El Espejo de Los Dementes Capítulo 39 La misma sangre mirando desde dentro
94%

Capítulo 39 La misma sangre mirando desde dentro

En algún momento de la noche, Darío se había incorporado.

No había sido un despertar limpio. No abrió los ojos con intención ni con memoria.

Fue como si algo dentro de la casa hubiera tirado de un hilo que llevaba mucho tiempo atado a él.

Se levantó del camastro y caminó hasta la mesa con pasos torpes, descalzo, la camiseta interior pegada a la espalda por el sudor frío.

El mar seguía ahí, golpeando abajo; pero en la buhardilla el sonido no era mar: era un lenguaje arcaico.

Un idioma hecho de miles de pequeñas fricciones, de murmullos que variaban de frecuencia como si alguien girara un dial invisible.

Se sentó ante la máquina de escribir.

La máquina aguardaba. No parecía abandonada, sino paciente, como si supiera que tarde o temprano Darío volvería a poner las manos sobre ella.

El metal, opaco. Las teclas manchadas. El rodillo inmóvil.

Solo faltaba el primer clac. El sonido que abriría de nuevo aquello que el escritor llevaba tanto tiempo intentando mantener cerrado.

Apoyó las manos sobre ella, sin escribir. La punta del dedo amputado rozó una tecla, y la sensación le recorrió el brazo como una descarga menor, un recordatorio.

Volvía a estar en trance. No dormido del todo.

Tampoco consciente. En ese lugar intermedio donde la voluntad se ablanda y uno deja de saber qué pensamientos nacen dentro y cuáles acaban de entrar.

Los susurros le atravesaban el cráneo y, por un instante, le pareció que podía distinguirlos: decenas, centenas, tal vez miles.

Las voces raspaban unas contra otras como insectos atrapados detrás de las paredes.

O detrás de sus ojos. Darío ya no habría sabido decir dónde.

O quizá comprenderlas era precisamente la trampa.

Quizá nunca había sido él quien escuchaba.

Quizá, desde el principio, eran ellas las que habían encontrado una forma de entrar. La máquina volvía a llamarlo.

Pero él se contenía. Había una parte lúcida, enterrada en lo profundo, que recordaba el coste.

Recordaba lo que sucedía cuando cedía. Abrirse otra vez significaba dejar de pertenecerse por un tiempo, permitir que la corriente lo atravesara y lo utilizara como un canal.

Aún conservaba el dolor, la culpa y esa sensación posterior de haber escrito algo que no le pertenecía, de haber zarandeado el avispero de los demonios.

Por eso no tecleó. Se quedó ahí, inmóvil, las manos tensas sobre el metal, como quien sostiene una puerta mientras alguien empuja desde el otro lado.

Y en ese trance, no oyó el disparo de Celeste retumbar por los pasillos de las plantas inferiores.

Ni supo —porque no había espacio para saberlo— que, en algún momento, mientras él permanecía sentado ante la máquina sin escribir, alguien acababa de entrar en la habitación.

***

El haz de la linterna cortó la oscuridad. Recorrió el techo inclinado, descendió por las manchas de pintura, encontró la mesa frente al ventanal… y allí se detuvo.

El Hombre de los Nueve Dedos estaba allí.

De espaldas a ellos. Sentado ante la máquina de escribir.

El doctor Albuquerque alzó la escopeta y le apuntó al centro de la espalda. Esperó el reflejo. El sobresalto. Ese instante en que el cuerpo comprende el peligro antes de que la mente consiga ponerle nombre.

Pero no ocurrió nada.

—No te muevas —dijo Isaías, en voz baja.

Nadie se movió. Darío no reaccionó, no giró la cabeza, no tensó los hombros. Ni siquiera pareció escuchar.

El psiquiatra frunció el ceño.

—Eres Darío Salvatierra, ¿verdad?

Silencio.

Los susurros rebotaban por la buhardilla, multiplicándose contra la madera, contra el vidrio del ventanal, contra la máquina de escribir. No eran más fuertes que antes. Solo parecían ocupar más espacio.

Detrás de Isaías, los pacientes estaban clavados al suelo.

Dani había palidecido. Miraba a Darío y veía algo que había dibujado demasiadas veces.

Lo había visto en sus pesadillas, sentado así, inmóvil —clac, clac, clac—, con la espalda enorme y la cabeza ligeramente ladeada, como un ídolo que no necesita mirarte para saber que estás allí.

Y escribiendo, relatando horrores. El terror le subía desde el estómago, le nublaba la vista.

Harpo necesitaba saber qué tenía delante para saber qué debía sentir. Pero aquel hombre no hacía nada. No amenazaba. No suplicaba. No tenía miedo. Y aquella ausencia de respuesta lo desconcertaba más que cualquier grito.

Nazario estaba al límite. Demasiados susurros, demasiado ruido por dentro, demasiado recuerdo del sótano.

Albuquerque sospechaba que podía quebrarse en cualquier momento y eso era peligroso para cualquiera que estuviera a su alrededor, porque lo hacía impredecible.

Un loco impredecible, escuchando voces externas, con perfil sádico y con un cuchillo en la mano era una auténtica bomba de relojería.

Miró a Harpo.

—Gira la silla hacia nosotros —ordenó.

