El Espejo de Los Dementes Capítulo 37 Un pensamiento que no concede tregua. #2
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Capítulo 37 Un pensamiento que no concede tregua. #2

Celeste regresó con una escopeta vieja y una caja de cartuchos. El arma tenía la madera gastada, arañada por décadas de manos. El metal era opaco, sin brillo, desgastado por años de uso.

Se la extendió sin solemnidad.

—¿Sabes disparar?

El escritor negó con la cabeza. Celeste no suspiró, no hizo ningún comentario. Simplemente abrió la escopeta con un chasquido seco, un gesto tan natural como abrir una puerta.

—Mira.

Y lo explicó como quien enseña a alguien a doblar una sábana:

—Se abre así. Se carga con dos cartuchos. Se vuelve a cerrar.

Introdujo los cartuchos. Cerró. El clic sonó definitivo.

—Se apoya contra el hombro. Aquí. Si no lo apoyas bien, el retroceso puede golpearte. Es doloroso y puede que te impida realizar el segundo disparo a tiempo. Luego apuntas alineando esto y esto —señaló los dos puntos de mira—. Y aprietas.

Pausa.

Y entonces, sin cambiar el tono, añadió:

—Ten cuidado. El seguro no funciona.

Darío sintió un nudo en el estómago.

—Es capaz de derribar a un jabalí —continuó Celeste—. Así que no es poca cosa.

Le entregó la escopeta.

Darío la tomó con ambas manos. El peso era real. No era una metáfora. Era un compromiso. Sintió el frío del metal atravesándole los dedos como una advertencia.

—¿Los esperaremos aquí? —preguntó, mirando alrededor.

Celeste negó.

—No. Para cazar hace falta calma, silencio y concentración. Hablo por mí. Tú puedes subir al que fue tu despacho. La habitación está preparada. Te avisaré si llega alguien.

Darío abrió la boca para discutir, pero no salió nada. Se sintió absurdo. Inútil. Como un actor con un papel demasiado grande. ¿A qué había venido? ¿A morir? ¿A esconderse?

Pero la lógica de la dueña era una pared. Y él, ahora mismo, estaba demasiado cansado para estrellarse contra ella.

Desde que la policía se presentó en su casa para darle la noticia de la muerte de su madre, apenas había dormido unas horas en cuatro días.

Había vivido a base de café y cólera. Y ahora acababa de tirar un cadáver a un pozo.

Era demasiado. El cuerpo le pedía rendición con la misma insistencia que el mar pedía piedra. Necesitaba descansar. Y mucho.

Por eso asintió.

Agarró la caja de cartuchos con una mano. La escopeta con la otra. Su torpeza le hizo golpear el marco de la puerta con el arma. El sonido resonó más de lo normal, como si la casa lo repitiera por dentro. Celeste no comentó nada y Darío salió de la salita y subió las escaleras.

Con cada peldaño, los murmullos se intensificaban, como si la piedra sudara voces antiguas. A ratos parecía un lamento. A ratos, una respiración.

El pasillo de la primera planta lo recibió con su olor a madera húmeda y a sábanas que recuerdan cuerpos ajenos. Las puertas sin nombre se sucedían a ambos lados del pasillo. Se sintió observado por la arquitectura.

Subió más, hacia la buhardilla. La escalera era más estrecha, los peldaños eran cortos, irregulares, y obligaban a subir despacio, midiendo el cuerpo.

Bajo sus pasos, la madera crujía con un lamento seco, antiguo, y entre un peldaño y otro se colaba el murmullo del mar, como un aliento que ascendía por la estructura.

Y allí estaba de nuevo la habitación especial: la mesa frente al ventanal, el horizonte crudo, abierto bajo una luz pálida, casi cortante.

El día no traía consuelo; solo hacía visible lo que siempre había estado allí.

El mar seguía abajo, extendido y gris, golpeando la base del acantilado con una constancia mecánica, obsesiva, como un pensamiento que no concede tregua.

La máquina de escribir aguardaba sobre la mesa, oxidada y paciente, no como un objeto olvidado, sino como algo que sabía que volvería a ser usado.

Darío dejó la escopeta en una esquina, con cuidado excesivo, como si el arma pudiera ofenderse.

La caja de cartuchos cayó sobre la madera con un golpe seco. El sonido descendió por las vigas de la casa hasta el sótano, como si el agujero hubiera estado esperando oírlo.

El Vientre de los Ahogados rugía.

Darío se acercó al ventanal y apoyó la frente en el cristal frío.

Por un instante, juró que los susurros aumentaban cuando él respiraba. Como si la casa respondiera. Como si supiera que él estaba armado, pero no preparado.

Miró la máquina de escribir.

El clac, clac, clac resonó en su recuerdo.

Y entonces el cansancio lo venció sin pedir permiso.

Se dejó caer en el camastro, con la ropa puesta, la mandíbula aún tensa, el corazón aún lleno de rabia, la mezcla de olores todavía pegada a la nariz.

Cerró los ojos.

El mar siguió hablando.

Darío se hundió en el sueño sin darse cuenta.

Por primera vez en mucho tiempo —quizá en años— el sueño llegó sin fragmentarse, sin sobresaltos, sin el tirón violento que lo devolvía a la vigilia.

No fue un dormir plácido ni ligero, sino un hundimiento.

Como si algo lo acunara desde abajo, sosteniéndolo con una firmeza antigua.

Los susurros no lo despertaron; lo mecieron.

No como voces extrañas, sino como el ruido familiar de un lugar conocido.

Como estar en casa después de demasiado tiempo fuera.

Durmió todo lo que su cuerpo llevaba reclamándole. Cada hora adeudada, cada noche robada por el miedo, la rabia o la vigilia. Un sueño pesado, continuo, sin imágenes claras, sin nada que recordar.

Y cuando finalmente despertara, lo haría tarde.

Demasiado tarde.

***

Isaías Albuquerque lo había preparado todo.

La furgoneta negra estaba cargada con lo necesario: herramientas envueltas en trapos, armas sin brillo, objetos pensados no para matar rápido, sino para prolongar.

Había sacado a sus tres peones —Dani, Nazario y Harpo— sin la ayuda de Vallejos, tomando apenas precauciones, como si ya despreciara las consecuencias.

En la siguiente ronda nocturna notarían su ausencia.

Habría preguntas, alarmas tardías, pero para entonces ya sería inútil.

Ellos estarían lejos. En camino.

En camino hacia el Hombre de los Nueve Dedos.

A preguntarle.

A dañarlo.

A torturarlo.

A dibujar su sufrimiento.

A quemarlo.

A saborearlo.