Capítulo 37 Un pensamiento que no concede tregua.
El amoníaco mordía la garganta como una bofetada fría.
Un olor doméstico que evocaba limpieza, pero también otra cosa: el borrado de un crimen.
Una química agresiva destinada a negar que allí hubiese habido sangre salpicada y un cuerpo convulsionando en el suelo.
Celeste había abierto las ventanas lo justo para que entrara una cinta de aire salado, pero el Caserón no se dejaba ventilar: el mar estaba demasiado cerca, demasiado allí, y su aliento húmedo se mezclaba con el cloro y el amoníaco hasta crear algo peor.
Un perfume hospitalario para un lugar que nunca fue un hospital.
Darío permanecía sentado en una de las butacas de la salita.
Las manos, enormes, torpes, se juntaban ante el rostro cabizbajo.
El meñique incompleto parecía dolerle, aunque no lo tocara.
Cada vez que pestañeaba, veía lo mismo: el peso muerto del cuerpo envuelto en la manta, el golpe de la pierna contra los barrotes oxidados, la caída por el agujero del sótano. El murmullo del mar absorbiéndolo todo.
Y luego, el silencio.
Celeste había trabajado sin mirar atrás.
Primero había retirado la alfombra manchada con movimientos secos, sin ceremonias, enrollándola con precisión.
Había dejado en el suelo una huella oscura, pegajosa, la forma exacta del cuerpo como un mapa de algo que acababa de ocurrir.
Después, con una cubeta y trapos viejos, había frotado el suelo de piedra con frenesí, hasta que el olor de la sangre fue sustituido por el de la lejía y el amoníaco, hasta que la sala volvió a parecer lo que debía parecer para un huésped inocente: una estancia antigua, pulcra, quieta.
Cuando terminó, el suelo no quedó del todo limpio.
La piedra porosa había absorbido la sangre, y ahora quedaba una mancha fantasmagórica que podía ser cualquier cosa: una copa de vino derramada, un vómito de un borracho…
incluso los restos de un muerto. Entonces Darío percibió que había al menos dos manchas más en el suelo, demasiado parecidas, antiguas, tapadas hasta entonces por la alfombra. Tragó saliva, pero no dijo nada.
Celeste regresó con otra alfombra limpia. La extendió con cuidado, alineando los bordes con una precisión casi obsesiva. Ese gesto mínimo de simetría era lo más perturbador de todo: la facilidad con la que el horror era absorbido por el orden.
El escritor la observó sin decir nada, con una especie de estupor que no se atrevía a convertirse en pregunta.
Los susurros cuchicheaban a través de las paredes.
Se sentía aturdido, confuso, al haber sido cómplice de un asesinato.
Ahora lo estaba asimilando. Ahora sentía el peso, no durante.
Cuando todo ya estaba hecho y no había nada que deshacer.
No era culpa plena, ni una certeza clara: era pesar, una masa tibia instalada en el pecho, como si algo se hubiera desplazado de sitio y ya no encajara.
No dejaba de preguntarse si había habido un segundo —uno solo— en el que podría haber dicho basta, haber soltado el cuerpo, haber roto la inercia.
Y esa posibilidad mínima, quizá inexistente, era la que más dolía.
No se reprochaba el acto con furia, sino con una tristeza sorda, persistente. No sabía exactamente qué había perdido —conciencia, inocencia, límite—, solo sentía que ya no estaba intacto.
Y esa duda, más que el miedo o la rabia, era lo que lo dejaba exhausto.
Hasta que el silencio se abrió lo suficiente para que otro pensamiento lo atravesara con un filo caliente.
Su madre.
Una muerte escalofriante. Nadie le había descrito la escena con detalle.
No hacía falta.
Sabía lo suficiente: que la habían encerrado en un foso con ratas hambrientas. Y ese dato, desnudo, incompleto, era peor que cualquier informe. Porque su mente, traidora, hacía el resto.
La imaginaba intentando entender dónde la habían tirado, qué eran aquellos cuerpecillos blandos sobre los que había caído. Embadurnada de un horror capaz de hacer enloquecer a cualquiera, forzaba la vista en la oscuridad hasta que aparecían los primeros puntos brillantes.
El escritor no podía evitar pensar en el primer contacto.
No en el dolor, todavía no, sino en el reconocimiento.
En ese segundo insoportable en el que ella habría entendido que no eran animales lejanos, sino cuerpos vivos, calientes, organizándose alrededor de su miedo.
Que el suelo se movía. Que algo le rozaba el tobillo.
La pierna. Que algo correteaba por su vientre.
Luego, la imaginación se volvía más cruel. Veía las bocas, pequeñas y precisas. Dientes hechos para roer. Para probar primero. Para desgarrar después. La imaginaba gritando sin que nadie pudiera oírla.
Pensaba en el tiempo. En lo que dura una muerte así. En que no es un instante, ni siquiera un minuto. En que hay segundos largos, llenos de pánico consciente, de súplica muda, de cuerpo traicionando a la mente. En que, antes de morir, seguramente supo que nadie iba a abrir ese foso.
Darío apretó los dientes cuando esa imagen se completaba sola, como si alguien la escribiera dentro de él sin pedir permiso.
