El Espejo de Los Dementes Capítulo 38 En el arcén de la realidad
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Capítulo 38 En el arcén de la realidad

Celeste aguardaba en la salita. Un cuerpo en pausa, con la paciencia de quien sabe que ciertas cosas, por mucho que se demoren, terminan llegando.

La escopeta descansaba atravesada sobre sus piernas, el cañón encarado hacia la puerta abierta de la salita.

La sostenía con la naturalidad de quien había repetido aquel gesto demasiadas veces.

El arma era una prolongación más del cuerpo, como los brazos, como la espalda recta, como esa respiración lenta que no delataba nada.

En el cenicero, junto a la mesa baja, aguardaba un porro a medio consumir. La marihuana le aflojaba justo lo necesario: la mandíbula, los hombros, el pulso fino del dedo. Le ayudaba a esperar. Le ayudaba a reinterpretar los murmullos. A acogerlos.

Los susurros subían por las paredes como humedad sonora, infiltrándose en cada rincón, envolviéndolo todo con una presencia que Celeste conocía desde niña. No los escuchaba como voces. Eran el ritmo, el fondo de todo lo que allí pasó y pasaría. Una respiración antigua marcando el tempo.

La noche se había adueñado del Caserón sin resistencia. La luna entraba oblicua por las ventanas, derramando una luz blanquecina sobre la alfombra nueva, sobre los muebles viejos, sobre el cañón mate de la escopeta.

Una lamparita encendida junto a la pared completaba la escena, ofreciendo un refugio engañoso: una claridad débil, doméstica, suficiente para que cualquiera creyera que aún quedaba normalidad allí dentro.

Celeste había dejado la puerta principal abierta a propósito. Sabía cómo pensaban los monstruos que venían de noche. Cómo el silencio los convencía de que estaban cazando. Cómo el sigilo les inflaba el pecho, haciéndoles creer que el que entra sin hacer ruido manda, decide, domina.

Y ese sería su error.

Ella no necesitaba cerrar la trampa. Bastaba con que entraran. El Caserón se convertiría en una tumba para ellos.

Esperaba sin mover un músculo. El oído atento no a los pasos —todavía no—, sino a las variaciones mínimas del murmullo. Como si la casa pudiera avisarla antes que cualquier sentido humano.

Alargó una mano hacia el porro. Volvería a encenderlo y a darle unas cuantas caladas. Pero no llegó a hacerlo.

La lamparita se apagó.

Al mismo tiempo, la débil franja de luz que venía desde el fondo del pasillo murió como un suspiro cortado. La casa quedó sumida en una oscuridad limpia, total. La luz de la luna se adueñó entonces de la noche, vertiendo, ahora sí, luz de muerte, luz de venganza.

Celeste sonrió apenas. No se sobresaltó, no se sorprendió. Aquello simplemente era una confirmación.

Habían cortado el suministro eléctrico.

Ya están aquí.

Abajo, muy abajo, el Vientre de los Ahogados rugió.

No como una ola, no como el viento.

Como un animal antiguo reconociendo que la noche, por fin, iba a alimentarlo.

***

Nazario avanzaba por el pasillo a oscuras.

A su espalda, la luna entraba como una herida blanca y convertía su pijama de hospital en una silueta espectral.

Desde lejos, su figura parecía la de un fantasma atravesando un túnel: cuerpo inclinado, pasos medidos, respiración contenida.

El cuchillo iba por delante, bajo, firme, como si guiara al resto del cuerpo.

Empezó a oírlos: susurros.

Susurros que provenían de ninguna parte. Y de todas.

Un rumor de voces viejas reptaba bajo la pintura, confundiéndose unas con otras en un lenguaje remoto, anterior quizá a las palabras.

Cualquier otro hombre habría retrocedido.

Pero Nazario escuchó. Y sonrió.

Acogió aquellos murmullos con la serenidad de quien oye hablar, después de muchos años, la lengua olvidada de su infancia.

La muerte nunca le había resultado extraña.

La había llevado dentro demasiado tiempo para temer ahora su voz.

A su derecha se abría una sala amplia. Las puertas correderas aguardaban abiertas contra la pared, como las mandíbulas de algo que no necesitara cerrarlas todavía. No miró dentro, sino que continuó pasillo adelante cruzando el dintel.

Su cuerpo se perfiló entero bajo el marco de la salita.

Y notó que algo se movió en las sombras.

Primero fue un ruido claro, un roce metálico, quizá. El instinto actuó antes que el pensamiento: Nazario se agazapó de golpe. No por miedo, ni porque se sintiera descubierto. Lo hizo porque entendió que, si había algo allí, había que ser todavía más sigiloso.

Ese gesto mínimo le salvó la vida.

El disparo estalló en la noche como un relámpago encerrado. Un fogonazo sacudió la salita. El estruendo rebotó en las paredes.

Celeste había disparado contra la figura que acababa de aparecer desde el pasillo.

No era un tiro fácil. Oscuridad casi total, distancia corta pero engañosa, un blanco que apenas se definía.

El movimiento de Nazario fue suficiente: el proyectil pasó rozándole, tan cerca que juraría haber sentido el aire partirse, rozando el metal del cuchillo.

No había tiempo para pensar.

