El Espíritu de la Muerte (Detective Sargento Tomek Bowen 11) Capítulo 3
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Capítulo 3

C uando Sean llegó al linde del bosque, lo recibieron las luces de discoteca de la sirena del coche patrulla.

Colocó su coche delante, pasó junto al agente uniformado que hablaba por la radio que llevaba en el pecho, paró el motor y se quedó sentado un instante.

Justo a su lado se alzaba un sólido muro negro de árboles.

Ningún movimiento, salvo el ocasional vaivén de una rama al viento, como si el bosque respirara lenta, paciente, expectante.

Unos cientos de metros más adelante, iluminado por sus faros y las luces azules y blancas que rebotaban en su parte trasera, había otro coche, aparcado en el arcén, inmóvil.

—¿Por qué siempre yo? —masculló para sí mientras sacaba las llaves del contacto—.

¿Te apetece venir? —continuó, saliendo del coche y hablando solo—.

Ah, no, Sean, yo tengo una cama calentita y agradable a la que volver, y un libro que voy a hacer como que leo en mitad de la noche.

A fin de cuentas, ¿qué más te da a ti? Tú eres el que duerme en el sofá duro que te ha jodido por completo el cuello y la parte alta de la espalda desde que empezaste a dormir en él.

No se había dado cuenta, pero se había quedado mirando al joven agente mientras terminaba su perorata. El pobre diablo, que no tendría más de treinta años, lo observaba con los ojos muy abiertos y confusos, como un ciervo después de haber sido deslumbrado por los faros.

Sean se disculpó y luego se presentó.

—Soy el agente Roebottom —respondió el policía.

Sean abrió el maletero de su coche y cogió una linterna de alta potencia y un par de guantes de nitrilo.

—¿Tienes nombre de pila, tío?

El agente tragó saliva con nerviosismo, como si nunca antes le hubieran hecho esa pregunta.

—Miguel.

Sean volvió a mirarlo, buscando en el rostro del joven algún rasgo mediterráneo o sudamericano. No encontró ninguno.

—¿Eres español?

—Mi madre lo es. Mi padre es escocés.

Eso explicaba el nombre poco común.

—¿Te importa que te llame San, como la cerveza?

—Estoy acostumbrado —respondió Miguel.

—Así me gusta. —Sean se acercó al maletero, lo bajó y lo cerró de un portazo. El sonido retumbó por los campos abiertos, pero se perdió en el bosque.

¿Por qué siempre yo?

—Bueno —dijo, volviéndose hacia el agente—. ¿Hasta dónde has conseguido entrar?

A Miguel se le fue el color de la cara.

—Más o menos hasta donde acaba su coche, y entonces decidí que no merecía la pena.

—¿Te da miedo la oscuridad?

—Hay una razón por la que nos dicen que acudamos a estas cosas de dos en dos.

Sean esbozó una sonrisa.

—No pasa nada, tío. Puedes decírmelo. A mí tampoco me gusta la oscuridad. —Sean señaló con la barbilla el vehículo que seguía atrapado en el haz de sus faros—. ¿Y ese coche de ahí? ¿Le ha echado un vistazo?

Miguel negó con la cabeza.

—No, sargento. Todavía no.

—Déjeme adivinar, ¿no es seguro hacerlo solo?

—Se nota que por algo lo ascendieron a sargento.

A Sean se le escapó un bufido.

—Qué capullo. Venga, pero no toques nada.

Sean se puso los guantes con un chasquido y luego cerró el maletero.

—¿Listos?

—Abra paso, sargento. Los experimentados primero.

—Siempre pensé que eran los más prescindibles…

Sean le dio la espalda a Miguel y empezó a caminar hacia el coche, con una embriagadora mezcla de adrenalina y miedo jugándole con el corazón.

Menos mal que Tomek no está aquí, pensó, si no habría dos cadáveres que recuperar.

Continuó despacio por el asfalto, con el ruido de sus zapatos resonando en el silencio y el haz de la linterna fijo en el coche, respirando por la nariz.

Su rostro y su lenguaje corporal eran el epítome de la frialdad y la bravuconería.

Mientras tanto, por dentro, deseaba haber traído otro par de pantalones.

Finalmente, llegaron al Vauxhall Astra de color azul oscuro.

La pintura estaba apagada y con parches.

Un largo arañazo recorría todo el lateral del conductor.

El parachoques trasero estaba agrietado y sobresalía ligeramente por un lado, sujeto con cinta americana y fe ciega.

El paso de rueda delantero izquierdo tenía un bollo del tamaño de un puño, pero una mella en el parabrisas probablemente sería lo único que haría que no pasara la próxima ITV.

Sean anotó la matrícula, se acercó a la ventanilla del conductor e iluminó el cristal con la linterna. Su reflejo le devolvió la mirada y lo pilló por sorpresa. Retrocedió de un respingo y chocó con Miguel, que estaba detrás.

—¿Está bien, sargento? —preguntó Miguel.

—Perfectamente —Sean se enderezó—. A veces se me olvida lo guapo que soy.

—Volvió a apuntar con la linterna al interior de la ventanilla y observó los asientos y el espacio para los pies.