No sabía si era imaginación, culpa o algo peor.
Solo sabía que su madre no había tenido testigos, ni compasión, ni un final rápido.
Que había sido reducida a carne rodeada de hambre.
Y cada vez que pensaba en ello, algo se endurecía en su interior. Un odio puro. Una decisión oscura, silenciosa, que gritaba venganza.
Una venganza que no era divina, ni metafórica, ni siquiera justa.
Una venganza violenta.
Y la piedad por aquel cuerpo que acababan de echar por un agujero se le murió dentro.
No porque antes careciera de ella. A su manera, torpe, inútil, había compadecido a aquellos con los que conectaba en sus pesadillas, porque había pensado: están enfermos. Están rotos.
Pero ahora…
Ahora recordaba al hombre del tanatorio. Ese desconocido con ojos de fanático dócil, que se había acercado como quien se acerca a una estatua sagrada, susurrándole:
Yo estoy contigo. Soy tu sirviente.
Y luego, la frase.
La frase que había quedado pegada como una mosca a la pared interna de su mente.
Merecen que los aplastes.
Darío había querido olvidarla. Había querido pensar que era delirio ajeno, devoción ridícula, culto barato. Pero en ese instante, oliendo amoníaco y escuchando cómo el mar usaba el caserón como instrumento sonoro, la frase le pareció limpia.
Esclarecedora.
Porque, aunque fueran dementes, espíritus perturbados por una vida difícil, personas emocionalmente rotas, mentes partidas como espejos, siempre tuvieron opción.
Incluso aunque él, Darío Salvatierra, hubiera provocado más dolor con aquellas incursiones en sus pesadillas.
Un dolor inconsciente, pero dolor al fin y al cabo.
Los asesinos de su madre. El asesino de Horacio. Todos los que habían buscado venganza contra él.
Todos tuvieron opción.
Siempre la hay.
Elegir no cruzar el umbral. Elegir no apretar el gatillo. Elegir no mandar un mensaje sabiendo que al otro lado espera la muerte. Elegir no arrojar a una pobre mujer mayor a un foso lleno de ratas. Elegir no venir aquí con un machete a la espalda y una orden apagada dentro del pecho.
El hombre del tanatorio había elegido no matar.
Y si él pudo hacerlo, los demás también.
Y, sin embargo, eligieron lo otro.
Gloria Santoro había elegido. Y ahora su cuerpo y su alma vagaban en un infierno de sal, oscuridad y cientos de restos de personas ahogadas.
También había elegido quien mandó aquel mensaje a Horacio:
Tengo una emergencia muy importante. Necesitaría que nos viéramos ahora. Por favor.
El asesino de Horacio no era una sombra abstracta. Era alguien que respiraba.
Y vendría aquí, al Caserón.
Darío tragó saliva. La garganta le sabía a productos químicos y a rabia.
Y la rabia le trajo un olor nuevo.
El amoníaco se retiró sin ceremonia, desplazado por el cable quemado, ese tufo seco y eléctrico que le llegaba desde dentro de su cerebro. Darío respiró hondo, sin sorpresa, aceptándolo como quien acepta un síntoma antiguo.
Merecen que los aplastes.
Celeste terminó. Depositó el trapo en la cubeta y se quitó unos guantes de goma, descubriendo unas manos sudadas.
Luego, por fin, se sentó en uno de los sillones como quien se permite un descanso después de una jornada de caza.
Apoyó la espalda recta, sin hundirse. Incluso descansando parecía en guardia.
El silencio volvió a caer, mortecino.
Darío lo sostuvo unos segundos.
Y entonces, como si su voz tuviera que empujar una puerta que no se abría desde hace años, dijo:
—¿Y ahora qué?
Ella lo miró sin prisa, como si hubiera estado esperando exactamente esa pregunta, y su respuesta fue un disparo sin pólvora:
—Ahora a esperar.
El escritor sintió que el suelo se inclinaba un milímetro.
—Vendrán más —dijo él, y se sorprendió por lo normal que sonó.
—Vendrán —confirmó Celeste, simple.
Darío pensó en Horacio. En el bigote, la grasa, la colonia dulce. En su forma de mentir como quien respira. Y, pese a todo, una punzada lo cruzó: no había merecido morir así. Nadie merecía…
No.
No más.
—¿Cuál es tu plan?
Celeste se inclinó apenas hacia delante.
—Los esperaré aquí, en esta sala, como he hecho con mi última visitante. Tengo mucha paciencia y me sobra munición.
Él miró la alfombra nueva, luego las manos de Celeste, sudadas, pero sin temblor. Pensó en su propia torpeza. En su falta de plan. En el absurdo de él allí, en el Caserón, convertido de golpe en algo que no sabía sostener.
—¿Cómo puedo ayudarte?
La casera lo observó un instante largo. Luego se levantó sin ruido y salió de la sala.
Darío se quedó solo con el olor a amoníaco luchando contra el olor a cable quemado, y el rumor del mar resonando en las paredes.
Ese murmullo no era —nunca era— constante.
Variaba, se modulaba, como una radio buscando una señal.