El Espíritu de la Muerte (Detective Sargento Tomek Bowen 11) Capítulo 1
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El Espíritu de la Muerte (Detective Sargento Tomek Bowen 11)

El Espíritu de la Muerte (Detective Sargento Tomek Bowen 11)

Por Jack Probyn

© inepub.com

Capítulo 1

LUNES

—¡ Q ué pasa, chat! Aquí Jason, en pleno Langdon Hills Country Park, en Basildon.

Gracias por acompañarme en otra de nuestras cacerías de Lucerta.

Como podéis ver, todo está oscuro como boca de lobo ahora mismo y no veo casi nada delante de mí—.

Giró la cámara para mostrar la oscuridad del bosque antes de volver a girarla rápidamente para iluminarse la cara—.

Por suerte, tengo mi fiel linterna, que me va guiando.

Me ha llegado de Amazon esta mañana y, creedme, alumbra más que el sol. O sea, mirad esto…

Otro giro de la cámara. El móvil tembló de forma aparatosa mientras se cambiaba la linterna a la mano buena.

Pulsó el botón y el sendero que se abría ante él quedó bañado en un resplandor blanco, como de luna; un camino estrecho rodeado por un dosel de árboles y una maleza profunda a ambos lados.

Insectos y otras criaturas voladoras zumbaban en el aire y se alejaban revoloteando, cegados por la linterna de mil lúmenes que Jason había llevado a la expedición.

—Tengo un buen presentimiento para esta noche, chicos —continuó, avanzando por el trillado sendero, con la mirada saltando de la pantalla al suelo—. Lo presiento en los huesos. ¿Qué pensáis, chat? ¿Creéis que vamos a ver algo? Decídmelo en los comentarios.

En la esquina inferior izquierda de la retransmisión, un puñado de mensajes apareció en la pantalla.

Cuatro personas estaban viendo su directo de TikTok en ese momento.

Cuatro desconocidos, cuatro extraños, posiblemente de las cuatro esquinas del planeta.

Cuatro personas a las que no conocía de nada.

Cuatro personas con las que se estaba comunicando para hablar de Lucerta.

Cuatro personas a las que estaba educando, concienciando, desenchufando de Matrix.

No era su directo con más espectadores, pero tampoco el que menos, ni de lejos.

TÍOOO, ¿k haces? Estás como una cabra , decía uno.

¡¡¡Vamosss!!! , decía otro, seguido de varios emojis de fuego.

Lárgate d ahí, da mal rollo , respondió un tercero, con un segundo mensaje: estás fatal de la cabeza .

Jason no había oído nunca la palabra «janky», pero supuso que significaba algo peligroso, que ponía en riesgo su vida.

—Ya sé lo que estáis pensando —dijo, con cuidado de dónde pisaba mientras el sendero daba paso a un terreno más denso, más blando e intacto—.

Pero todo bien, chicos. Lo he hecho muchas veces. Sé lo que me hago.

Continuó adentrándose en el parque, en la oscuridad, en el aire inmóvil, silencioso e impoluto.

Solo, únicamente con el susurro de las hojas y los sonidos lejanos de la fauna como compañía y, por supuesto, el sonido de su propia voz.

El sendero se estrechaba a medida que el entorno lo engullía por completo y la maleza comenzaba a apretujarse contra él.

La luz de la linterna trazaba un pasillo blanco a través de la oscuridad, pero, más allá, el bosque se cerraba como una cortina.

A medida que se adentraba más, siguió hablando a los extraños invisibles. Para llenar el silencio, para que le sirviera de manta de seguridad, algo que bloqueara el silencio ensordecedor, aterrador y abrumador que resonaba por todo el bosque.

—El pozo está a solo unos minutos de aquí —dijo—.

Hay que salirse del sendero para encontrarlo.

Si tenéis alguna pregunta, dejádmela en el chat.

—Echó un vistazo a la pantalla. El número de espectadores había aumentado a catorce.

Diez personas más a las que despertar. Ya estaba.

A partir de aquí todo iría rodado, estaba seguro.

Se unirían aún más si veía algo. Puede que hasta se hiciera viral.

Justo cuando se disponía a hablar, una polilla se metió en el haz de la linterna, proyectando una densa sombra sobre el fondo blanco. Se quedó paralizado. Los árboles crujieron y, en algún lugar en lo profundo de la maleza, algo se movió.

—¿Qué ha sido eso? —susurró, intentando no soltar una palabrota.

Clavado en el sitio, enfocó la linterna hacia el origen del sonido, a su izquierda. Nada. Mantuvo la luz allí un segundo más, esperando, con el pulso ya empezando a acelerarse.

—Todo bien —se dijo, tanto para sí mismo como para el chat—.

Pasa todo el tiempo. No hay de qué preocuparse —añadió, más en su propio beneficio que en el de nadie.

Aunque había hecho ese recorrido varias veces en el pasado, su imaginación y la oscuridad nunca dejaban de aterrorizarlo, nunca dejaban de ponerle los pelos de punta ni de acelerarle el corazón.

Pero le encantaba. Vivía para ello. Y la adrenalina que le corría por las venas era un recordatorio de que estaba vivo.

Muy vivo. Como un depredador que acecha a su presa.

El único problema era que su presa era una criatura que solo unos pocos elegidos en el mundo habían visto jamás.

Al final, tras unos minutos más abriéndose paso por el bosque, acelerando el paso gradualmente, la estructura emergió de la oscuridad.

En un momento no había más que árboles. Al siguiente, estaba allí, como si fuera una aparición surgida de la nada.

