Capítulo 41 Como artistas de tu oscuridad
El doctor Albuquerque despertó con la conciencia astillada.
Durante unos segundos no supo dónde estaba.
Solo percibió aquella cosa abrazándole el torso.
Abultada. Ceñida. Extrañamente ligera. No sabía qué era.
Solo que alguien se la había puesto mientras estaba inconsciente.
Intentó respirar hondo y el aire entró a trompicones.
Notó las muñecas inmóviles apresadas con una cuerda.
Los tobillos también. El suelo era piedra fría, húmeda.
Isaías empezó a sentir punzadas por todo el cuerpo —cabeza, espalda, extremidades— mientras recordaba a Harpo arrollándolo hasta hacerle perder el conocimiento. Emitió una queja mientras seguía reparando en el entorno.
Estaba en el sótano.
Las velas apenas sobrevivían. Pequeñas llamas enfermas, temblorosas, que más que iluminar, parecían insinuar.
A su luz, las paredes de la cueva se revelaban como un recuerdo de locura antigua.
Círculos, espirales, figuras imposibles.
Albuquerque ya los conocía. Pero desde el suelo, inmovilizado y a merced de aquellas llamas moribundas, parecían distintos. Más antiguos. Más vivos.
Y luego estaba el agujero.
Cerrado por una puerta de barrotes, emitía rugidos de las aguas moviéndose en las cuevas profundas y oscuras, que canalizaban las almas residuales de los cuerpos ahogados allá abajo encerrados durante milenios.
En los peldaños de la escalera, sentado con una quietud casi ritual, estaba Darío.
El Hombre de los Nueve Dedos.
Vivo, liberado.
Muy tranquilo.
Observaba los símbolos como quien escucha una conversación muy antigua.
No había urgencia en él. No había rabia visible.
Solo una atención absoluta, afinada, peligrosa.
Atrás quedó una noche en trance en la que conectó de manera orgánica con el caserón y con los susurros de las paredes.
Nada quedaba ya de aquel estado de semiconsciencia que le permitía percibir las emisiones de los dementes más sensibles a través de sus pesadillas.
El trance se había desvanecido por completo.
Pero algo había cambiado.
Esta vez lo recordaba todo.
Recordaba a Dani. A Harpo. Sus miedos, sus recuerdos, las grietas por las que había entrado en sus mentes.
Y, sobre todo, recordaba lo que había hecho con ellos.
A su lado estaba Celeste Kessler. El rostro amoratado, un corte en la frente, cubierto por una gasa manchada, el brazo vendado con torpeza. Dolorida, exhausta, pero viva. Demasiado viva. La habían olvidado. La habían dado por muerta. Y eso había sido un error.
El psiquiatra intentó hablar. La garganta solo produjo un sonido bajo, inútil. El eco se perdió entre los susurros que subían del agujero.
Porque el agujero hablaba.
No con palabras, sino con una respiración colectiva. Un rumor húmedo, profundo, como si miles de pechos invisibles inhalaran y exhalaran al mismo tiempo. El mar no solo golpeaba, también recordaba.
Darío habló al fin, sin mirar a nadie:
—Aquí se celebraba un culto ancestral, arcaico, perdido en las profundidades del tiempo —dijo, sin mirarlo—. Antes incluso de que existiera esta casa como tal. Los llamaban los Hijos de las Corrientes.
Su voz no era solemne. Era clara. Exacta.
—Pescadores, al principio. Gente sencilla que entendió algo que luego se disfrazó de superstición: que las corrientes bajo este acantilado no son naturales. Que eran algo más, porque ahí abajo el mar suena de otra manera.
Celeste cerró los ojos un instante mientras escuchaba. Los abrió de nuevo, como quien vuelve de muy lejos sin haberse movido del sitio.
—Creían que los ahogados no morían —continuó el escritor—. Que quedaban atrapados entre mundos. Que el mar los traía aquí desde cualquier punto, incluso desde cientos de kilómetros. Como si algo los reclamara.
Los susurros parecieron asentir.
—Aquí, en estas paredes, sentían reverberar la voz de los ahogados.
Y ellos la escuchaban en ceremonias. No hacían sacrificios, no los necesitaban.
El océano les entregaba cuerpos de sobra.
Náufragos, desaparecidos, cadáveres arrastrados durante siglos, atrapados bajo las rocas, en las cuevas sumergidas.
Un silencio largo, muy largo. Pesado, muy pesado. El agujero llamaba desde sus tripas. El Hombre de los Nueve Dedos giró entonces la cabeza y miró al psiquiatra. Una mirada encendida como ascuas.
Y fue peor que cualquier grito.
—Te he visto, doctor Isaías Albuquerque.
