El Espejo de Los Dementes Capítulo 38 En el arcén de la realidad #2
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Capítulo 38 En el arcén de la realidad #2

Había entrado en el Caserón tras el primer disparo.

Sabedor de que ya no había tiempo para remilgos ni prudencia, de que su huida hacia adelante ya había comenzado.

Se había asomado con prudencia a la puerta, luego deslizado por el interior con cuidado, hasta encontrar la puerta abierta a través de la cual se escuchaba el rumor del mar subir desde las entrañas de la casa.

Había comenzado a bajar, sigiloso, hasta que oyó el clac inconfundible de un arma al cerrarse.

Entonces había bajado un poco más.

Y lo vio. El cuerpo de una mujer armada, apuntando con calma profesional a Nazario, acurrucado en el suelo de aquella caverna apenas iluminada. Entendió la escena en una fracción de segundo. No dudó, no emitió sonido alguno.

Solo empujó con todas sus fuerzas.

***

El doctor Albuquerque sacó a Nazario del Caserón como se saca a una presa de una trampa invisible.

Lo sostuvo por el antebrazo con firmeza, lo guio por el pasillo y lo empujó hacia fuera hasta que el aire de la noche les golpeó la cara con sal.

En los escalones de piedra, Nazario se dejó caer, torpe, encogido, la respiración rota.

Seguía tapándose los oídos como si el sonido pudiera perseguirlo fuera de la casa.

Isaías se agachó a su lado.

—Ya pasó —le dijo, con una voz baja que no era cariñosa, sino técnica—. Ya está. No vas a volver a ver ese sótano.

Nazario parpadeaba rápido, los ojos húmedos y perdidos, como si aún estuviera viendo la boca negra bajo los barrotes.

—Ese agujero… hablaba… —murmuró, apenas un hilo—.

El psiquiatra negó despacio, como quien niega un mito a un niño.

—No son susurros. Es el mar. El sonido del mar en las cuevas, reverberando. Eso es todo.

Nazario no entendía nada. Pero el tono de Isaías era una cuerda de salvación arrojada en una tormenta. Y se aferró a ella.

El doctor se inclinó un poco más, acercándole la cara, volviendo íntima la mentira.

—Además… estás dentro del territorio del Hombre de los Nueve Dedos. —Dejó la frase caer como una explicación definitiva—. No es de extrañar que tenga trucos para asustarnos. Es su guarida. Su teatro. Son solo eso: trucos.

El paciente tragó saliva. El temblor le aflojó un grado, como si la palabra trucos hubiera puesto un nombre a lo innombrable y, al hacerlo, le hubiera reducido el tamaño.

Albuquerque esperó a que el pavor fuera desapareciendo.

Luego clavó el anzuelo.

—Está ahí dentro —dijo, señalando la casa con un gesto mínimo—. ¿Vas a dejar que se escape?

Nazario alzó la cabeza. La rabia —una rabia torpe, animal— se encendió en su mirada, sustituyendo al terror como un reflejo de supervivencia. Isaías lo vio y supo que ya lo tenía. Así que remató:

—Le daremos su merecido —dijo, suave, como si estuviera prometiendo una medicina.

Se incorporaron. El psiquiatra revisó el equipo sin ceremonia. Se había quedado con la escopeta de Celeste; un arma de fuego siempre venía bien, sobre todo cuando las cosas dejaban de ser teóricas y se volvían realidad. Hizo un gesto a los otros.

—Vamos.

Tres figuras en pijama de hospital lo siguieron en la noche, como fantasmas blancos bajo la luna.

Dani caminaba con la cabeza ladeada, dubitativo por la cercanía de un desenlace inminente y desconocido.

Harpo iba sin expresión, sin palabra, obedeciendo con esa docilidad peligrosa de quien no distingue entre juego y guerra.

Nazario cojeaba un poco al principio, pero avanzaba, rígido, como si se moviera empujado por la promesa de no volver a sentir miedo si lograba morder primero.

Cruzaron el umbral.

Y el Caserón los recibió.

Los susurros los golpearon de lleno. Se sentían en el pecho antes que en los oídos, como una presión líquida y antigua que se filtraba por la nariz y entre los dientes.

Dani se quedó quieto, desconcertado, mirando paredes y techo, con la certeza de que había voces.

Harpo se detuvo como si alguien hubiera apagado un interruptor dentro de él.