Nada. Ni llaves en el contacto. Ni un permiso de conducir o una cartera abandonados en el asiento del copiloto.

Nunca era nada fácil, ¿verdad? Lo único que indicaba que el coche se había usado recientemente era una multa de aparcamiento con fecha del día anterior en el salpicadero.

Sean probó la manija. Para su sorpresa, se abrió.

Se asomó, revisó la guantera y volvió a salir.

—A ver qué nos espera en el maletero.

Sean rodeó el coche por detrás y probó la manija.

También estaba abierto. Quizá quien lo había dejado allí no pensaba volver.

O no esperaba que nadie más se aventurase a salir al Langdon Hills Country Park en mitad de la noche.

Sean miró a Miguel, que estaba a medio metro de distancia con la linterna apuntando al maletero, esperando.

Sean contó hasta tres. Entonces, abrió el maletero de golpe y se giró hacia Miguel con la linterna bajo la barbilla.

—¡Buh!

A Miguel se le escapó un jadeo corto y seco, seguido de un gutural «¡hijo de puta!» antes de dar un paso atrás.

Sean se rió a carcajadas, con ganas, y luego se disculpó, aunque su entonación dejaba claro que no lo decía del todo en serio.

El maletero estaba vacío, salvo por una bolsa de plástico del Tesco.

Dentro, Sean encontró un pulpo elástico, un espray descongelante con la boquilla oxidada, un antirrobo de volante que parecía no haberse usado nunca y un limpiaparabrisas con una esponja que daba la impresión de que un niño la hubiera estado picoteando.

Sean examinó el contenido del maletero por segunda vez, lo descartó por carecer de interés, cerró la tapa y se dirigió sin prisa hacia la zona arbolada.

—¿No deberíamos asegurarlo? —preguntó Miguel, señalando el coche—. ¿Acordonar la zona o algo?

Sean se irguió y recorrió la carretera con la mirada.

Un segundo después, negó con la cabeza. —No creo que nadie vaya a volver a por él en una buena temporada.

Puedes registrar la decisión si quieres.

No me importa asumir la culpa si desaparece.

—Sean se giró para mirar el bosque y se quedó un momento de pie, linterna en mano, contemplando la sólida pared de negrura—.

Bueno —dijo—. ¿Qué sale si un negro y un español entran en un bosque en mitad de la noche?

Miguel se puso a su lado y bajó la linterna hasta la cadera. —¿No sé, qué?

—Yo tampoco. Esperemos no averiguarlo. —Sean inspiró hondo para serenarse, sintiendo cómo la tensión se extendía por su cuerpo—. ¿Alguna idea de por dónde tenemos que ir?

—Ni idea, sargento.

—Excelente. —Sean encendió la linterna—. Un ciego guiando a otro ciego. —Pasó la barrera y se adentró en la oscuridad—. Esperemos no salir en las noticias. Si no, a alguien mucho más listo que nosotros se le ocurrirá un final mejor para el chiste.

El bosque se los tragó de inmediato. En un momento estaba la carretera y las luces parpadeantes del coche de Miguel.

Al siguiente, nada más que árboles. Sean mantuvo el haz de luz fijo en el sendero, intentando no pensar demasiado en lo que había más allá, en las historias de fantasmas y los espíritus que sin duda rondaban por el lugar, o en las películas de terror que lo habían traumatizado de niño, con los monstruos y demonios apareciendo en su imaginación mientras recorría el camino.

El lugar era a la vez ruidoso y silencioso, ensordecedor e inaudible.

No había tráfico, no se oían voces, ningún ruido humano de ningún tipo.

Solo el incesante sonido de las ramas que se mecían en las alturas, el susurro de las hojas y las ramitas con el viento, el sonido del lugar respirando, existiendo, juzgándolos mientras se adentraban más y más.

Sean siguió caminando, con la cabeza gacha, la linterna apuntando al frente, la respiración acompasada.

El susurro comenzó a los pocos minutos. A la izquierda, abajo en la maleza, lento y deliberado, siguiéndolos durante tres o cuatro pasos antes de detenerse bruscamente.

Sean dirigió el haz de luz hacia allí. Hierba alta.

Zarzas. El espacio negro entre los troncos que se extendía hasta la nada.

Entonces, sin previo aviso, un zorro chilló.

El sonido estalló en algún lugar cercano. A unos seis o nueve metros a su izquierda. Sean se detuvo en seco y Miguel se chocó contra su espalda.

Ninguno de los dos habló durante un instante.

—Parecía un zorro —dijo Miguel.

Sean tragó saliva. —Espero que tengas razón, San. Espero que tengas razón.

Se quedaron allí un segundo más de lo necesario, escuchando el silencio que había vuelto a adueñarse del lugar que antes ocupaba el sonido.

En ese instante, Sean pensó en Tomek. Pensó en él con detalles vívidos y concretos.

El edredón. La almohada. El piso silencioso.

El libro de Dan Brown en la mesilla de noche.

Imaginó a Tomek tumbado en posición horizontal en ese mismo momento, con una sonrisita de suficiencia en la cara de aquel gilipollas, calentito y a gusto, mientras él se arrepentía de no haber traído otro par de calzoncillos.