El nombre cayó como una losa. El médico sintió una gota helada de miedo recorriéndole la columna vertebral.
—Te vi ayer. A través de Dani. A través de Harpo.
Vi cómo los moldeabas. A ellos y a muchos pacientes de tu manicomio.
Mentes rotas. Personas solas, sin amor. Sin anclaje a nada.
Víctimas perfectas para tus dotes de manipulación.
Les mentías. Les ofrecías un sentido que no tenías derecho a dar.
Los usabas como armas. Como asesinos. Como extensiones de tus deseos. Como artistas de tu oscuridad.
El doctor forcejeó. La cuerda le mordía la piel.
—Te vi convertirlos en cómplices —prosiguió Darío—. Obligarlos a cruzar líneas que no eran suyas. Ponerlos al límite. Te vi ordenar a personas que carecen de referencia moral que ejecutaran actos nefastos. Y luego observar. Obligarlos a dibujar los horrores para recrearte.
El aire del sótano se espesaba. Las velas parpadearon, proyectando a espaldas de Darío y Celeste sombras que, por un instante, parecieron erizarse. Los susurros culebreaban desde el agujero. Isaías trató de tragar una saliva que no tenía.
—He conectado aquí con muchas mentes enfermas —añadió el escritor—. Dementes. Perturbadas. Llenas de horrores que nadie debería conocer. Y, sin embargo, al final me encontré con la peor de todas.
Se inclinó apenas hacia delante.
—La mente consciente. La mente que elige. La que sabe lo que hace y aun así lo hace. Alguien que debía ayudar a los que estaban atrapados en sus cabezas y decidió usarlos para descargar su propia podredumbre. Tú.
El mar respiró más hondo. Las paredes vibraron.
—Eres un monstruo. El mayor monstruo que se pueda imaginar.
Darío se levantó mientras se acariciaba el muñón del dedo que faltaba. El psiquiatra instintivamente intentó retroceder. Antes de hablar, buscó la mirada de Celeste. Ella le sostuvo la mirada, impasible. No hizo falta más. Entonces dijo, casi con amabilidad:
—Vamos a llamar a la policía. Llegará enseguida.
Y durante unos segundos, Albuquerque vio una salida.
Una cárcel. Con suerte, manipulando al juez, acabaría en un psiquiátrico.
Sabría fingir enajenación, conocía perfectamente los engranajes de la psiquiatría.
Y, una vez en una residencia mental, sabría moverse.
Sabría escalar. Juntarse con otros pacientes.
Escucharlos. Hablarles. Podría manipular desde dentro. Volver a controlar. Sobrevivir.
Una sonrisa mínima le brilló en los ojos. El rostro permaneció hierático.
Pero el Hombre de los Nueve Dedos tiene algo más que decir.
—Como te he dicho antes, los Hijos de las Corrientes no hacían sacrificios —añade—. Y es cierto. Nunca se les presentó el momento adecuado.
Se acerca con algo en las manos: cinta aislante. Y una llave antigua, pesada, ennegrecida por el tiempo.
El terror, ahora sí, es absoluto.
Darío introduce la llave en el candado de la verja. Gira entre quejidos oxidados. El metal cede con un lamento largo, casi humano, y se abre.
El agujero exhala.
Abajo aguardan cientos, miles de cuerpos absorbidos por el Vientre de los Ahogados. No solo cadáveres: conciencias atrapadas, ecos, presencias sin descanso. El fondo del mundo.
El escritor se agacha y le sella la boca al doctor con la cinta.
—Esto significa —dice— que tu muerte no será inmediata.
Albuquerque mira su torso. Comprende al fin. Aquello que lo envuelve, que lo aprisiona, que había confundido con una coraza es un chaleco salvavidas.
El pánico le desgarra el pecho.
—Cuando llegue la policía —continúa Darío— encontrará una rejilla cerrada. Y el rumor del mar subiendo desde abajo. Nada más. Nadie te encontrará.
Lo agarra por la ropa. Lo arrastra. El doctor patalea, inútil. Los susurros se agitan, expectantes. Hambrientos.
—Te condeno —dice el Hombre de los Nueve Dedos, con una calma terrible— a la peor de las muertes posibles. A flotar en la oscuridad. A no hundirte nunca. A permanecer consciente en el infierno, rodeado de cadáveres, con sus almas susurrándote durante toda la eternidad. Acogiéndote y devorándote.
Y Darío Salvatierra lo arroja.
El cuerpo desaparece en la negrura. No hay chapoteo. Solo el sonido del mar cerrándose sobre sí mismo.
El Vientre de los Ahogados acepta su ofrenda.
Arriba, las velas siguen ardiendo.
Y por primera vez en siglos, los susurros parecen satisfechos.