El Espejo de Los Dementes Capítulo 39 La misma sangre mirando desde dentro #2
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Capítulo 39 La misma sangre mirando desde dentro #2

¿Qué demonios había dentro de Darío Salvatierra?

¿Qué mecanismo, qué anomalía, qué prodigio escondía aquel cerebro para entrar en los sueños de otros hombres? ¿Cómo podía conocer imágenes que jamás había visto, lugares en los que nunca había estado, horrores encerrados en cabezas ajenas?

La explicación estaba allí.

Dentro de él.

Isaías solo tenía que encontrar la manera de sacarla.

Después podrían quemar lo que quedara.

Y comerse sus cenizas.

El psiquiatra empezó a apretar el primer nudo. Los murmullos recorrían las paredes. El Vientre de los Ahogados rugía. Los pacientes observaban paralizados.

Y entonces ocurrió.

Un golpe metálico rajó los susurros.

Venía de abajo. De muy abajo.

Isaías se quedó quieto. Durante un instante creyó haberlo imaginado. Con tantos murmullos reptando por las paredes, con el rugido lejano del Vientre de los Ahogados subiendo desde las entrañas del Caserón, cualquier ruido podía confundirse con otra cosa.

Entonces volvió.

CLONG, CLONG, CLONG, CLONG…

Dani dio un pequeño respingo. Harpo giró lentamente la cabeza hacia la puerta de la buhardilla. Incluso Nazario pareció olvidar el cuchillo que apretaba en la mano.

Silencio.

Y otra vez:

CLONG, CLONG, CLONG, CLONG…

Esta vez Isaías reconoció el sonido.

Alguien, en mitad de aquella noche, estaba llamando a la puerta del Caserón.

***

El doctor Albuquerque dudaba. Y esta vez dudaba de verdad.

Durante unos segundos demasiado largos permaneció inmóvil, mirando hacia la puerta de la buhardilla.

¿Quién demonios llamaría a la puerta a esas horas de la madrugada?

¿Quién recorrería aquel camino muerto, junto al acantilado, para terminar precisamente allí, ante un Caserón aislado que nadie visitaba por casualidad?

No tenía sentido.

Y Albuquerque necesitaba que las cosas tuvieran sentido.

Otro golpe resonó desde abajo.

CLONG.

Se sobresaltó. Y se dio cuenta de algo peor. Sus pacientes lo estaban mirando.

A él.

Dani esperaba una explicación. Harpo permanecía quieto, desconcertado. Nazario apretaba el cuchillo mientras sus ojos iban de la escalera al psiquiatra, como si aguardara una orden que no llegaba.

Isaías sintió cómo algo se resquebrajaba.

No podía permitirse aquello.

Porque siempre había sido él quien sabía qué hacer.

Desde que se convirtió en su mentor, desde que aprendió a internarse en el mundo de aquellas mentes enfermas y a gobernar el caos que habitaba en ellas, el doctor había sido la certeza.

El que comprendía lo que los demás no podían comprender.

El que interpretaba sus delirios, anticipaba sus reacciones y transformaba sus impulsos dispersos en una voluntad única.

Para ellos, Albuquerque siempre sabía qué estaba ocurriendo.

Y ahora no lo sabía.

CLONG.

Los ojos continuaban sobre él, esperando, juzgando.

Pero no podía obviarlo, no podía acelerar aquel proceso porque para el ritual que le tenía preparado al Hombre de los Nueve Dedos necesitaba tiempo. Mucho tiempo.

Tiempo para recrearse con él.

Tiempo para desmontarlo capa a capa y observar en qué momento empezaba a romperse.

Había que eliminar cualquier interrupción, cualquier elemento ajeno.

Bajar con la escopeta era una opción. Pero no quería dejar atrás la buhardilla.

No quería dejarlos solos con Darío. Especialmente no a Nazario.

No en ese estado de inestabilidad, capaz de tener en cualquier momento un brote psicótico y acabar la diversión antes de tiempo.

El golpe metálico volvió a sonar abajo. El psiquiatra tomó una decisión y se giró hacia Nazario.

—Están llamando a la puerta —dijo, con una calma que no admitía réplica—. Debe de ser un intruso.

El paciente levantó la vista, aún con el cuerpo rígido, el sudor frío pegándole el pijama a la piel.

—Es todo para ti —continuó Isaías—. Asegúrate de que muera. Después volverás aquí. Te necesitaré con el Hombre de los Nueve Dedos.

Nazario asintió. Casi pareció aliviado. Salir de aquella estancia, ir a la puerta, quizá salir al exterior y alejarse de aquellos susurros.

Y matar.

Apretó el cuchillo con fuerza y salió de la buhardilla.

Los pasos se perdieron escaleras abajo. Isaías volvió a Darío y terminó de atarlo.

Apretó el nudo con cuidado, asegurándose de que el cuerpo quedara bien sujeto a la silla.

El escritor seguía inmóvil, imperturbable.

Como si ya no estuviera allí. Como si el tiempo no lo tocara.

Eso lo irritó.

El médico tensó un poco más la cuerda sin ninguna contemplación.

Abajo, alguien seguía llamando a la puerta.

***

Hugo Santacruz llevaba horas escondido.

La arboleda cercana al Caserón le ofrecía justo lo que necesitaba: sombra, cobertura, líneas claras de visión.

