Capítulo 2
MARTES
T omek se despertó de un sobresalto, quitándose de encima las sábanas de inmediato y saltando de la cama.
Agarró lo primero que encontró —el libro de tapa dura de Dan Brown que llevaba tres años queriendo leer— y lo apretó con fuerza, clavando las uñas en la cubierta y dejando medias lunas marcadas en el papel.
No era gran cosa como arma, pero era versátil: lo bastante sólido como para hacer daño con un buen golpe y lo bastante aerodinámico como para lanzárselo por los aires a un intruso.
Rodeó la cama y se abalanzó hacia la puerta del dormitorio en una sola zancada. Esperó. Pegó la oreja a la madera, escuchando, conteniendo la respiración.
El sonido de movimiento era inconfundible: un arrastrar de pies, el movimiento de objetos, una respiración agitada.
Quizá ya habían pillado a Sean, lo habían dejado inconsciente de alguna manera, asfixiado mientras dormía.
Extraño, porque Tomek estaba seguro de que habría oído algo así.
En las últimas semanas se había vuelto muy sensible a los ruidos al dormir, atormentado por pesadillas sobre la muerte de su madre.
Pero esa noche se había dormido sin problemas.
Y ahora un cabrón había decidido despertarlo entrando a robar en su casa.
Pues de eso nada.
Ajustó el agarre del libro de tapa dura, asegurándose de tenerlo bien sujeto, cogió el pomo con la otra mano, esperó y, acto seguido, abrió la puerta de un tirón.
«No me falles ahora, Dan», pensó mientras salía del dormitorio al pasillo, blandiendo el libro como si fuera un bate de béisbol.
Apenas había llegado al final del pasillo cuando se detuvo en seco.
Sean, su mejor amigo y compañero de piso temporal, dobló la esquina desde el salón y casi choca con él.
Por alguna extraña razón, llevaba puestos unos pantalones y una camisa desabrochada por arriba y con los faldones por fuera.
—¡Joder, la madre que te parió! —susurró Tomek, soltando un jadeo ahogado mientras el corazón se le subía a la garganta—. ¿Pero qué coño haces?
Sean levantó las manos en un gesto de defensa. —Podría preguntarte lo mismo —señaló con la cabeza el libro que Tomek todavía sostenía por encima de la cabeza—. ¿Qué ibas a hacer con eso? ¿Leerme un cuento para dormir y luego dejarme KO?
Tomek miró el libro y lo bajó hasta colocarlo a un lado. Por desgracia, fue lo único que bajó; el corazón seguía latiéndole a mil por hora. —Te has acercado. Te habría dejado KO.
Sean sonrió, mostrando una hilera de dientes que brillaban con suavidad en la penumbra del salón. —Perdona, se me olvidaba que no sabes leer.
Tomek volvió a blandir el libro. —¿Quieres probar? —soltó un chorro de aire constante entre los dientes—. Casi me da un infarto. Pensaba que alguien había entrado a robar.
—¿Y tu primer instinto ha sido darle en la cabeza con un libro?
—No conoces a mi amigo Dan, ¿vale? Sus libros son lo bastante grandes como para infligir un daño inimaginable.
—A lo mejor deberías llevarte uno a la escena de un crimen o tener uno a mano la próxima vez que persigas a un delincuente por la calle —replicó Sean—. Eso detendrá en seco a cualquiera.
Tomek se puso una mano en el pecho, sintiendo el palpitar de su corazón a través de las costillas y la carne.
Luego se volvió hacia la puerta de su izquierda: la habitación de Kasia.
Estaba profundamente dormida. En un día de diario.
Al menos, suponiendo que no la hubieran despertado.
Tomek les hizo un gesto para que entraran en la otra parte del piso para continuar allí la conversación.
—¿Qué hora es? —le preguntó a Sean mientras se dirigían a la cocina. Sus ojos se posaron en el reloj digital del horno antes de que Sean pudiera responder. Marcaba las 2:06. —¿Por qué estás despierto?
Sean se apoyó en el borde de la encimera de la cocina, se miró la ropa y se cruzó de brazos. —¿Tú por qué crees, Tomek? ¿Qué motivo podría tener?
—¿Has recibido una llamada?
Sean asintió con los labios apretados. —He intentado no despertarte. Pensaba que estaba siendo discreto, pero está claro que no.
Sean llevaba varios meses viviendo con ellos después de que lo echaran de su anterior piso y de su relación con su jefa, la inspectora Victoria Orange.
Necesitaba un sitio donde quedarse, y Tomek y Kasia habían estado más que encantados de acogerlo.
En general, todo había ido bien entre los tres.
Se habían organizado por turnos por la mañana para poder prepararse para ir al trabajo y al colegio sin chocar unos con otros.
Se turnaban para preparar la cena y las comidas los fines de semana.
Todo funcionaba. Kasia incluso había bromeado diciendo que era como vivir con dos padres gais.
—¿Qué ha pasado ahora? —preguntó Tomek.
Sean cambió el peso de su cuerpo sobre la encimera, cruzando una pierna sobre la otra. —Una llamada anónima sobre alguien que se había desplomado en una red social.
Tomek dejó el libro en el microondas que tenía al lado. —¿Eh?
—Eso es todo lo que sé.
—¿Y qué tiene que ver eso con nosotros? ¿No se están ocupando los de uniforme?
—El informe decía que la víctima posiblemente había sido atacada. ¿Te apetece venir? Tengo un sitio libre en el coche con tu nombre.
Tomek se miró el cuerpo semidesnudo y negó con la cabeza. —Estoy en calzoncillos.
—Hace calor fuera. Y tienes tiempo para cambiarte.
—Lo que tengo es una cita con mi amigo Dan. —Tomek le dio una palmadita al libro como si fuera una mascota—. Me ayudará a dormirme en un santiamén. Me encantaría, pero creo que esta vez voy a pasar. Ve tú y diviértete.
Sean gruñó. —Me acordaré de esto la próxima vez que estés de guardia y me supliques que vaya.
Tomek cogió el libro y empezó a caminar de vuelta a su dormitorio. Se detuvo, se volvió hacia Sean y dijo: —Pues más te vale empezar a leer libros.