Sean se apartó una rama de la cara y siguió caminando, adentrándose cada vez más en el bosque.

No sabía cuánto tiempo había pasado ni qué distancia habían recorrido.

Lo único que sabía era que la carretera y su coche parecían estar a un mundo de distancia, y no habría sabido decir en qué dirección.

Comprendía por qué era tan fácil desorientarse en sitios como aquel, rodeado de oscuridad por todas partes.

Finalmente, apareció a la vista una cancela de color verde oscuro, algo que no habían visto ni con lo que se habían topado antes. Lo que significaba que, milagrosamente, no estaban dando vueltas en círculo.

—¿Qué te parece? —preguntó Sean—. ¿Seguimos por aquí?

—Yo solo sé que deberíamos haber traído a los perros.

—A toro pasado, todo se ve más claro —comentó Sean antes de seguir adelante.

La cancela chirrió cuando la cruzó, llenando el aire con un ruido ensordecedor.

Ambos se detuvieron en seco al otro lado.

Sean hizo una mueca de dolor, aguardando, escuchando, como si el sonido hubiese anunciado su presencia a lo que fuera que acechaba en la oscuridad, y como si aquello que acechaba en la oscuridad estuviera decidiendo qué hacer al respecto.

No ocurrió nada. El bosque absorbió el ruido del mismo modo que lo absorbía todo.

Sean exhaló. —Al menos oiremos si alguien más pasa por aquí.

—Eso esperas.

Sean ignoró su displicente cinismo y siguió avanzando.

El sendero al otro lado de la cancela era distinto.

Menos transitado, con el suelo más blando, menos firme bajo sus pies.

La luz de la linterna proyectaba sombras gigantescas que se movían y cambiaban como si tuvieran voluntad propia.

Sean había decidido no mirarlas directamente, por su propio bien.

Aunque era sargento de policía con catorce años de servicio y no creía en fantasmas, también era un ser humano que había visto El proyecto de la bruja de Blair a la tierna edad de trece años y nunca se había recuperado del todo.

Como si lo hubiera invocado, otro susurro rompió el silencio.

Esta vez, provenía de la derecha, más cerca que antes.

Sean se quedó paralizado, barriendo con el haz de la linterna los árboles.

Una rama baja se mecía, indicando una alteración reciente.

Mantuvo la luz fija, contó hasta cinco y luego siguió adelante.

Miguel, mientras tanto, permanecía en silencio en la retaguardia; llevaba varios minutos sin hablar.

—¿Estás bien ahí atrás? —preguntó Sean.

—Bien, sargento.

—Buen chico. Poniendo buena cara. Me gusta. Estamos igual. Tú imagina lo bien que te sentará una ducha cuando acabes el turno.

Miguel no respondió mientras seguían avanzando, adentrándose cada vez más en el bosque. Al final, como por arte de milagro, los pálidos pilares de piedra y los muros de ladrillo de Cash’s Well aparecieron bajo la luz de la linterna. Sean alzó el haz lentamente, examinando la estructura.

Se quedó inmóvil un momento, luego dio un paso adelante, seguido de otro, barriendo lentamente con la luz el interior del pozo.

Y entonces el haz de luz encontró el cuerpo.

Era un hombre, tumbado bocarriba cerca del centro de la estructura.

Tenía un brazo doblado laxamente sobre el pecho y el otro extendido a un costado, con la palma hacia arriba y los dedos ligeramente abiertos, como si simplemente se hubiera echado a descansar.

Tenía la cara vuelta hacia el cielo, los ojos cerrados.

A la luz de la linterna, su piel había adquirido esa particular tonalidad grisácea que Sean había visto suficientes veces como para saber que no necesitaban buscarle el pulso.

Un móvil yacía a poca distancia de su mano extendida, con la pantalla aún débilmente iluminada.

La interfaz de un LIVE de TikTok seguía abierta, y el número de espectadores era visible.

Ciento doce personas observando un plano estático de uno de los lados de la construcción.

A su lado había una linterna cara, todavía encendida, cuyo haz apuntaba al otro lado del pozo.

Sean se quedó de pie al borde de la estructura, contemplando al hombre durante un buen rato.

Su primer pensamiento fue que el hombre era joven, quizás de veintitantos años.

El segundo fue que nada en la escena indicaba que hubiera habido un forcejeo.

Ni sangre, ni heridas visibles en la penumbra.

Solo un hombre tendido en el suelo en mitad del bosque en la oscuridad.

Su tercer pensamiento fue que algo más en las inmediaciones era consciente de su presencia, observando, esperando.

—¿Sargento? —La voz de Miguel era queda, casi un susurro. Aun así, pilló a Sean por sorpresa, provocándole un escalofrío por todo el cuerpo—. ¿Deberíamos…?

—No. No se acerque más. —Sean mantuvo la vista fija al frente—. Ponte a la radio. Diles lo que tenemos. Diles dónde estamos, lo mejor que puedas. —Hizo una pausa—. Y diles que traigan suficientes linternas como para que esto parezca de día.