Capítulo 15
A l salir, Tomek encontró una cafetería en el extremo de la zona comercial.
Ocupaba una caseta un poco más grande que las de al lado, con cuatro o cinco mesas de madera dispuestas en el exterior bajo un toldo de lona y una pizarra con el menú apoyada contra un olivo en una maceta.
Entonces había llamado a su padre, que estaba jubilado y vivía a solo doce minutos de allí.
Lo bastante cerca como para justificar tomar algo caliente y sentarse un rato, ya que Tomek estaba por la zona.
No se habían visto desde el funeral de su madre.
Sí, habían hablado por teléfono, pero al principio las llamadas habían sido, en su mayoría, breves y prácticas: para hablar de los preparativos del funeral y el papeleo posterior.
Más tarde, se volvieron menos prácticas.
Diez minutos aquí y allá, la típica charla trivial para ponerse al día sobre sus rutinas semanales.
Pero no habían estado en la misma habitación.
Tomek no estaba del todo seguro de cómo había sucedido. De algún modo, las semanas se habían esfumado y se habían convertido rápidamente en meses.
Empujó la puerta de la cafetería y sintió de inmediato el agradecido descenso de la temperatura que provenía de un aparato de aire acondicionado que funcionaba encima de su cabeza y que soplaba con fuerza sobre su nuca.
Se quedó un momento en el umbral con los ojos cerrados, empapándose de la sensación hasta que la cabeza fue la parte más fría de su cuerpo.
La cafetería era pequeña y pintoresca, tranquila a esa hora de la mañana y, supuso Tomek, tranquila a casi cualquier hora del día, apartada en una zona comercial cuyo negocio dependía exclusivamente del tránsito de gente del centro de jardinería.
Una pizarra detrás del mostrador detallaba el menú con tiza.
Un pequeño expositor junto a la caja exhibía una selección de dulces y pasteles: bizcocho de limón glaseado, school cake , postre de crema de pistacho, napolitana de chocolate y el favorito de Tomek, un tiffin .
Solo había otros dos clientes: una madre joven, sentada sola, que cotilleaba el móvil mientras mecía un cochecito de bebé hacia delante y hacia atrás con el pie; y un hombre de unos setenta años que leía un periódico doblado, totalmente absorto en la mierda de tormenta en la que el mundo estaba sumido en ese momento.
Tomek se acercó a la caja y estudió la pizarra, aunque ya sabía lo que iba a pedir, y pidió un café con leche grande para su padre, un zumo de naranja para él (no quería mermar la efectividad del Imodium), y una porción de bizcocho de limón glaseado para compartir.
Encontró una mesa junto a la ventana y se recostó en la silla, contemplando la zona comercial.
Un momento después, llegaron las bebidas y el pastel.
Tomek sonrió amablemente a la camarera y le dio las gracias.
Justo cuando iba a dar un sorbo a su bebida, la puerta se abrió a su espalda.
Su padre, vestido con una chaqueta fina, se acercó a su lado, le puso una mano en la espalda y luego se dejó caer en el asiento de enfrente.
Durante un largo momento, Tomek no dijo nada.
Se limitó a estudiar al hombre. El hombre que había ayudado a criarlo, el hombre que había creado un negocio y un estilo de vida para toda su familia, ahora completamente destrozado, una sombra de lo que fue.
Tenía el pelo largo, lacio y sin vida. Hacía semanas que no se lo cortaba, ni se había recortado la barba.
Las uñas de las manos las tenía casi tan largas como las de un perro, y la piel le colgaba de las mejillas.
Si no hubiera quedado con él allí, Tomek se preguntó si habría reconocido a su padre.
—Tienes buen aspecto, hijo —dijo Perry, quitándose la chaqueta y poniéndosela sobre la pierna.
—Gracias. Tú no.
Perry esbozó una sonrisa de suficiencia, pero no dijo nada, como si supiera que era verdad, pero no tuviera energía para discutir o defenderse. Tomek deslizó el bizcocho glaseado por la mesa.
—He pedido esto para ti.
—No tengo hambre.
—¿Cuándo fue la última vez que comiste?
—Anoche, capullo. No he tenido tiempo de nada esta mañana.
Tomek miró su reloj. —No esperaba que llegaras tan pronto. Normalmente tardas una vida, sobre todo con tus problemas de corazón.
Perry se llevó la mano al pecho, ya fuera intencionadamente o por descuido, Tomek no lo supo.
El infarto que había sufrido la noche en que murió Izabela Bowen casi había amenazado con matarlo a él también.
Pero gracias al trabajo de los cirujanos y el personal médico del Royal Surrey Hospital, lo habían arreglado.
Le habían dado el alta unos días después, con su mundo entero patas arriba.
Una esposa muerta, una madre muerta para sus hijos.
Solo. Y ahora un hombre roto, con un corazón defectuoso que estaba a un sobresalto de llevarlo a la tumba.
—Estoy aquí al lado —respondió Perry—. Y no estoy tan destrozado como crees.
—¿Por qué llevas el pelo así?
—Porque me lo estoy dejando largo.
—Nunca te lo habías dejado largo.
