El Espíritu de la Muerte (Detective Sargento Tomek Bowen 11) Capítulo 22
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Capítulo 22

JUEVES

A la mañana siguiente, Tomek se sintió intranquilo al entrar en el edificio, al cruzar las puertas de la sede de The Southend Echo en Basildon y sentir la ráfaga de aire frío en la cabeza y la espalda al pasar por debajo del aparato de aire acondicionado.

Aquel había sido el dominio de Abigail, su negocio, su segundo hogar.

El lugar en el que habían mantenido varias reuniones, en el que habían pasado horas discutiendo, riñendo y, en un momento dado, incluso coqueteando.

No había vuelto desde su detención, y se le hacía extraño estar allí, haciendo lo mismo, pero con otra mujer.

Tomek atravesó la entrada del edificio como había hecho tantas otras veces y se dirigió a la planta que albergaba a todo el equipo.

Dentro, más de una docena de periodistas, la mayoría de entre veinte y treinta y pocos años, estaban encorvados sobre los ordenadores, tecleando con atención, absortos en los mundos sobre los que informaban.

Al fondo, la puerta del despacho de Lauren estaba abierta.

Tomek se acercó, llamó y se asomó. Lauren, que estaba respondiendo un correo electrónico, se detuvo y se bajó las gafas. No sabía si era por la iluminación o si su mente le estaba jugando una mala pasada, pero en aquel instante se parecía asombrosamente a Abigail.

—Sargento —dijo ella, dejando las gafas sobre la mesa y levantándose de la silla—. No te esperaba.

Tomek no dijo nada, perdido en sus pensamientos. No fue hasta que ella salió de detrás del escritorio y se plantó ante él, con la mano extendida, cuando volvió a la realidad. Bajó la vista y se la estrechó.

—Perdona, estaba en Babia —se disculpó, acercándose al escritorio como si fuera su propio despacho—.

Tengo muchas cosas en la cabeza. —Retiró una silla y se sentó.

Mientras Lauren regresaba a su escritorio, Tomek sacó el periódico que había cogido esa mañana.

En él había un titular similar al que había leído el día anterior, pero esta vez el artículo hacía referencia directa a las creencias de Jason Wong y a Lucerta.

—Veo que has estado ocupada —dijo, colocando el periódico delante de ellos.

Lauren no dijo nada; se dejó caer en su asiento y examinó el artículo.

—¿No habíamos quedado en que no compartiríamos demasiados detalles sobre el incidente? —cuestionó él.

La expresión de Lauren se endureció. Tomek sintió al instante que estaba fingiendo, adoptando una expresión más valiente y severa de la que solía mostrar. O eso esperaba.

—Por desgracia, tengo que vender periódicos y generar ingresos por publicidad —dijo sin asomo de disculpa.

—También tienes el deber de asegurarte de no obstaculizar nuestra investigación.

—¿Y lo he hecho?

Tomek hizo una pausa antes de responder.

La respuesta corta era que no, no lo había hecho.

Al menos, no todavía. Pero aún había tiempo.

Y todavía existía la posibilidad de que algo saliera mal.

Una información podría filtrarse a la persona equivocada.

Un dato vital que solo el asesino conocía.

Tomek no podía permitírselo. Tampoco podía permitirse que Lauren supiera la verdad.

—Esta es una situación muy compleja y volátil —explicó—.

Estamos lidiando con muchas piezas móviles, muchas vías y líneas de investigación distintas.

Y agradecería algo de discreción. Eso era.

Soltarle la respuesta de manual, politizada, suficiente para someterla y confundirla.

—Y lo que es más importante, nos enfrentamos a algo que no he visto nunca.

Estos teóricos de la conspiración tienen el potencial de causar estragos en nuestra investigación, y no quiero que interfieran.

—¿Cómo? —espetó ella.

—¿Perdona?

—¿Cómo podrían interferir? ¿Qué van a hacer?

¿Venir a convencerte de que los extraterrestres son reales y de que el 11-S fue un trabajo interno?

No veo de qué manera señalar que la víctima era un destacado cazafantasmas y creyente en unos hombres lagarto va a perjudicar tu investigación.

No afecta a quién estaba allí ni por qué. No cambia quién mató a Jason Wong.

—Sí que lo hace si un millón de personas creen que lo mató un lagarto y deciden inundar las calles por esa creencia.

Ella bufó. —¿Crees que miles de personas van a venir en masa a Essex en busca de esa criatura mítica?

Tomek hizo una pausa. La cosa no iba como él esperaba. Había entrado allí con la intención de imponer su autoridad, zanjar el asunto y eliminar una preocupación. En cambio, ella le estaba plantando cara, demostrando que sus plumas no eran las únicas grandes y coloridas de la sala.

—Ten cuidado con lo que deseas, Lauren —dijo, bajando el tono—. Llevo en esto el tiempo suficiente para saber que pueden pasar, y pasarán, cosas raras.

—No tienes que explicarme nada con condescendencia —replicó ella.

Él se irritó ante aquello, irguiéndose en la silla.

—Si hicieras lo que acordamos, quizá no tendría que hacerlo.

Mi equipo te dio el comunicado de prensa, pero elegiste no publicarlo.

Se levantó de la silla, dando por terminada la conversación.

—No es así como quería empezar esto… pero no me gusta que aceptes una cosa y hagas otra.

No dice nada bueno de ti. Sé que eres nueva en esto y sé que quieres hacerte un nombre y cambiar la reputación que Abigail dejó a su paso, pero enemistarte con la gente desde el principio probablemente no sea la forma de hacerlo.

Porque, al fin y al cabo, tú me necesitas más que yo a ti, así que ten cuidado con los puentes que quemas antes siquiera de haber empezado.