar las comunicaciones.

Tomek volvió a mirar la hoja impresa. —No si no tienes nada que ocultar. Parece que vamos a tener que hablar con él. ¿Necesitas ayuda para traerlo?

—No, estoy⁠⁠—

—Porque puedo asignarte a alguien. Oscar tiene un hueco esta tarde y⁠⁠—

—Estoy bien —dijo ella con rotundidad—. Lo encontraré.

—De acuerdo. —Dio un golpecito en la hoja—. Pero si creo que necesitas un par de manos extra, las vas a tener te guste o no.

—Si prometo no molestarte, ¿cambiaría algo?

Tomek negó con la cabeza, sonriendo con aire de suficiencia. —Me temo que el daño ya está hecho en ese aspecto. Y ahora que sé que no quieres ayuda, eso va a hacer que quiera dártela todavía más.

Mientras recogía sus notas, con el leve esbozo de una sonrisa en los labios, ella dijo:

—Capullo.

—Capullo, sargento —la corrigió él.

Justo cuando Rachel terminaba de recoger las hojas, Anna apareció detrás de ella. Tomek se enderezó y fingió estar ocupado.

—Antes de que digas nada —dijo él—, estaba trabajando.

—¿Qué? —preguntó Anna, confundida.

—Nada. Supongo que has venido a preguntarme o a enseñarme algo.

—Sí, sargento.

Tomek se volvió hacia Rachel. —¿Ves? Anna al menos se acuerda de llamarme por mi rango.

Rachel puso los ojos en blanco y empezó a alejarse. —No dejes que se le suba a la cabeza, Anna. Nos hará la vida imposible a todos.

Anna vio cómo se marchaba Rachel y luego se giró de nuevo hacia Tomek.

—Siento molestarte —dijo.

—No me molestas. Rachel me estaba molestando. Tú eres una grata interrupción. —Señaló la silla vacía—. Siéntate, por favor. Bienvenida a mi despacho, donde las esperanzas y los sueños de todo el mundo se escuchan y se ignoran. Ahora, ¿qué puedo hacer por ti?

Anna se sentó y se ajustó el cuaderno sobre la rodilla.

—Es sobre la señora Wong.

El tono de Tomek cambió, de forma casi imperceptible.

—Adelante.

—He vuelto a hablar con ella esta mañana.

Solo para ver cómo estaba, a ver si había recordado algo más, si necesitaba cualquier cosa.

—Anna hizo una pausa por un momento—. No paraba de decir que lo sentía.

No una vez. Una y otra vez. Lo siento, es culpa mía, todo es culpa mía.

Cada vez que intentaba desviar la conversación, volvía a lo mismo.

Tomek asintió comprensivamente. —Suena a que es el duelo —dijo—.

Ha perdido a su hijo. Probablemente se esté culpando a sí misma porque le dejó salir esa noche sin oponerse con más firmeza, o porque dijo algo de lo que se arrepiente, o no dijo algo que desearía haber dicho.

No tiene por qué significar nada más que eso.

—Al principio pensé lo mismo. Pero ha sido por la forma en que lo ha dicho. —Lo miró fijamente—. Puede que no sea nada. Pero he pensado que deberías saberlo.

Tomek le sostuvo la mirada un instante. Dio un golpecito con el bolígrafo en el escritorio.

—No le quites ojo —dijo—. Si tiene algo que quiera decir, quizá lo único que necesita es tiempo… o un empujoncito.

—Entendido, sargento —dijo ella—. Si algo cambia, o si me doy cuenta de cualquier otra cosa, serás el primero en saberlo.