El gigante tuvo unos instantes de duda, aunque finalmente avanzó y agarró el respaldo.

El cuerpo de Darío era grande, pesado, pero Harpo tenía fuerza de sobra.

Movió la silla. Las patas se arrastraron sobre el suelo de madera con un chirrido largo y áspero.

El sonido atravesó la buhardilla como un alarido contenido, arañando el silencio; el sonido que harían unas uñas raspando lentamente el interior de un ataúd.

Y entonces quedaron frente a frente con el Hombre de los Nueve Dedos.

Y tenía los ojos abiertos.

Harpo retrocedió al encontrarse con aquellos ojos. Fue un movimiento instintivo, casi infantil. Dio un paso atrás y soltó el respaldo como si acabara de quemarse las manos.

El Hombre de los Nueve Dedos los miraba.

O parecía mirarlos.

No había miedo en su expresión. No había sorpresa. No había reconocimiento. No había nada. El rostro estaba vacío, como si alguien hubiera apagado la luz por dentro, pero hubiera dejado los ojos encendidos. Los susurros parecían brotar de él tanto como de las paredes.

El doctor Albuquerque sintió una incomodidad inesperada.

No entendía qué estaba ocurriendo. Peor aún, empezaba a sospechar que ya no controlaba la situación. Y eso era intolerable.

Apretó la mandíbula. Aquella imperturbabilidad empezaba a irritarlo. No sabía si Darío estaba paralizado por el miedo, sumido en algún extraño estado de trance o si, sencillamente, los despreciaba tanto que ni siquiera consideraba necesario reaccionar ante ellos.

Pero daba igual.

Aquella serenidad no duraría mucho.

Isaías había visto demasiadas veces lo fácil que era quebrar a una persona. El miedo podía esconderse durante un tiempo, agazaparse detrás de una mirada vacía, incluso fingir que no existía. Pero el cuerpo siempre terminaba traicionándolo.

Ya veríamos cuánto quedaba de aquella calma cuando empezaran con él.

Los ojos podían mentir.

La carne, tarde o temprano, decía la verdad.

Todavía esperó un largo rato, manteniendo la escopeta apuntada al pecho de Darío, atento a cualquier reacción. Un parpadeo diferente. Un músculo tensándose. El más pequeño intento de levantarse de aquella silla.

Nada.

Isaías entendió que el escritor no iba a moverse y muy lentamente, comenzó a bajar la escopeta.

Lo hizo sin apartar los ojos de él, con esa cautela instintiva con la que uno se aproxima a un animal que parece dormido pero podría despertar de un momento a otro.

Finalmente dejó el arma a un lado, al alcance de la mano.

A su espalda, nadie dijo una palabra. Sus pacientes estaban tensos, asustados.

Incluso los más impredecibles parecían intimidados por aquella figura inmóvil.

Dani respiraba deprisa. Harpo mantenía la distancia que había ganado al retroceder, con los brazos rígidos junto al cuerpo.

Nazario apretaba el cuchillo con tanta fuerza que los nudillos se le habían vuelto blancos.

Y el Hombre de los Nueve Dedos continuaba sentado frente a ellos.

Mirándolos.

Sacó una cuerda de la bolsa de deporte y se acercó despacio, estudiándolo. Le ataría las muñecas contra los brazos de la silla.

Y luego obrarían.

Lo torturarían.

Lo dibujarían.

Le arrancarían gritos con todas las herramientas posibles.

Lo harían gritar tanto que sería imposible escuchar aquellos murmullos.

Lo abrirían si era necesario. Buscarían en su carne, en su sangre, en los rincones más profundos de su mente.

Porque algo tenía que haber dentro de aquel hombre.

Algo distinto. Algo que explicara por qué soñaba lo que ellos soñaban, por qué podía entrar en sus pesadillas y caminar por ellas como si le pertenecieran.

Se lo sacarían.

Fuera lo que fuese.

Aunque para encontrarlo tuvieran que desmontarlo pedazo a pedazo.

Porque Isaías Albuquerque necesitaba saber.

Aquella necesidad estaba por encima del miedo, incluso por encima del odio.

Era la misma curiosidad que lo había llevado durante décadas a abrir las mentes de sus pacientes mediante preguntas, pruebas, dibujos y horas interminables de observación.

Y también la que, poco a poco, le había hecho saltarse todos los límites.

Primero fueron los protocolos. Después, la ética.

Había retirado medicaciones para observar qué emergía cuando desaparecían las barreras químicas.

Había sometido a sus pacientes a situaciones extremas, provocado crisis, alimentado obsesiones y empujado deliberadamente sus mentes hacia lugares de los que quizá ya no pudieran regresar.

Los había dejado en libertad sabiendo lo que podían hacer.

Había permitido que sus impulsos crecieran sin contención.

Que sus instintos más oscuros salieran a la superficie.

Incluso que mataran.

Todo en nombre de una pregunta.

Porque para Albuquerque el conocimiento había terminado por justificar cualquier atrocidad. Las reglas, los protocolos, la compasión, la moral, la humanidad no eran más que obstáculos levantados por hombres demasiado cobardes para descubrir qué se escondía realmente en el fondo de la mente humana.

Y ahora tenía delante algo que ninguna de sus teorías podía explicar.