El Espejo de Los Dementes Capítulo 40 Una habitación sellada en la mente #2
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Capítulo 40 Una habitación sellada en la mente #2

Sus ojos brillaban más que nunca. El contraluz de la luna lo envolvía como un halo blanco, casi religioso.

El gigante se quedó quieto, como si se hubiera quedado sin cuerpo un instante.

Un hilo de aire le tembló en la boca. Los susurros —como gargantas arañando el velo de la realidad— se intensificaron, y por primera vez el sonido pareció adquirir una forma concreta: un eco de pasos pequeños, de juegos, de voces que se llaman por un nombre que solo alguien amado reconoce.

—Quieren jugar contigo —continuó el Hombre de los Nueve Dedos, sin prisa, dejando espacio para que la ilusión creciera sola—. ¿Tú quieres jugar con ellas?

Entonces Harpo se deshizo de verdad.

Lo que vino no fue un llanto humano. Fue un derrumbe.

Un cuerpo enorme sacudido por sollozos que parecían partirlo en dos, como si por fin se permitiera sentir todo lo que había contenido durante años: el deseo simple de volver a un lugar donde nadie lo miraba con miedo.

¿Cuánto llevaba sin llorar? Los absolutamente desesperanzados, los que tienen el alma tan desguazada, jamás lloran.

Asintió una vez, y ese gesto tuvo el peso de una firma. Asintió otra vez, más rápido, como si temiera que el mundo le retirara la oferta si dudaba demasiado.

—Te esperan abajo —continuó Darío—. En el acantilado. Ve con ellas. Baja a la terraza y allí abajo volverás a la sala de juegos.

Los susurros ya eran risas infantiles en la mente del gigante.

O quizá no, o quizá eran exactamente eso, y solo Harpo podía descifrarlo.

La clase de risa que el gigante había almacenado en algún rincón intacto de su cerebro como el único sonido bueno del mundo.

Cerró los ojos, apenas un parpadeo evocador, y, por un segundo, pareció escuchar de verdad a las niñas corriendo alrededor de él, trepándole por los brazos, pidiéndole que no se moviera, que fuera un castillo otra vez.

Iba a irse ya, como quien obedece una luz al fondo de un túnel, cuando Darío añadió una frase con un tono casi casual, como si recordara un detalle doméstico.

Faltaba una orden más.

La última palabra del Hombre de los Nueve Dedos.

—Y llévate a Dani contigo.

En ese momento la última ligadura había cedido. La cuerda cayó al suelo liberando a Darío. Y en ese segundo, Dani, que lo había escuchado todo —incluso él, cuya lucidez era nebulosa—, percibió que aquella situación se estaba afilando.

Demasiado tarde.

Unos brazos de oso rodearon a Dani. Harpo lo alzó como quien alza un peluche y lo apresó con el enorme antebrazo.

Se abrió un nuevo miedo. Esta vez real, cercano, concreto.

Primero forcejeó con torpeza, luego con desesperación.

Arañó, gritó, suplicó. Pero nada sirvió.

Solo quedó la presión en las costillas, la absoluta inutilidad de resistirse a aquella mole que solo quería volver a jugar.

El gigante se giró llevándose a su presa consigo. La frecuencia de los murmullos bailaba al son de la demencia. Echó a andar hacia la puerta. Al cruzarla, Dani consiguió aferrarse al marco, pero Harpo ni siquiera aminoró el paso. Sus dedos resbalaron uno a uno hasta soltarse.

Salieron de la buhardilla y bajaron las escaleras apresuradamente.

No parecían dos hombres, sino una sola sombra pesada deslizándose por las entrañas del Caserón.

Las tablas crujían, sí, pero parecían crujir con gusto, como si la casa estuviera acompañando el descenso.

Dani aullaba en el oído de Harpo, pero Harpo ya no oía ese sonido.

En su cabeza solo quedaban risas, ecos tibios y el olor a canela.

Y cada escalón era un paso más lejos de esta vida.

En ese momento, el doctor Albuquerque subía hacia ellos.

Subía las estrechas escaleras hacia la buhardilla, con la linterna como un ojo artificial encendiéndose en la oscuridad. El haz los golpeó de frente, cruel, amarillo, revelando el rostro descompuesto de Dani y la expresión extraña de Harpo: una mezcla imposible de llanto y serenidad.

—¿Dónde vas, Harpo?

No hubo respuesta.

No la habría.

Porque la sala de juegos lo esperaba.

Isaías intentó detenerlo, alzando instintivamente la escopeta, pero no hubo tiempo para ningún pensamiento más.

Fue arrollado sin contemplaciones, como si fuera un obstáculo absurdo de cartón.

El psiquiatra cayó hacia atrás, rodando por los escalones con un golpe seco.

La linterna dio vueltas, y en ese girar el pasillo se volvió una sucesión de fotogramas deformes: pared, escalón, sombra, cara.

Harpo pasó encima de él sin maldad, pisándolo, sin intención consciente de dañar, pero con el peso absoluto de una decisión anclada demasiado hondo.

Isaías acabó desplomado sobre los primeros escalones en una postura dolorosa.

Nada detendría a Harpo.

Los susurros lo alentaban.

Dani sigue aullando. Bajan otro piso hasta llegar a la puerta de la terraza. Un poderoso empujón y se abre de par en par, como un libro que contiene un misterio que sería mejor no entender.

La luna los ilumina como un foco de teatro, blanco, frío, inmisericorde. El viento los azota con sal. La noche los espera.

Ya no hay susurros, solo la furia del mar castigando las rocas. El mar reclama lo que es suyo. Abajo, el Vientre de los Ahogados ruge con una nota interminable, una garganta de agua tragándose el mundo. La baranda está ahí, simple, doméstica, absurda, como si el abismo fuera un patio cualquiera.

Harpo se acerca al borde. Dani suplica, muerde, patalea, araña, pero solo puede observar, impotente, cómo el gigante levanta una pierna y la pasa por encima del metal.

—¡NO! —grita, y el grito suena varias notas por encima del umbral de la desesperación humana, como un animal al que empujan al matadero.

Pero el gigante no lo mira. Tiene los ojos fijos en el mar, pero no ve espuma ni roca. Ve un cuarto tibio. Ve niñas corriendo. Ve manos pequeñas llamándolo. Ve un lugar donde puede volver a reír, donde no hay culpa, ni gritos, ni golpes, ni palabras difíciles.

Detrás de la pierna, el cuerpo.

Sin ceremonia, Harpo salta. El mar los toma con una eficiencia antigua, sin dramatismo, sin misericordia. La espuma los envuelve, los hace desaparecer en un parpadeo blanco.

El grito de Dani se corta de golpe.

Y abajo, muy abajo, el Vientre se los lleva como se ha llevado a miles antes.