Capítulo 17
Nick estaba detrás de su escritorio, sin chaqueta y con las mangas arremangadas hasta el codo. Llevaba hablando unos dos minutos, pero Tomek seguía sin tener ni idea de por qué estaba allí. Algo sobre el caso, algo sobre una llamada que Nick también había recibido de Lauren Marsh.
—Desde luego, está ansiosa —fue lo único que Tomek registró cuando su mente por fin volvió a conectar con el presente.
—¿Quién?
—Lauren —repitió Nick, y luego soltó un suspiro—. Me ha llamado para que la pusiera al día, así que le he dicho que hablara contigo. ¿No has estado escuchando nada de lo que he dicho?
—Sí..., es que... —dijo Tomek—. Estoy distraído, sin más.
—¿Distraído cómo?
—Tengo muchas cosas en la cabeza.
Nick lo estudió un segundo y, después, la comisura de sus labios se alzó. —¿Es por lo de que Sean se muda?
Tomek puso los ojos en blanco. —No. No es por Sean.
La leve sonrisa se desvaneció. —¿Entonces de qué se trata?
Tomek no dijo nada durante un instante. El aire acondicionado zumbaba. Al otro lado de la mampara de cristal, la oficina mantenía su ritmo habitual: teléfonos sonando, teclados repiqueteando y el sonido lejano de unas risas.
—A mi padre le han diagnosticado cáncer de próstata —dijo.
Nick no dijo nada.
—Se lo han detectado pronto —añadió Tomek.
—Eso es bueno, ¿no?
Tomek se encogió de hombros.
—¿Por qué presiento que va a haber un «pero»? —preguntó Nick.
—Porque Charlie ha vuelto. Lo han trasladado a Broomfield. Mi padre lo vio cuando fue a su cita. Me lo ha dicho esta mañana.
La oficina se quedó en silencio por un momento.
Nick se inclinó hacia delante, con los antebrazos sobre el escritorio, y miró a Tomek con la expresión conciliadora de un padre.
—Está muy mal —dijo Nick—. No puede tocarte ni llegar hasta ti desde la cama del hospital.
—Podrá hacerlo cuando despierte. Cuando se recupere...
— Si despierta, si se recupera. —Nick inspiró hondo—. No soy de hablar mal de la gente, pero con él hago una excepción. Lo que os hizo a ti y a tu familia es abominable, y espero, rezo y cruzo los dedos para que ese cabroncete no vuelva a despertar jamás.
Tomek abrió y cerró la boca, conmocionado. Nick hablaba con tal veneno, con tal frustración e ira, que no supo cómo responder.
—Eso no es propio de ti —dijo al cabo de un rato—. ¿Estás... estás tú bien?
—¿Yo? Sí, estoy de maravilla —replicó Nick, aunque no pudo sostenerle la mirada a Tomek, ni ocultar la angustia en su voz.
—Pues ¿por qué no me lo creo? —preguntó Tomek—. ¿Nick? ¿Pasa algo?
—No, es que...—
—Yo te he contado lo mío, ahora tú cuéntame lo tuyo.
—¿Qué somos, unas quinceañeras? Preferiría pelearme con un oso polar en una cabina de teléfono antes que...—
—Nick, cállate —lo interrumpió Tomek. Sabía que todo era una fachada, que Nick se estaba haciendo el duro por algún motivo—. Una pena compartida es media pena, y todo eso. Por no mencionar que soy un cabrón cotilla y estoy deseando tener algo con lo que pillarte para poder darte caña.
Nick esbozó una sonrisa burlona antes de que su rostro se volviera inexpresivo. Tamborileó con el dedo sobre el escritorio sin parar, mirando una palabra en un documento. Inspiró hondo para serenarse. —Es solo la parienta, ya sabes. Problemas en el paraíso de todas las maneras posibles.
—¿Es por Gabby? —preguntó Tomek, refiriéndose a la hija mayor de Nick, que había sufrido un traumatismo craneoencefálico cuando le aplastaron el cráneo contra un poste de metal tras haberla empujado una noche en la playa.