Nazario volvió a tensarse, a punto de quebrarse otra vez.

Porque había visto el agujero. Y desde entonces, sabía lo que había al otro lado.

No entendía las palabras que trepaban desde las entrañas del Caserón, pero ahora reconocía las voces.

Eran las mismas que había escuchado junto a aquel pozo imposible.

Las que lo habían llamado desde la oscuridad.

Isaías masculló una maldición y encendió una linterna.

El haz amarillo barrió el pasillo, atrapando el polvo en suspensión, arrancando brillos a los marcos, revelando la textura vieja del papel de las paredes, los cuadros oscuros que parecían observar.

La luz no disipó los susurros, pero les dio algo a lo que mirar. Algo concreto.

—¿Veis? —dijo el médico, con autoridad impostada—. Es un artificio. Un hechizo. Del Hombre de los Nueve Dedos. Quiere que os paralicéis. Quiere que volváis a casa con el rabo entre las piernas. No quiere veros en persona, quiere veros a través de vuestras pesadillas.

Los ojos de Dani se movieron como si siguieran letras invisibles sobre la pintura. Harpo no reaccionó. Nazario apretó el cuchillo.

Isaías entendió que tendría que abrir la marcha, dar ejemplo, demostrar que no había nada que temer.

Él no era hombre de acción, era un académico.

Pero allí nadie iba a avanzar si él no lo hacía primero.

Así que se puso al frente, la escopeta por delante y la linterna barriendo cada esquina.

El Caserón era un animal viejo por dentro: pasillos rectos que se negaban a ser acogedores, techos altos donde la oscuridad se quedaba pegada, puertas cerradas como párpados y murmullos que recorrían el silencio como una respiración enferma.

Bajo cada baldosa del suelo, el mar empujaba.

No se oía con claridad; se sentía como un latido profundo que intentara subir por las piernas.

Los condujo hasta la puerta de la terraza.

La abrió y el mundo se deshizo.

La noche estaba abierta allí, sin protección. La luz lunar cayó sobre ellos con la crudeza de un foco de teatro. El viento los azotó con sal y una humedad fría que parecía venir de siglos. Abajo, el Vientre de los Ahogados rugía como un órgano gigantesco tocando una nota interminable.

La luna, alta, blanqueaba la espuma.

En medio de ella, el remolino giraba despacio, semejante a un ojo incapaz de cerrarse.

Dani se acercó un paso y se quedó clavado.

Sus labios se abrieron como si fuera a decir algo, pero lo único que salió fue un aliento tembloroso.

Harpo miró abajo con una fascinación muda, infantil, peligrosa, como si aquello fuera un juego enorme.

Nazario retrocedió medio paso, turbado, y esa vez Isaías lo sujetó del brazo antes de que el miedo lo arrastrara.

—No miréis demasiado —ordenó el doctor Albuquerque, aunque él mismo no podía apartar del todo la vista.

Los hizo regresar deprisa. Sospechaba que no serían capaces de aguantar mucho ahí sin hacer algo.

Pensó en quienes se habían arrojado desde allí.

Artistas. Poetas. Imaginadores. Gente que quizá también había empezado limitándose a mirar.

Y no le extrañó. Allí todo lo que había incitaba a adentrarse en el arcén de la realidad.

Cerró la puerta con un golpe seco, como si bastara aquel gesto para dejar el abismo fuera. Y los condujo hacia las escaleras.

Suben.

Registran la primera planta habitación por habitación. Dormitorios. Cuartos de baño. Puertas que se abren sobre estancias vacías. Pero no encuentran a nadie.

Sólo queda un sitio por mirar.

La última habitación.

Ascendieron por las escaleras. Allí el Caserón se estrecha.

El techo desciende y las paredes se cierran hasta obligar a Harpo a avanzar casi rozándolas con los hombros.

Los peldaños crujen bajo el peso de sus pasos.

El aire cambia. Huele a madera reseca, a polvo viejo, a cosas que llevan años esperando que alguien vuelva a tocarlas.

Isaías guía con la linterna, la escopeta siempre lista. Llegan a la buhardilla. A la última puerta.

El psiquiatra apoya la mano en el pomo.

Los susurros parecen replegarse, como si la casa contuviera la respiración.

Abren.

El haz de la linterna entra primero y encuentra una silueta inmóvil en la estancia.

El Hombre de los Nueve Dedos está allí.