El esqueleto de un edificio: muros de ladrillo que se alzaban de la tierra formando un hexágono irregular, con las superficies cubiertas de liquen, años de decadencia y grafitis, que sostenían una cúpula que se había derrumbado con el paso de las décadas.

Jason le apuntó con la cámara y sonrió.

—Ahí la tenéis, chicos —dijo, acercándose y rodeándola lentamente para que los espectadores pudieran empaparse de la imagen—.

La Fuente de Cash. Tan majestuosa como siempre para nosotros.

Este es el lugar donde encontraréis un montón de fantasmas y espíritus, pero no hemos venido a por eso. Hemos venido a por Lucerta.

Entró en la fuente; los haces de la linterna iluminaron los grafitis y los escombros.

En el centro se abría el agujero en el suelo, negro, cavernoso.

A su alrededor había trozos de roca que podían usarse como asientos.

Se acercó a uno y se sentó, mirando a la cámara.

—Ahí abajo está el pozo. Se supone que el tipo que poseía este lugar, hace mucho, mucho tiempo, el señor Cash, lo habita como fantasma, y para apaciguarlo tienes que echar algo de dinero al pozo.

—Se registró los bolsillos—. Lamentablemente, hoy no he traído nada, así que el señor Cash va a tener que apañárselas.

Se rió con nerviosismo, y el sonido no tardó en perderse entre los árboles.

Dirigió su atención al chat: cincuenta y cinco personas lo estaban viendo ahora, escuchándolo.

En la parte inferior izquierda de la pantalla aparecían mensajes que luego desaparecían, sustituidos por un flujo constante de otros nuevos.

Uno de ellos le llamó la atención: vas a morir, tío

—Los fantasmas no me van a matar —dijo, carraspeando, forzando un matiz de desafío en su tono—.

Pero Lucerta podría. Ella es real. Está ahí fuera.

Y es poderosa. Uno de los seres más poderosos de este mundo.

Por algo es tan reservada y se oculta tanto.

Y yo la he visto antes. Puede que no lo creáis, pero la he visto.

—Extendió el brazo para que la cámara mostrara más de su perfil y del fondo—.

La vi hace unos seis meses, ¿vale? Pero no la he vuelto a ver desde entonces.

A lo mejor le da corte salir en cámara, ¿qué me decís?

El chat estalló con «sííííííí» y varios emojis tecleados compulsivamente.

—Esta noche llevo la cámara de fotos en la mochila —continuó Jason—. Así que, si vemos algo, podré…

Un chillido agudo y potente lo interrumpió bruscamente.

Muy agudo. Se quedó helado, con el pulso desbocado, y giró la cabeza bruscamente hacia el sonido, con la mirada fija en la oscuridad mientras la linterna apuntaba a otro lado, los engranajes de su cerebro incapaces de seguir el ritmo del resto de su cuerpo.

—¿Qué ha sido…?

Otro sonido. Otro chillido. Esta vez desde un ángulo completamente distinto.

Jason giró el cuello hacia allí tan rápido que el móvil se le cayó sobre la pierna, olvidándose al instante de sus espectadores mientras un instinto de supervivencia de lo más profundo de su ser se activaba.

Abrió la boca, pero no le salió nada. Acordándose de mover la linterna, enfocó el haz de luz hacia el bosque. No vio nada.

Pero sabía que había algo ahí fuera. Podría haber sido un ciervo, un tejón, quizá incluso un zorro.

Sí, eso era.

Lo más probable es que fuera un zorro.

Un zorro de los cojones que lloraba, llamando a su familia.

Cuando volvió a prestar atención al móvil, sujetándolo a la altura de la cara, fue cuando lo vio.

Un humanoide con forma de lagarto de un verde brillante, de pie en la entrada de la fuente, bloqueándole la salida.

Estaba cubierto de escamas brillantes y fosforescentes que relucían y centelleaban con la luz.

Un par de ojos negros le devolvieron la mirada.

Su boca se abrió lentamente como una caverna, revelando una dentadura mugrienta.

—Es… es… —Abrió la boca para continuar, pero las palabras le fueron arrebatadas—. Lucerta…

Antes de que pudiera pensar en hacer cualquier otra cosa, antes de que pudiera mover la cámara hacia el humanoide, moverse, hablar, lo que fuera , un dolor le estalló en el pecho, cortándole la respiración.

Dejó caer el móvil al suelo. Aterrizó con un golpe sordo, con la cámara frontal apuntando hacia el cielo, todavía grabando.

Se agarró el pecho con el brazo derecho, los dedos buscando a tientas la linterna, mientras el dolor le recorría el brazo izquierdo como un relámpago.

¿Qué le estaba pasando? ¿Se lo estaba haciendo ella?

¿Había vuelto para matarlo, para vengarse por haberla delatado en internet?

El dolor, que ahora se concentraba en el centro de su pecho, le arrebató el pensamiento.

Sentía todo el cuerpo entumecido. Le fallaron las piernas y se desplomó en el suelo, dejando caer la linterna.

Se quedó tumbado boca arriba, consumido por el dolor, incapaz de dirigir la mirada hacia el humanoide reptiliano, boqueando, jadeando, luchando por cada aliento que hacía estallar destellos de un dolor al rojo vivo por todo su cuerpo.

—Ayuda…

Su voz fue apenas un susurro, perdido bajo el sonido de su respiración exagerada mientras el dolor crecía y crecía y crecía, alcanzando un crescendo, hasta que no quedó nada.

Hasta que el dolor desapareció. Hasta que tomó su último aliento.

Hasta que sus ojos se cerraron y el mundo —Lucerta, el lagarto humanoide; la transmisión en directo; la gente en el chat; los alrededores de la fuente— desapareció por completo en el vacío.