—Sí, bueno, pues ahora sí —replicó Perry con la petulancia de un adolescente.
Por un momento, a Tomek le pareció que estaba hablando con Kasia, echándole la bronca.
En algún momento del pasado reciente, la dinámica entre Tomek y Perry había pasado de ser de padre a hijo inepto. Algo que no se había esperado.
—¿Necesitas que te pida cita? —preguntó Tomek.
—¿Qué? En absoluto. No soy un inválido.
Tomek dio un sorbo a su bebida, esperando, dejando que el tiempo pasara para disipar la creciente tensión.
No tardó en darse cuenta de que no se le daba muy bien ese tipo de cosas.
Hablar. Mostrarse emocional, sobre todo con su padre.
Sobre todo acerca de la muerte. Y más aún si era una muerte en la familia.
Pero, por otro lado, sus padres no habían sido especialmente sensibles ni considerados con él cuando su hermano Michał murió.
Quizá estaba siguiendo sus pasos, el ejemplo que le habían dado.
Afrontando la edad adulta de la única manera que sabía.
—Siento que esta sea la primera vez que te veo en bastante tiempo —dijo, con cuidado de no hacer referencia a aquel suceso en concreto. Durante todas sus llamadas telefónicas, había evitado mencionar el nombre de su madre o el de cualquier otra persona relacionada con el incidente.
Perry bebió lentamente de su bebida, mirando a Tomek por encima del borde de la taza. —Has estado ocupado —dijo, bajándola—. Lo entiendo.
—De hecho, ahora mismo estoy de inspector jefe de investigación en funciones en un caso en el que estamos trabajando —dijo Tomek, con un deje de orgullo en la voz—. Así que cada vez voy a estar más ocupado.
—Eso está bien. ¿Y cómo está Kasia?
—Bien. Estupendamente. Le va bien en el instituto.
Ningún problema grave que yo sepa; al menos, no he tenido noticias del instituto últimamente.
Parece que mantiene un perfil bajo, hace los deberes, asiste a clase, ha vuelto a contactar con sus amigos y está haciendo nuevos.
Se comporta como una adolescente… como es debido.
A ver, sí, tiene sus días malos en los que llega a casa disgustada o la oigo llorar, pero ya ha pasado por mucho… es una chica dura.
La expresión de Perry se endureció y bajó la vista a la mesa, pensando en Izabela y en el incidente por el que Tomek supuso que no era la primera vez ese día.
—Sé que no quieres hablar de ello, y sé que no suelo sacar el tema —típica cosa de tíos, que nunca somos capaces de hablar de nuestros problemas—, pero la vida es muy corta y estoy preocupado por ti.
—No tienes por qué estarlo. —El tono de Perry tenía un matiz duro.
—Sí que tengo, porque eres mi padre, y si te pasa algo, tengo que asegurarme de que soy el primero en la cola para heredar la casa. A Kasia y a mí nos vendría bien el espacio extra.
Una sonrisa inesperada afloró en el rostro de Perry. —La voy a donar a la beneficencia —dijo, sin mucha convicción—. Tu hermano y tú podéis pelearos por la maqueta del tren.
—¿La de Bigsby Village? Que se la quede Dawid. Pesa una tonelada y es tan grande que costaría una fortuna transportarla a cualquier parte.
Perry sonrió con suficiencia. —A tu hermano le encantará. Y a la organización benéfica infantil también.
Tomek dio otro sorbo a su bebida, hizo una mueca por el amargor y dejó el vaso. Era el primer momento de ligereza que sentía entre ellos en mucho tiempo. El único problema era que la expresión del rostro de Perry sugería que no iba a durar.
—Hay algo que tengo que decirte —dijo Perry, evitando la mirada de Tomek, fingiendo estar distraído con algo por la ventana—. Dos cosas, en realidad.
—¿Has cambiado de opinión sobre lo de la beneficencia?
—Déjate de bromas —espetó Perry—. Esto es serio. E importante. Y… —Se atragantó, fingiendo que se le había atascado algo en la garganta—. Y… he pensado que debías saberlo.
Tomek no dijo nada. Esperó, con el cuerpo tenso por la expectación y el pesado lastre del pavor causándole estragos en el estómago que ni todo el Imodium del mundo podría detener.
—Volvía del médico cuando me llamaste —explicó Perry.
—¿Del médico?
Asintiendo, Perry respondió: —El otro día fui a una revisión y me hicieron algunas pruebas… del corazón y de otras cosillas. Y el médico me ha vuelto a llamar para decirme… para decirme que tengo… que me han diagnosticado cáncer de próstata.
El nudo se apretó, dejándolo sin aire.
—Y… y mientras estaba en Broomfield, vi a alguien que no creí que volvería a ver jamás.
Tomek contuvo la respiración.
—¿A quién?
—A Charlie.
Se humedeció los labios y tragó saliva. —¿Charlie?
Otro asentimiento, más lento esta vez.
—Está aquí, Tomek. De vuelta en Essex. Pero… y esto es solo un pequeño consuelo dentro de lo que cabe, pero la buena noticia es que sigue en cuidados intensivos. El daño que tu hermano le hizo a ese hombre todavía le está dejando secuelas.