El Espíritu de la Muerte (Detective Sargento Tomek Bowen 11) Capítulo 18
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Capítulo 18

E n todos sus años de experiencia, Tomek había aprendido a no tomarse la palabra de Nick al pie de la letra.

A pesar de su relación, y por mucho que adorase a aquel hombre, Nick ya le había fallado y le había dejado en la estacada en el pasado.

El puesto de SIO seguiría siendo suyo cuando Victoria regresara, le había confirmado Nick.

Pero ya le habían puesto la miel en los labios con el cargo de SIO antes, y le habían dejado probar su dulce y nutritiva exquisitez, para luego arrebatárselo en cuanto las cosas se habían puesto difíciles.

Tomek reunió al equipo en la sala de operaciones unos minutos después de la reunión con Nick, convocándolos con una palmada y un comportamiento demasiado entusiasta.

Había borrado de su mente cualquier pensamiento sobre Charlie y su padre.

Necesitaba demostrar su valía. Necesitaba lograr avances serios en la investigación antes de que ocurriera lo inevitable.

El equipo entró en tropel por la puerta y se dirigió a la mesa con la expresión resignada de quienes estaban muy descontentos por verse obligados a abandonar sus tareas sin previo aviso.

Como si ir a una reunión no fuera suficiente, que fuera una imprevista en mitad del día era casi como declararles la guerra.

Tomek lo entendía. Él había estado ahí, se había sentido igual, conocía perfectamente esa sensación.

—Bueno —dijo, para arrancar—. ¿En qué punto estamos? Señor Pepper, ¿por qué no empiezas tú?

Chey, siempre dispuesto a acudir a cualquier llamada, se inclinó de inmediato en su silla y abrió el portátil que tenía delante.

—Análisis Forense Digital nos ha enviado las imágenes mejoradas de la retransmisión en directo.

—Hizo clic con el ratón y la imagen apareció en la pantalla principal: el mismo fotograma congelado que todos habían visto el día anterior, la misma silueta verdosa.

Solo que ahora era más nítida. La mejora había perfilado los bordes y corregido la exposición.

Y lo que quedaba, innegablemente, en el borde izquierdo de la imagen, era la silueta de una figura verde, cubierta de escamas e iluminada por la linterna de Jason Wong.

—A ver, no soy ningún experto en lagartos, pero a mí me parece un lagarto gigante —dijo Chey.

—Ese no es el puto Doctor Connors de Spider-Man —saltó Tomek.

Podía aceptar muchas cosas. Pero no podía aceptar que un lagarto matara a un hombre adulto.

También se dio cuenta de que no podía aceptar que el hombre, de hecho, hubiera muerto de un infarto espontáneo, un desafortunado giro del destino que fulminó a Jason Wong en medio de la nada, en mitad de la noche—.

Tiene que haber otra explicación. A ver, ¿qué más tienes? ¿Oscar?

Oscar se enderezó en la silla y se pasó una mano por su espesa barba hispana. —La policía científica terminó de procesar la escena del crimen ayer. Todo lo recogido se ha enviado a analizar. Se estima que los resultados llegarán la semana que viene, o puede que más tarde.

—¿Algo sobre Terry Nolan? —preguntó Tomek.

—Encontramos sus huellas y de todo en la tienda de campaña, pero es comprensible, porque estaba dentro cuando lo encontramos —explicó Oscar, con su ligero acento—. Pero eso no quiere decir que no estuviera allí en el momento de la muerte de Jason, solo que no hay pruebas que lo demuestren.

Tomek asintió lentamente, asimilando la información, y luego se volvió hacia Martin. —¿Algo por tu parte? ¿Qué sabemos de los movimientos de Wong el día de su muerte?

Martin tenía su cuaderno abierto y preparado.

Se sentó perfectamente quieto, muy erguido, con los hombros rectos, y habló en voz baja.

—Anna y yo volvimos a hablar con la familia ayer.

Entre eso y lo que hemos sacado de su portátil y su teléfono, tenemos una imagen bastante completa de su día.

—Consultó sus notas—. Jason Wong se despertó poco después del mediodía.

Se duchó, comió… Su madre confirmó que bajó a por algo a la cocina.

Luego desapareció en su habitación y se quedó allí la mayor parte de la tarde.

