Capítulo 19
S ean no recordaba la última vez que había cogido un tren.
¿Años? ¿Décadas? Por el trabajo, iba en coche a todas partes: a la comisaría, a las escenas del crimen, a interrogar a testigos y sospechosos.
Nunca había necesitado poner un pie en uno, nunca había querido volver a experimentar su ajetreo y su falta de limpieza.
La idea de estamparle la cara a uno de aquellos tipos contra el cojín del asiento le dibujó una sonrisa en el rostro mientras las puertas del tren se abrían con un sonoro y robótico «bing».
Bajó al andén en la estación de Benfleet, miró a izquierda y derecha, buscando qué dirección tomar, y luego siguió el flujo de gente hacia las escaleras que llevaban a la planta baja.
Desde allí, llegó a los tornos. Tras esperar a que pasaran otros, metió el billete en la máquina.
Se quedó de pie, con la mano suspendida, esperando que reapareciera por la parte superior.
No lo hizo. Entonces las puertas se abrieron y él pasó.
Era todo muy nuevo para él. Se sentía perdido, como un recién nacido que aprende a andar, descubriendo el mundo por primera vez.
Justo delante de él había dos máquinas de autoventa de billetes. A su derecha estaba lo que buscaba, lo que le había hecho venir desde Southend Central.
La taquilla.
Tras descubrir que el hombre al que iba a ver se ganaba la vida vendiendo billetes de tren, Sean pensó que lo correcto era coger el transporte público para reunirse con él, para ayudarle a conservar el trabajo y todo eso.
Se acercó a la ventanilla de cristal y apoyó las manos en el mostrador.
El hombre que estaba detrás del panel vestía un uniforme de c2c —una camisa blanca con el logo bordado en el pecho, y unos pantalones que no se veían tras el mostrador— y parecía aburrido.
Sean se dio cuenta entonces de que el hombre estaba con el móvil antes de que él se acercara.
—Buenas, colega. ¿Qué necesitas?
—¿Peter Lyons?
Peter frunció el ceño con inmediata preocupación. Miró a Sean con recelo, preguntándose de qué lo conocía. —¿Te conozco?
—Que yo sepa, no. —Sean sacó su placa y la apretó contra el cristal de la ventanilla—. ¿Le importaría que pasara a hacerle unas preguntas sobre Jason Wong?
En cuanto Peter oyó el nombre de Jason, su semblante cambió.
Se apartó de la mesa con brusquedad, como si intentara escapar.
—¿Y para qué quiere hablar conmigo de eso?
Yo no tuve nada que ver con lo que le pasó.
—Hablaba con un cerrado acento de Essex, y le costaba pronunciar las palabras con claridad.
A Sean le costaba oírlo por encima de los anuncios por megafonía del vestíbulo.
—Solo quiero hacerle unas cuantas preguntas sobre él, eso es todo. —Sean levantó las manos, indicando que venía en son de paz.
Peter pareció creérselo. Se levantó de la silla, echó un vistazo a la oficina que tenía detrás y luego le indicó a Sean que fuera por el lateral de la taquilla, donde Peter lo recibió.
El interior de la oficina estaba lleno de una fila de terminales de ordenador a un lado y de tablones de anuncios al otro.
Peter volvió a su escritorio y sacó la silla. —Ahora mismo estoy solo en el turno, así que no puedo irme de aquí.
—Menos mal que he venido cuando está tranquilo. Me apuesto a que esto se pone frenético en hora punta.
—No me hables. La gente sabe que se va a llenar, pero aun así lo deja para el último minuto para hacer cola y coger el billete. Y luego se me ponen imbéciles a mí cuando pierden el tren. —Se dio un golpecito en el pecho—. No es mi puta culpa que la gente no sepa organizarse mejor el tiempo.
Otro motivo por el que Sean se alegraba de no tener que coger el tren para ir a trabajar por la mañana. No creía que pudiera tolerar ese estrés. Acercó una silla y se sentó junto a Peter, oculto a la vista por las persianas de las ventanillas cerradas de la taquilla.
—¿Cuánto tiempo lleva en este trabajo? —preguntó Sean.
—Unos dieciocho meses. Algo así.
—¿Le gusta?
Peter se encogió de hombros con la reserva de un hombre que, desde luego, no lo disfrutaba.
—¿Porque lo suyo es la caza de fantasmas?
—Sí.
—¿Cuánto tiempo lleva dedicándose a eso?
—Desde que era crío, siempre me han fascinado los fantasmas y los espíritus. De pequeño vi todas las películas de terror y no me asustaba ninguna. Mis colegas y yo incluso nos agenciamos una ouija de coña cuando teníamos quince años. Todos se cagaron vivos, pero a mí me encantó.
Un fogonazo de aquella noche en el bosque, buscando el cuerpo de Jason Wong, apareció en la mente de Sean.
Aún podía sentir la tierra seca, la oscuridad que lo rodeaba, a Miguel caminando demasiado pegado a él, con el corazón en un puño y el pulso martilleándole en los oídos.
Sabía exactamente cómo se habían sentido los amigos de Peter.
