El Espejo de Los Dementes Capítulo 39 La misma sangre mirando desde dentro #3
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Capítulo 39 La misma sangre mirando desde dentro #3

La puerta se movió, como una compuerta que abre la noche a las criaturas de ojos brillantes que allí aguardan.

La oscuridad del Caserón se rajó de arriba abajo y dejó entrar una lengua de luz lunar.

Durante un instante, la noche y la casa parecieron contemplarse a través de aquella abertura, cada una esperando descubrir qué clase de criatura habitaba al otro lado.

A un lado, Hugo Santacruz, bañado por la luz de luna con la palidez de un cadáver. Una mano extendida, detrás de la hoja sin abrir, ocultando de la vista el martillo. Un martillo que parecía —que quería— latir.

Al otro lado, Nazario Bellvís, el pijama blanco del hospital flotando en la penumbra como un sudario. Tenía el cuerpo ligeramente ladeado y un brazo oculto a la espalda. En aquella mano sostenía el cuchillo.

Dos hombres.

Dos armas escondidas.

Dos formas distintas de locura separadas apenas por el umbral de una puerta.

—¿Quién es? —preguntó Nazario.

Los susurros escaparon por la rendija de la puerta como vapor caliente. Recorrían espalda, hombros, cabeza de ambos. Sonaban como un idioma de los malditos imposible de descifrar.

Se miraron, se estudiaron, se olieron.

Y se reconocieron.

No por los rasgos, sino por aquello roto que asomaba detrás de la mirada. La afinidad inmediata, sucia, sin palabras. La misma falta de cordura. La misma ausencia de realidad. La misma sangre mirando desde dentro.

Allí, cualquier frase era ya un error.

Hugo atacó primero.

Empujó con su mano libre al hombre que la franqueaba y entró violentamente en el pasillo, alzando el martillo para golpear. Nazario recuperó el equilibrio con un reflejo animal y se lanzó contra él, intentando apuñalar.

Los cuerpos chocaron, se asieron, se abrazaron. Estaban demasiado cerca. Las armas en lados opuestos, las manos libres asiendo la muñeca del otro buscando inmovilizar el ataque del enemigo.

Forcejearon.

Cuerpos tensos, sudor frío, alientos mezclados.

Las caras a centímetros.

Odio puro respirándose.

Los susurros subieron de volumen, como si la casa se inclinara para mirar mejor.

La saliva le caía a Nazario por la comisura, espesa, animal. Logró zafar su mano y clavó dos puntadas breves, de escaso recorrido, en el costado de Hugo.

Este aulló y mordió la cara de su oponente. Nazario gritó y mordió también. Dientes contra carne.

La carne se desgarró.

Las bocas se llenaron de sangre.

El cuchillo seguía buscando muerte. Para evitarlo, Hugo echó el peso hacia adelante empujando a su oponente y cayendo ambos al suelo.

Rodaron, ambos cuerpos juntos, forcejeando. Las respiraciones agitadas, desesperadas, asesinas.

Los murmullos incitaban a matar.

El filo seguía intentando clavarse. El martillo no encontraba ángulo, arco de golpeo. Dejaban manchas de sangre ajena y propia. Nazario intentó morder el cuello. Hugo metió el hombro y bloqueó el ataque rival.

Volvieron a rodar, enredados.

Hugo logró ponerse encima, metió una rodilla entre ambos y se impulsó hacia atrás logrando una posición vertical. En el retroceso, una cuchillada le rajó el muslo.

Nazario intentó levantarse.

Demasiado tarde.

Ya venía el martillo hacia él.

Solo pudo alzar el antebrazo para protegerse. El impacto le quebró el hueso con un dolor blanco. Sonó como una rama al quebrarse. Durante un instante, Nazario dejó de oír los susurros, el mar, incluso sus propios gritos. Solo existió aquel fogonazo dentro del brazo.

El martillo volvió a golpear.

Y otra vez más.

Y la defensa era la misma: mientras retrocedía, el antebrazo recibía los embates del hierro.

Los huesos se quebraban bajo la carne, convirtiendo el antebrazo en algo blando, inútil, lleno de astillas invisibles.

Nazario retrocedía aullando, pero continuaba levantándolo por puro instinto, ofreciendo una y otra vez aquel escudo destruido.

Hugo avanzaba, golpeaba, destrozaba.

Volvió a alzar el martillo. Esta vez no buscó un golpe rápido.

Quería uno definitivo.

Hugo echó el brazo hacia atrás y levantó el martillo por encima de la cabeza, demasiado alto, hasta sentir el hombro tensarse y todo el peso de la herramienta suspendido a su espalda.

Necesitaba recorrido. Necesitaba impulso.

Quería descargar sobre su presa un golpe capaz de atravesar la defensa, los huesos, cualquier cosa que aquel hombre interpusiera entre el hierro y su cabeza.

Y cometió un error.

Porque para ganar fuerza, regaló tiempo.

Apenas un segundo.

Pero en una pelea como aquella, un segundo era una puerta abierta.

Entonces, Nazario se lanzó hacia delante con toda la desesperación acumulada, metiéndose dentro del arco del martillo justo cuando Hugo empezaba a descargarlo.

El martillo golpeó, encontrando el hombro de Nazario, que se hundió bajo el mazazo con un crujido seco.

El dolor le atravesó el cuerpo, pero el impulso ya lo llevaba hacia delante.

Hacia Hugo.

Hacia la distancia donde un martillo dejaba de ser un martillo.