Jugando a videojuegos, sobre todo, y navegando por internet, lo cual no era raro.

No había nada significativo en su historial de búsqueda.

Un par de cosas sobre el pozo, lo que es de esperar dado dónde acabó, y búsquedas generales.

Publicó un TikTok a primera hora de la tarde, avisando de que iba a ir al pozo esa noche; básicamente, un aviso para sus seguidores.

Luego, a las seis, bajó a ayudar en el restaurante de comida para llevar.

Según su madre, costó un poco convencerlo, pero al final le echó una mano.

—¿Y luego? —dijo Tomek.

—Terminó a las nueve. Antes de lo previsto. Se fue sin decir gran cosa ni adónde iba. —Martin miró a Anna.

—Su hermana intentó hablar con él —explicó Anna, tomando el relevo con fluidez—.

Unos diez minutos después de que subiera a su dormitorio.

Hablé con ella ayer y fue muy colaboradora.

—Hizo una pausa, eligiendo sus palabras—.

Básicamente, la madre llamó a la hermana justo después de que Jason se fuera; estaba bastante disgustada, dijo que la había dejado con menos personal, tirada, con el restaurante todavía abierto.

Así que la hermana llamó a Jason para echarle la bronca. Según sus propias palabras.

—¿Qué dijo él? —preguntó Tomek.

—No mucho, por lo visto. No se disculpó, lo que a ella le molestó. Solo dijo que ya se lo compensaría a su madre y colgó bastante rápido. Fue la última vez que habló con él.

La sala se quedó en silencio un momento. Tomek asintió. —Continúa —le dijo a Martin.

Martin volvió a mirar sus notas. —En el vídeo anterior, preparó una bolsa.

A juzgar por lo que se encontró en el lugar de los hechos —la linterna, los accesorios del móvil, una cámara en su bolsa—, se había preparado para ello.

Luego, poco después de la llamada con Mei, cogió el coche y fue hasta el parque natural.

El ANPR lo detectó cerca del hospital de Basildon y, unos dos minutos después, lo captó una cámara de CCTV más adelante.

Después de eso, nada. Llegó al parque sobre las veintitrés quince, basándonos en cuándo empezó la retransmisión en directo, y, bueno, ya sabemos el resto.

Tomek se apoyó en la pizarra blanca que tenía detrás, con los brazos cruzados. —¿Y qué hay de otros vehículos por la zona? ¿El CCTV o el ANPR captaron algo entrando más o menos a la misma hora?

Martin negó con la cabeza. —Nada en el ANPR.

—¿Y el CCTV de los alrededores del parque?

—No hay —respondió Chey—. Las cámaras más cercanas están en dirección al centro. Ese tramo de carretera que entra en el parque es un punto ciego.

—¿La localización por antena? —dijo Tomek—. ¿Algún teléfono conectándose a los repetidores de la zona a esa hora?

Chey puso una mueca. —Hemos extraído los datos, pero son un caos.

El parque está justo al lado de la A13 e, incluso a esa hora de la noche, la carretera seguía generando una cantidad considerable de tráfico.

Tenemos cientos de dispositivos conectándose a los repetidores pertinentes entre las diez de la noche y la una de la madrugada. Revisarlo todo va a llevar tiempo.

—Terry Nolan —dijo Tomek—. Su teléfono. ¿Aparece?

—Todavía no —respondió Chey—. Pero eso no significa que no estuviera allí. Podría haber apagado el móvil, quizá.

—Seguid buscando —ordenó Tomek—. Que sea una prioridad. —Se irguió, tras ocurrírsele una idea—. La escena del crimen… reabridla. Ya no nos sirve de nada. Hemos sacado todo lo que podíamos sacar de ella.

—A los cazafantasmas les va a encantar —dijo Oscar, desde algún lugar detrás de su taza de café.

—Que se la queden —dijo Tomek—. Aileen, la de los Paranormalistas de Essex, tiene un recorrido estrella que hacer, y prefiero que esté dentro de esa estructura apuntando a cosas con un medidor de campos electromagnéticos a que esté fuera de este edificio hablando con Lauren Marsh.

—Miró a los que estaban sentados a la mesa—. ¿Algo más?

