Capítulo 37 Un pensamiento que no concede tregua. #3
La furgoneta abandonó el Hospital Rocablanca como un animal ciego, deslizándose hacia un destino inevitable, oscuro, cargado de promesas sucias y finales sin retorno.
Avanzaba por la noche como si llevara jinetes del Apocalipsis en su vientre.
Nadie habló durante el trayecto. Ni siquiera Isaías, que solía ser el único en hacerlo, dando instrucciones, manipulando sus emociones.
Cada uno viajaba encerrado en su propia onda, en su realidad privada, sostenido por una promesa distinta.
A Dani le había prometido que, cuando todo terminara, dejaría de soñar con la cuna, con aquella noche en que Mamá fue asesinada.
A Harpo le había prometido que podría jugar siempre con sus sobrinas, en esa sala infinita llena de juguetes de la que su mente nunca había salido.
A Nazario le había prometido un alma solo para él: un alma diferente, magnética, mágica, hecha de ceniza pura, para guardarla entera, atesorarla, saborearla cuando quisiera.
El GPS del móvil marcaba poco menos de dos horas.
Atravesaron Alba Marina de madrugada, un pueblo moribundo, vacío, sin una sola luz encendida.
La furgoneta fue un espectro mecánico ensuciando la noche con su ruido.
Después, al enfilar el camino hacia el Caserón de los Susurros, Isaías apagó las luces.
Continuaron protegidos solo por una luna mordida, menguante, pero suficiente para alumbrar tanto el amor como la muerte.
Aparcaron a unos cincuenta metros. Solo Isaías bajó. Ordenó que lo esperaran en silencio. Y ellos obedecieron. Como siempre.
El aire olía a sal, a mar abierto. Los acantilados permanecían invisibles. Abajo, el Vientre de los Ahogados arañaba la piedra con un rumor antiguo, furioso. Llegó a una explanada de grava amplia, desnuda. Dos coches aparcados. Eso significaba que allí había alguien.
Reconoció uno de inmediato: el coche de Darío Salvatierra. Lo conocía perfectamente de tanto vigilar la vivienda del escritor.
Estaba allí.
El caserón permanecía en silencio. Apenas un par de luces se filtraban por las ventanas, como luciérnagas moribundas atrapadas en la noche. Isaías exploró los alrededores con sigilo. Metódico. Preciso.
Sus tiempos académicos quedaban muy lejos.
Ahora pensaba y obraba como un depredador.
Como un asesino.
Entonces vio lo que buscaba. Una caja de registro exterior, grande, propia de construcciones antiguas. A un par de metros de altura. Desde allí entraba la electricidad a la casa.
Perfecto.
En la furgoneta tenía escaleras, tenía cizallas.
Y, sobre todo, había tiempo.
Toda una noche para gastar a fuerza de sangre.
El plan inicial acababa de cerrarse.
***
La luz del caserón murió sin ruido. Un apagón limpio, definitivo. Solo quedó el rugido del mar, como si se vengara de las rocas.
Ahora, pegados a la pared exterior, los asaltantes avanzaban hacia la puerta como una sola sombra fragmentada en cuatro cuerpos.
Las instrucciones eran claras, simples, irrefutables: el más vivo, el más agresivo, iría delante.
Y ese era Nazario. Tenía permiso para matar a cualquiera que se interpusiera.
A cualquiera… excepto al Hombre de los Nueve Dedos.
Para él había otro destino. Uno más lento. Más íntimo.
Se deslizaron por la noche, blanqueados a ratos por la luz enferma de la luna, envueltos en el rumor constante de las olas que subía desde el Vientre de los Ahogados y trepaba por los acantilados como una respiración antigua. El caserón parecía escucharlos.
Llegaron a los escalones frente a la puerta.
El doctor Albuquerque obligó a Nazario a continuar en solitario.
Y así lo hizo, cuchillo en la mano, bajo y pegado al muslo, como si formara parte de su anatomía.
La idea era sencilla: comprobar la puerta y, si era necesario, forzar la entrada con una palanca y la fuerza bruta de Harpo. Nada sofisticado. Nada elegante.
Pero cuando sube los escalones de piedra gastados y apoya la mano en la puerta, se detiene.
Algo no encaja.
La puerta está entornada.
Nazario se queda quieto un segundo de más. Gira la cabeza apenas, buscando en la oscuridad al doctor Albuquerque. Lo ve, inmóvil, observándolo. Si hubiera algo más de luz podría adivinar el desconcierto en su rostro, algo parecido a la confusión, una fisura mínima en el control absoluto.
Pero Nazario no es un animal de planes ni de dudas. No sabe oler las contradicciones. No le interesan.
Empuja la puerta y entra.
Y entonces los oye.
Los susurros.
Durante un instante se detiene, con el cuerpo en tensión, como si la casa le hablara directamente.
Cree entender palabras, frases incompletas, fragmentos de voces que se forman y se deshacen antes de poder comprenderlas.
Pero nada tiene sentido. Será el mar, reverberando en las paredes viejas del caserón, colándose por las grietas, deformando el silencio hasta hacerlo parecer otra cosa.
O quizás es otra cosa.
Avanza por el pasillo, sigiloso, paciente. Lleva una linterna en el bolsillo, pero no piensa usarla todavía. Le gusta la oscuridad. Le gusta el silencio espeso. Ambos le recuerdan a aquellos ataúdes en los que duerme junto a los cadáveres, en la funeraria, cuando la noche es larga y nadie lo busca.
Sus ojos se acostumbran pronto.
El mundo empieza a definirse en volúmenes, en sombras útiles.
El cuchillo quiere brillar, aunque no brille.
Y Nazario sonríe en la oscuridad...