Y un cuchillo seguía siendo un cuchillo.

Y ahí, sin nada que pudiera impedirlo, la puñalada fue directa al estómago.

Un grito de dolor. Los murmullos cambiando la frecuencia. La hoja salió caliente desde el vientre de Hugo. Un hilo oscuro la siguió. Hugo gimió, más de rabia que de dolor, y trató de ganar espacio para descargar el martillo. Pero Nazario se le pegó.

Pecho contra pecho.

Aliento contra aliento.

Y el cuchillo volvió a atacar. Otra puñalada se hundió en la cadera hasta encontrar el hueso.

Hugo intentó apartarlo y consiguió apenas el espacio necesario para lanzar un martillazo corto, torpe, sin recorrido. La cabeza metálica se estrelló contra las costillas de Nazario.

Este se dobló. El aire salió de sus pulmones de golpe.

Pero no se apartó. Al contrario, aprovechó su propio encogimiento para hundirse todavía más contra él, atrapado en aquel abrazo de sangre. Aferró el cuchillo y buscó a ciegas un lugar donde enterrarlo.

Y lo encontró bajo el brazo. Porque Hugo levantaba el martillo otra vez cuando la hoja se le clavó, desapareciendo en la axila.

Profunda.

Letal.

Hugo se quedó inmóvil. Esta vez no gritó. Abrió la boca, pero solo salió un sonido pequeño, húmedo, casi de sorpresa.

Nazario aprovechó para retroceder, dejando el acero dentro.

Jaque mate.

Dio un paso atrás. Intentaba huir de espaldas. Pero el martillo volvió a golpear. Nazario se cubrió con la mano sana. Los dedos crujieron y cayó hacia atrás.

Giró su cuerpo en el suelo.

Intentó arrastrarse.

Huir.

Pero ¿con qué?

Un brazo era ya un peso muerto, una masa de huesos quebrados que colgaba de su cuerpo. La otra mano acababa de quedar destrozada. Arañó el suelo con aquellos dedos inútiles, tratando de encontrar apoyo, y apenas consiguió avanzar unos centímetros.

Detrás de él, su adversario seguía en pie.

No debería. El cuchillo continuaba clavado en su cuerpo. La sangre descendía por su costado, caliente, abundante, robándole fuerzas con cada latido.

Pero algo en él se negaba a morir.

Un último residuo.

Un chispazo miserable de vida negándose a apagarse.

Y la mano todavía no había soltado el martillo.

Mientras pudiera cerrarse alrededor del mango, Hugo Santacruz aún tenía algo que hacer con el poco odio que le quedaba.

Nazario intentó reptar como una culebra huidiza, pero apenas podía impulsarse. Arrastraba el cuerpo dejando un rastro oscuro.

Entonces un martillazo descendente. Cayó en la parte lateral de la rodilla, haciendo estallar la rótula.

Nazario gritó.

Y el Caserón susurró más fuerte, como disfrutando de aquella danza de la muerte.

Hugo, con el cuchillo dentro, notó el frío crecerle por dentro. Quedaba poco tiempo, su clepsidra se vaciaba. Se abalanzó sobre el cuerpo que intentaba arrastrarse y siguió golpeando con el martillo, una y otra vez.

Sin ritmo.

Sin medida.

Primero muslo. Luego el coxis. Después espalda, tres golpes, cada uno más alto que el siguiente, para terminar en las vértebras. Golpes violentos, letales, que hacían crujir huesos bajo el peso metálico.

El cuerpo de Nazario dejó de moverse.

Ya no huía.

Hugo cayó sobre él, exhausto, aplastándolo con su propio peso. Permaneció unos segundos así, respirando a bocanadas, con la frente casi apoyada en su espalda. Cada inspiración era más corta que la anterior. Cada latido parecía llevarse algo consigo.

Pero todavía no había terminado. Intentó alzar el martillo. Un último golpe.

Solo uno.

Quiso levantarlo lo suficiente para machacarle el cráneo, pero el brazo se detuvo a mitad del recorrido. Hugo abrió la boca y buscó aire desesperadamente. Pero no era aire lo que faltaba. Era sangre. Vida.

El arma descendió lentamente, vencido por su propio peso, hasta que la cabeza metálica tocó el suelo.

Se dejó caer sentado. Durante unos segundos permaneció allí, encorvado, intentando comprender por qué su cuerpo había dejado de obedecerle. Después, la mano se abrió sola. El mango del arma se deslizó entre sus dedos.

La fuerza lo abandonó de golpe. Se acurrucó sobre sí mismo, tocando el cuchillo que lo iba apagando desde dentro.

Sabía que morir no es más que darle la razón a una vida de mierda.

Los murmullos le hablaron.

Y, por primera vez, sonaron como una bienvenida.

***

Nazario tardaba demasiado. Y eso no era bueno.

El doctor Albuquerque permanecía en la buhardilla con Darío atado a la silla.

El Hombre de los Nueve Dedos seguía igual: la espalda recta, la cabeza ligeramente ladeada, los ojos abiertos sin enfocar a ningún sitio.

Ni un parpadeo. Ni un gesto. Ni siquiera las cuerdas parecían ejercer presión sobre su cuerpo.

Los susurros reptaban por la inclinación del techo, rozaban las vigas y descendían por las paredes con la paciencia de una humedad antigua.

Sin embargo, alrededor de Darío parecían apagarse.

Morían antes de alcanzarlo. Como voces que, al acercarse demasiado, descubrieran de pronto que debían guardar silencio.