Rachel se inclinó hacia delante. Había estado callada durante la mayor parte de la reunión, lo que, en su caso, solía significar que se estaba guardando algo.

—Mientras Martin rastreaba los movimientos de Jason, yo me he puesto a mirar las redes sociales de Jason —dijo—.

Todas: TikTok, Instagram, Facebook, YouTube.

Comentarios, mensajes directos, todo. Y hay un nombre que no deja de aparecer.

—Giró su portátil hacia los demás, mostrando la página de un perfil.

El nombre de usuario era solo una sarta de letras y números; la foto de perfil, una imagen borrosa de un bosque—.

Esta persona no había comentado mucho, solo alguna cosa suelta por aquí y por allá, pero le ha estado enviando un número considerable de correos electrónicos.

—Hizo clic, y una cadena de correos apareció en la pantalla.

Tomek se inclinó ligeramente hacia delante—.

Provienen de la misma sarta de letras y números, y se remontan a hace unos seis meses —continuó Rachel—.

Más o menos cuando Jason descubrió a Lucerta.

Por lo que parece, este tipo afirma que la vio en los setenta y que ha estado intentando encontrarla desde entonces.

Se pusieron en plan muy fans el uno con el otro, discutiendo las teorías de la conspiración, metiéndose cada vez más y más en la madriguera.

—Se desplazó lentamente por la cadena de mensajes—.

Y entonces la cosa se vuelve específica.

Dice que no puede contar mucho por escrito porque «ellos» siempre están vigilando.

Quiere quedar en persona, mantener las cosas fuera de internet.

Le dice a Jason que no se fíe de nadie… y me refiero a nadie.

Ni de sus amigos, ni de sus compañeros. En un momento dado, le dice específicamente que sospeche de su propia familia.

La sala se quedó en silencio un momento.

—¿Así que esta es la persona que está detrás de la fascinación de Jason?

—Eso parece, sargento.

—¿Nombre? —dijo Tomek.

—Perry Peabody —dijo Rachel.

—¿Tiene antecedentes? —preguntó Tomek—. ¿Ha aparecido antes en nuestro radar?

Rachel negó con la cabeza. —Nada con ese nombre.

Ni antecedentes, ni indicadores de inteligencia, nada con ese nombre en el PNC.

Tengo una dirección de alguien en el censo electoral con ese nombre, así que podría valer la pena echar un vistazo.

—Dudó—. Pero encontré algo más cuando lo estaba investigando.

Un caso en Estados Unidos. Hace unos dieciocho meses, un hombre con un historial de problemas graves de salud mental —un firme creyente en la conspiración reptiliana, lo había sido durante años— mató a su madre.

Estaba convencido de que era una persona lagarto disfrazada y cita a Perry como el que lo convenció.

—Hizo una pausa para que asimilaran la información—.

Actualmente está cumpliendo cadena perpetua en una prisión federal de Texas.

Nadie dijo nada de inmediato.

—Joder —susurró Chey.

—Mirad lo que pasa cuando se empieza a alimentar esta narrativa —dijo Tomek al cabo de un momento—. Rachel, mira a ver si puedes encontrar a ese tal Peabody y sonsácale lo que sepa, si es que sabe algo.

Rachel asintió. —Sí, sargento.

—¿Qué más? —dijo Tomek.

Sean, que había estado recostado en su silla, se inclinó hacia delante.

—He estado investigando a la comunidad de cazafantasmas en general —dijo—.

Y, en concreto, su opinión sobre Jason Wong.

—Hizo una pausa—. Encontré otro grupo local con sede en Benfleet.

Llevan funcionando unos dos años, tienen bastantes seguidores.

Anoche publicaron otro comunicado. Esencialmente, decían que Jason Wong no era un cazafantasmas, que nunca había sido un miembro genuino de su comunidad y que sus actividades, en sus propias palabras, habían desprestigiado el nombre de la investigación paranormal legítima.

Tomek lo miró. —Suena a que podría haber una especie de guerra de bandas entre cazafantasmas. Un pique entre los paranormalistas. Lo cual, he de admitir, son dos frases que nunca pensé que diría.

—Solo pienso que podría haber algo más que un desacuerdo profesional —dijo Sean—. Alguien que tuviera una opinión tan firme sobre Jason y sus creencias podría haber querido hacerle parar.