Y, lo que era más importante, sabía exactamente lo que Tomek aún tenía por sentir.
Parpadeó para volver a la realidad de la sala. —Hábleme de su negocio —dijo.
Peter se encogió de hombros y se echó hacia atrás en la silla con la seguridad de un hombre al que le han preguntado por su tema favorito.
—En realidad, es más bien un trabajillo extra.
Pero supongo que tengo que empezar a verlo como un negocio si quiero tomármelo en serio y hacerlo crecer hasta que sea lo bastante grande como para dejar este sitio.
Lo empecé hace unos dos años. Yo solo, por mi cuenta.
Organizo rutas de fantasmas por la provincia y ahora ya tenemos unos doce clientes fijos, un par de ellos son colegas míos, de los que no les importa ese tipo de cosas, y salimos por ahí, a buscar fantasmas, a ver qué encontramos e intentamos documentarlo.
—¿Jason formaba parte de eso?
—No. —La respuesta fue rápida y cortante—. Jason no participó nunca en nada de lo que yo hacía.
—¿Pero lo conocía?
—Sí, lo conocía. Todo el mundo en el mundillo lo conocía. Eso no significa que nos lleváramos bien.
Una figura apareció a su lado, de pie detrás del cristal, con una camisa elegante y el botón superior desabrochado.
Parecía tener prisa, a juzgar por la expresión de asco en su rostro por haber tenido que esperar una fracción de segundo antes de que alguno de los dos se percatara de su presencia.
Peter resopló y se deslizó con la silla hasta el mostrador.
El hombre pidió un billete para West Ham y, con una expresión idéntica a la suya, Peter se lo dio.
Cuando regresó a la silla, la interacción le había agriado la voz.
—¿Por dónde iba? —dijo Peter.
—Usted y Jason no se llevaban bien.
—Cierto. —Hizo rodar los hombros—. Mira, no voy a sentarme aquí a fingir que el tipo me caía bien. No me caía bien. A ninguno de nosotros, en realidad . Pero siento que esté muerto, ¿vale? Para que quede claro. No se lo desearía a nadie.
—¿Por qué no se llevaban bien?
Peter soltó una risa corta y sin humor. —Porque era un puto gilipollas.
Con perdón de la expresión. Pero lo era.
Toda esa mierda de los hombres lagarto...
, perdón, ese rollo..., perdona, no paro de soltar tacos, es la taquilla, que te quema.
Todo ese rollo de los hombres lagarto. No es real.
No es algo que exista. No hay ningún hombre lagarto viviendo en Langdon Hills.
No hay hombres lagarto gobernando el país.
Son chorradas. Y él estaba ahí, una semana sí y otra también, en su TikTok, en sus directos, soltando la chapa sobre el tema.
Sean no dijo nada.
—Y lo peor de todo —continuó Peter—, lo peor de todo, ¿sabes qué es?
, es que todo el mundo nos mete en el mismo saco.
Le dices a alguien que eres un cazafantasmas y te miran como si estuvieras loco.
Ya lo hacen de por sí. Y encima tienes a tipos como Jason por ahí haciendo que sea diez veces peor.
La gente lo ve a él y piensa que todos somos iguales.
Creen que todos creemos en lagartos y extraterrestres y en que la reina era un reptil, que en paz descanse.
Pues no. Nunca lo hemos creído. Y él nos complicaba la vida.
Me complicaba la vida a mí. La cantidad de troles que me atacaban en los comentarios de mis publicaciones era una locura.
—¿Dónde estaba la noche que murió Jason?
Si a Peter le ofendió la pregunta y la insinuación que conllevaba, no lo demostró. —Trabajando.
—¿Aquí?
—Sí. El turno de tarde. Estuve aquí hasta las siete. Puede comprobarlo, está todo registrado.
—¿Y después de las siete?
—Me fui a casa.
—¿Solo?
—Sí, solo. Vivo solo, ¿no? —Hizo un vago gesto hacia sí mismo, como si sus circunstancias personales fueran evidentes—. Llegué sobre las siete y media, ocho menos veinte. Cené algo. Y luego me senté a trabajar un poco en el negocio.
—¿Qué tipo de trabajo?
—Las redes, sobre todo. Publiqué algunas cosas, programé otras para la semana.
Es todo lo que tengo por el momento porque es gratis, y no tengo pasta para hacer anuncios de pago ni nada de eso, especialmente trabajando aquí.
Así que tengo que intentar aumentar la interacción, conseguir unas cuantas reservas más antes de otoño.
El otoño es mi temporada alta. Y estaba preparando un plan para nuestra próxima investigación: fecha, lugar, lista de equipo, ese tipo de cosas.
Probablemente trabajé hasta medianoche, quizá más tarde.
—¿Alguien puede confirmar algo de eso?
Peter puso una mueca. —¿Confirmar que estaba sentado solo en mi piso publicando en Facebook? No. La verdad es que no. —Hizo una pausa—. Pero las publicaciones tendrán la marca de tiempo. Y el documento de planificación está guardado en la nube, una cosa de Google Drive, que también tendrá la hora.
—Necesitaré acceso a eso.
—Sí, claro. Lo que necesites.