El Espejo de Los Dementes Capítulo 39 La misma sangre mirando desde dentro #4
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Capítulo 39 La misma sangre mirando desde dentro #4

El golpe metálico abajo no había vuelto a repetirse. Ahora había demasiado silencio. Y el tiempo transcurrido sin recibir noticias empezaba a preocuparle. Isaías apretó los labios. Tenía que saber quién había llamado. Dónde estaba Nazario. Si alguien más se movía por la casa.

Se volvió hacia los otros dos. Todavía dudó sobre si dejar a Dani y Harpo solos en una situación tan delicada, pero miró de nuevo a Darío: aquella catatonia absoluta, aquella quietud de cuerpo abandonado por la conciencia, terminó por decidirlo.

—Quedaos aquí —ordenó—. No hagáis nada. Está atado, así que no puede haceros nada.

Ni Dani ni Harpo respondieron. Estaban acongojados, demasiado atentos a las voces que parecían llegar de todas partes.

Y, sobre todo, atentos a la imponente presencia del Hombre de los Nueve Dedos.

El psiquiatra tomó la escopeta y la linterna.

Salió de la buhardilla y se precipitó escaleras abajo.

Los susurros lo envolvieron quizá de otra manera.

Ahora sonaban espesos, cambiantes, como si la casa ajustara su respiración a su paso.

La madera crujía bajo sus pies con una queja antigua.

El mar empujaba desde abajo, dando la sensación, mientras bajaba, de que el sonido era más íntimo. Más cercano al oído que al agua.

El haz de la linterna barría las paredes, los cuadros, las puertas cerradas. Llegó al pasillo de la planta baja. Allí al fondo, la puerta principal estaba abierta. Por la abertura entraba la luz de la luna, blanca, fría, dibujando un rectángulo imperfecto sobre el suelo.

Y delante de ese rectángulo había cuerpos.

Dos.

El haz de la linterna se detuvo primero en el pijama de hospital.

Reconoció el estampado sin esfuerzo. Nazario estaba boca abajo, torcido, manchado de sangre, inmóvil.

La linterna recorrió su espalda, las piernas, las manos abiertas contra el suelo.

No se movía. Desde aquella distancia, el psiquiatra no pudo saber si respiraba.

Isaías avanzó un paso. El otro cuerpo estaba a su lado, sentado en el suelo y derrumbado sobre sí mismo. Alrededor de él, un charco oscuro. Tenía una mano apoyada en el cuchillo que le salía de la axila. La hoja brillaba húmeda. La sangre le empapaba el costado, el pecho, el suelo.

Y, sin embargo, de algún lugar de aquel cuerpo, emanaba una leve respiración a golpes.

Seguía vivo.

Isaías se acercó despacio. Iluminó el rostro del intruso. El hombre levantó apenas una mano para protegerse de la luz, un gesto débil, inútil. Estaba encorvado, derrotado por su propio cuerpo. Faltaba carne donde antes había habido una mejilla.

El psiquiatra lo observó atento. Le gustaba ese momento. El umbral exacto. El instante en que un cuerpo todavía respiraba, pero ya pertenecía un poco a la muerte.

Así que esperó.

Quería ver cómo se apagaba solo.

Una corriente invisible pareció ascender por sus dedos desde la escopeta. Un hormigueo tenue, eléctrico, que le recorrió las manos y fue trepando lentamente por los brazos. Albuquerque bajó la mirada hacia el arma. Y se dibujó en su mente una pregunta.

¿Por qué no?

¿Por qué no ser, por una vez, el protagonista?

Alzó la escopeta. Acercó el cañón a la cabeza del hombre.

Sintió un cosquilleo en la entrepierna, una oleada cálida, obscena.

El poder puro. Durante un segundo comprendió la embriaguez de ser dios.

No el dios misericordioso de las estampitas y las plegarias, sino el antiguo, el terrible: el que decide quién continúa respirando y quién deja de hacerlo.

Bastaba una contracción del dedo. Un gesto insignificante para separar una vida de la eternidad.

Los murmullos parecieron empujarle la nuca, incitarle, aprobar.

Disparó.

La detonación iluminó todo el pasillo. El disparo hizo que la sangre salpicara las paredes y se extendiera varios metros por el suelo. El cuerpo cayó a un lado y dejó de retorcerse. El silencio que quedó después fue viscoso, casi reverente.

Isaías se quedó quieto.

Una química oscura le recorrió el cuerpo entero, dejándolo suspendido un instante entre el placer y algo más hondo. Solo quedó el olor a pólvora y los susurros. Una erección empieza a crecer en sus pantalones.

Entonces se vuelve hacia Nazario. Se agacha y le habla.

Su paciente parece querer hablar, pero un hilo de voz se pierde entre los murmullos del suelo.

Lo examina con rapidez clínica. Ve el martillo en el suelo, cerca de su cuerpo.

Le levanta el pijama por la espalda: hematomas profundos, golpes brutales, la columna marcada como un mapa de violencia. Los daños parecen muy graves.

Lo gira con cuidado, poniendo boca arriba aquel cuerpo destrozado. Nazario tiene los ojos abiertos. El médico ilumina su rostro con la linterna. También tiene parte de la cara desgarrada. Los ojos se entrecierran ante la agresividad de la luz.

—No puedo moverme —susurra Nazario—. Ayúdeme…

Isaías Albuquerque se incorpora despacio. Y entiende, con una claridad nueva, casi luminosa, que no sirve de nada un lobo sin dientes.

Nazario empieza a suplicar. Palabras rotas. Promesas. El miedo le deforma la voz.

Los susurros se agitan. Parecen saber lo que va a hacer.

El doctor sonríe. Una sonrisa tétrica, lenta, apenas un gesto que se abre lentamente en un rostro donde cada vez queda menos del hombre que ha sido. Ha cogido el gusto a la muerte.

Y entiende que no puede parar.

Se toca la entrepierna. Su miembro está duro como nunca.

Se pone de pie sobre su paciente, con una pierna a cada lado del cuerpo. Encaja la culata contra su hombro y apoya el cañón sobre el pecho de Nazario. La mano que sostiene el arma sujeta también la linterna, manteniendo el haz sobre su rostro.

Esta vez quiere verlo.

Quiere los ojos.

Quiere ese instante preciso.

Entonces dispara, partiendo la noche en dos.

Y por aquella grieta sale el último hombre que todavía queda dentro de Isaías Albuquerque.