Permanecía agazapado entre los troncos, inmóvil, con la paciencia de quien ha pasado media vida esperando el instante correcto.

El viento traía sal. El mar rugía abajo, pero no lo distraía. Él estaba allí por una sola cosa.

Su padre.

El Hombre de los Nueve Dedos no aparecía. No había movimiento en la casa desde hacía horas. Ni entradas ni salidas. Así, hasta que la noche lo alcanzó.

Dos coches descansaban frente al Caserón, oscuros, mudos. Demasiada gente. Hugo sólo sabía cazar uno a uno, por la espalda, sin aviso. Pero con su padre nada iba a ser tan limpio. Nunca lo había sido.

La luna empezó a regar la casa con una luz blanca, revelando volúmenes, ventanas, líneas duras.

Entonces vio movimiento.

Una figura llegó desde el camino, y se puso a rodear el caserón. Hugo tensó el cuerpo. ¿Era él? Esperó. La figura regresó por donde había venido.

Al rato, la escena cambió. Aparecieron tres figuras vestidas de blanco, fantasmas de hospital bajo la luna, cargando una escalera metálica. Hugo frunció el ceño. Aquello no entraba en ninguno de sus escenarios. Poco después, las luces del Caserón se apagaron.

Luego se acercaron a la puerta. Uno de ellos entró. Hugo alcanzó a ver un destello en su mano antes de que desapareciera en el interior.

Un cuchillo.

Hugo sintió el pulso golpeándole en la garganta. Los demás aguardaron fuera. Aquello no estaba bien. Nada de aquello estaba bien.

El azar había vuelto a meter la mano donde no debía.

Había lanzado sus dados sobre aquella noche y le había destrozado el escenario que Hugo llevaba tanto tiempo imaginando.

Cuando salía de caza, una sola variable inesperada bastaba para hacerlo desistir.

Un acompañante imprevisto. Un coche que aparecía donde antes no estaba.

Una ventana encendida. Un perro pululando.

Cualquier detalle que alterase el orden previsto significaba retirada. Siempre.

Porque entonces regresaba la voz de su madre.

No destaques, Hugo, hijo mío.

No llames la atención.

No dejes que te descubran.

Y él obedecía. Aquella voz lo había mantenido con vida. Era una regla inamovible que jamás…

Entonces sonó un disparo.

El fogonazo iluminó la fachada durante una fracción de segundo. Hugo se encogió instintivamente entre los árboles.

Un disparo. Un hombre armado con un cuchillo. Otros tres esperando fuera.

Aquello ya no era una variable.

Era una advertencia.

Pero aquella no era cualquier cacería.

Era la caza.

La definitiva.

La única que importaba.

La única que siempre importó.

Y no habría otra oportunidad.

Porque al otro lado de aquellos muros estaba su padre.

Reencarnado en el Hombre de los Nueve Dedos.

Por primera vez en su vida, Hugo Santacruz decidió desobedecer a su madre.

Otra figura se movió bajo la luna y entró en la casa.

Esta no vestía de blanco. Llevaba ropa normal.

Hugo abandonó su posición y avanzó unos metros entre los árboles, despacio, procurando no pisar ramas secas.

Necesitaba un ángulo mejor. Ver, escuchar, si el viento y el rugido del mar se lo permitían.

Entender qué estaba ocurriendo allí dentro.

La puerta volvió a abrirse.

Los dos hombres salieron. El del pijama blanco se dejó caer en los escalones de la entrada.

Incluso desde aquella distancia, Hugo percibió algo extraño en su postura.

Parecía abatido, confuso. El otro permaneció de pie frente a él, hablándole con una serenidad que contrastaba con todo lo que acababa de suceder.

¿Lo estaba consolando?

Hugo frunció el ceño. Los otros dos observaban en silencio. Cuatro hombres frente a un caserón en mitad de la noche. Un cuchillo. Una escopeta. Un disparo. Y ahora uno consolaba a otro.

Hugo no entendía una mierda.

El mar rugía, lejano y cercano. La noche respiraba con el viento. Las ramas temblaban bajo la luna.

De repente, los intrusos volvieron a moverse. Subieron los escalones y entraron en el Caserón. Hugo esperó un par de minutos.

Después dejó la mochila entre los árboles y sacó el martillo.

Abandonó la arboleda.

Al dejar atrás el último tronco sintió el cuerpo desnudo bajo la luna. Ya no había ramas, sombras ni distancia detrás de las que desaparecer.

Aun así, siguió avanzando hacia la casa.

Probó las ventanas. Cerradas. Rodeó el perímetro buscando otra entrada. Nada. La puerta principal tampoco se abrió. El Caserón se había sellado como un animal que se protege.

Solo quedaba una opción.

El factor sorpresa. Un movimiento que nadie esperaría en una noche como aquella. Algo tan descarado para lo que no habría respuesta ensayada.

Avanzó hasta la puerta principal. Alzó la mano.

Golpeó el llamador de bronce.

CLONG...

Esperó.

Nada.

Golpeó otras dos veces, cada una más fuerte que la anterior. El sonido metálico se extendió por la noche, claro, insolente, imposible de ignorar.

Hugo esperó.

Apretó el mango de madera del martillo.

Los rugidos del Vientre de los Ahogados se sentían ahora con una nitidez pasmosa.

Respiró hondo.

Nada.

Y de repente, la puerta se abrió.

***