Nazario se lanzó hacia delante, pasillo adentro, como un animal que acaba de escapar de la muerte. Ella entendió al instante que había fallado, se puso en pie y avanzó tras él, la escopeta ya encajada en el hombro, el cuerpo alineado con el arma. Sin correr, sin gritar. Estaba cazando.

Nazario escuchó los pasos a su espalda.

Y entonces, por primera vez, el miedo apareció.

No fue un sobresalto ni un pánico ciego. Era miedo limpio, reconocible: alguien armado venía a por él.

El pasillo era un corredor recto alargado, sin obstáculos tras los que ocultarse. Error. Un túnel sin refugio. Así que, sin pensar, abrió la primera puerta que encontró a su izquierda y se metió dentro.

La casera llegó al cruce justo a tiempo para verlo. En la penumbra distinguió el movimiento seco de la puerta abriéndose, una figura vestida con un pijama gris escabulléndose al interior. Los susurros de la casa se acentuaron, cambiando de cadencia, como si celebraran la elección.

Se acercó despacio.

La puerta abierta daba al sótano.

El aire que subía de allí era distinto: húmedo, salado, antiguo. Un aliento que no pertenecía a la casa, sino a lo que había debajo.

Nazario bajó los escalones. Al principio a ciegas, palpando la pared de roca.

Luego, guiado por una luz mínima que subía desde el fondo.

La fuente no parecía eléctrica. Era vacilante, viva.

Varias velas encendidas, reverenciales, arrojaban algo de iridiscencia escaleras arriba.

Eso le permitió orientarse y entender que no había dónde ocultarse.

Barrió el lugar con la mirada. El sótano, con forma de útero pétreo, se abrió ante él.

La humedad era casi orgánica. El resplandor vago y titilante de las velas apenas alumbraba las paredes cubiertas de símbolos antiguos: círculos concéntricos, figuras marinas deformadas, ojos sin párpados, bocas abiertas en un grito eterno.

Nada más. Nada donde esconderse para emboscar a su atacante.

Nada salvo el agujero.

Se acercó. Era un círculo de piedra negra, enrejado con barrotes oxidados cruzados como dedos rígidos.

Nazario se quedó paralizado.

Aquello no eran simples murmullos inofensivos.

Aquello era demasiado.

Desde su interior no solo subía el murmullo del mar. Subía algo más: un lamento compuesto, un rumor de olas mezclado con gritos viejos, con cuerpos acumulándose durante siglos en laberintos de roca. Un aullido colectivo que no se apagaba nunca.

El temblor le subió por las piernas, le mordió el estómago, le aflojó las manos. No era miedo a ser disparado, no, sino a lo que subía por aquella boca.

Detrás de él, Celeste descendía los escalones sin hacer ruido. La presa era suya.

El arma estaba perfectamente apoyada contra el hombro. El dedo, listo.

Nazario se acurrucó junto a la reja. Se tapó los oídos, como un niño. Pensó en soplar las velas. En apagarlas. En volver la oscuridad total y esconderse en ella.

Pero no pudo.

Por primera vez en su vida, le tuvo miedo a la oscuridad.

Él, que había dormido en la oscuridad plena de un ataúd abrazado a un cadáver.

Allí, entre paredes pintadas con símbolos imposibles, con la boca del infierno abierta a un metro de distancia, con espíritus ahogados susurrándole desde la profundidad, la noche ya no era refugio.

Era condena.

***

Celeste se detuvo a mitad de la escalera.

Desde allí tenía perspectiva de aquella caverna que era el sótano.

La mirada y el cañón de la escopeta la recorrieron con la misma calma meticulosa.

Las paredes sudaban humedad. Los símbolos antiguos parecían latir bajo la luz temblorosa de las velas.

El aire estaba cargado de sal, de eco, de algo que no pertenecía al presente.

Y entonces lo vio.

Nazario estaba en el suelo, en posición fetal, reducido de pronto a una fragilidad impensable para un hombre como él. Se tapaba los oídos con las manos frenéticamente. El cuerpo temblando de terror puro. Su presa estaba a su merced.

Celeste no avanzó un solo paso más. Sabía que tenía tiempo y, con un gesto automático, abrió la escopeta.

El cartucho usado cayó en su mano. Siempre era bueno tener el arma completamente cargada.

Siempre. Introdujo el nuevo cartucho con precisión, sin prisa.

El clac al cerrarla resonó enorme en la cueva, multiplicado por la piedra.

Apuntó. Se permitió ese segundo largo. Ese instante en el que todo está decidido y aún no ha ocurrido. El agujero del sótano escupía susurros y lamentos, un murmullo viscoso que se enroscaba en los huesos. El mar empujaba desde abajo como si reclamara lo que le pertenecía.

Entonces ocurrió.

Algo la empujó por la espalda. La casera perdió el equilibrio y cayó rodando por los escalones, golpeándose contra la piedra una y otra vez. El arma salió despedida. Algo crujió dentro de ella —quizá un hueso, quizá algo más profundo— y el mundo se apagó antes de que pudiera reaccionar.

Aterrizó al final de la escalera sin forma, sin aire, inconsciente o algo peor.

Isaías Albuquerque se quedó un segundo inmóvil, respirando.