A raíz del incidente, había sufrido daños cerebrales.
Como es natural, aquello había afectado a Nick y a toda su familia en más de un sentido, muchos de los cuales Nick nunca exteriorizaba.
—Sí —respondió Nick—. Y otras cosas. Maggie y yo no paramos de chocar. Discutimos. No nos ponemos de acuerdo ni en los detalles más insignificantes, en las cosas más tontas.
Tomek no dijo nada, esperó.
—El problema es que no sé lo que piensa. No sé si está contenta. Si está triste. O sea, llevamos treinta años de relación y todavía no sé leerle el pensamiento. Quizá sea parte del problema.
Quizá sea parte del problema. Nick le había quitado las palabras de la boca a Tomek.
Aunque no era ningún experto en relaciones, ningún entendido en la materia, comprendía lo suficiente como para saber que la comunicación y la sinceridad, con un toque de confianza de por medio, eran la clave para que durase.
—Treinta años es mucho tiempo —dijo Tomek, aunque no sabía por qué. Fue lo primero que se le ocurrió.
—Lo es. Y ha estado conmigo en las duras y en las maduras.
En el trabajo, los ascensos, al ir subiendo peldaños.
Ha estado a mi lado en todo momento. Pero ahora siento que no es así.
Si llego tarde a casa por lo que sea, no me habla, o se queja.
Creo que cuidar de Gabby al final le está pasando factura.
A ver, Gabby no mejora mucho. Pequeños progresos aquí y allá, poco a poco, pero va acorde con lo que nos dijo el médico, así que no estamos demasiado preocupados.
Al menos, yo no lo estoy. No me malinterpretes, ambos queremos que se ponga bien, pero también entiendo que no podemos meterle prisa, y no queremos retroceder diez pasos por forzarla demasiado.
Se recuperará, estoy seguro. Solo necesita el entorno adecuado para hacerlo.
Tomek asintió, pensativo. —¿Cuánto tiempo lleva así la cosa?
—Un par de meses.
Silbó entre dientes. —Ya es bastante tiempo, entonces.
—Llevo durmiendo en el cuarto de invitados desde principios de año.
Tomek hizo una pausa antes de responder. Comprendía la gravedad y la complejidad del matrimonio de Nick; había tenido acceso a suficiente información a lo largo de los años.
—Pero todavía no habéis llegado a la fase final, ¿no? Aún queda algo de amor, ¿verdad?
Nick respondió encogiéndose de hombros. —Ojalá pudiera decírtelo.
A veces pienso en dejarlo... en pedir la jubilación anticipada, o ver si hay alguna forma de conseguir la jubilación por incapacidad y cobrar la pensión antes de tiempo para poder pasar tiempo con ellas.
Pero no sé si eso ayudaría o agravaría el problema.
Tomek señaló la taza de café que había en la mesa. —Cambia eso por unas cuantas bebidas energéticas, provócate un pequeño infarto y te llevas el premio gordo.
Nick se rió entre dientes. —Con la suerte que tengo, la palmaría con solo un sorbo de esas cosas.
—Ten cuidado con lo que deseas, Nick. Como la palmes, Victoria irá a por tu puesto. Así que, por mi bien —y por el de todos los demás, supongo—, no puedes morirte todavía.
Nick se llevó una mano al pecho, frunciendo los labios. Tomek no estaba seguro de si era en broma o no. —Eso es probablemente lo más amable que me has dicho nunca, Tomek. Pero tengo malas noticias en ese frente.
La sonrisa de Tomek se desvaneció.
—He hablado con Victoria esta mañana y está empecinada en volver.
—¿Cuándo?
—A finales de semana.
Tomek no pestañeó. —Eso significa que sigo siendo el SIO, ¿no?
La expresión de Nick no se alteró, permaneció completamente inmóvil.
—¿Verdad? ¿Nick? Sigo siendo el SIO, ¿a que sí?