El Espejo de Los Dementes Capítulo 36 Cadáveres ardiendo hasta no ser más que polvo sin nombre #3
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Capítulo 36 Cadáveres ardiendo hasta no ser más que polvo sin nombre #3

Celeste había terminado de hablar. La salita estaba en silencio.

Un silencio denso, espeso, contaminado por la presencia del cadáver de Gloria, tendido sobre la alfombra como una pregunta que ya no admitía respuesta.

Darío seguía sentado, rígido, con la mirada fija en el cuerpo, incapaz de integrar del todo lo que acababa de escuchar.

La historia de Celeste, su lógica implacable, su odio trabajado durante décadas… todo le golpeaba con retraso.

El escritor se aclaró la garganta, aunque tardó unos segundos en hablar.

—¿Cómo estás tan segura de que esta mujer venía a hacernos daño?

Su propia voz le sonó extraña, ajena, como si no estuviera acostumbrado a usarla en ese lugar.

La casera no dudó.

—Lo he percibido. Sus gestos, su mirada, su lenguaje corporal...

El escritor tragó saliva. Insistió, casi en un susurro:

—¿Y si te has equivocado?

Entonces ella se levantó. No hubo brusquedad en el gesto, solo determinación.

Caminó hasta el cadáver que permanecía ladeado, encogido en una postura fetal grotesca, como si incluso muerta intentara protegerse.

La anfitriona, sin agacharse, con un movimiento seco del pie, levantó la camiseta empapada de sangre.

Debajo, oculto contra la espalda, apareció el machete.

La hoja aún limpia.

Preparada.

Darío no dijo nada. Sin embargo, la mirada de ella lo apresó, una mirada intensa, eléctrica.

—Este cuchillo era para ti.

El silencio que siguió fue absoluto. No había nada que añadir. No había réplica posible. Solo las paredes parecían tener algo que decir.

Pasaron unos segundos. Muchos o pocos, no importaba. Nada importaba salvo el presente.

—Ahora —dijo Celeste, con la misma voz neutra—, ¿me ayudarás con el cuerpo?

Él se sorprendió a sí mismo asintiendo. No pensó más allá de las consecuencias, no razonó más allá de la realidad. Simplemente se levantó.

Envolvieron el cadáver en una manta gruesa y áspera. Al levantarlo, Darío descubrió cuánto podía pesar un cuerpo que ya no colaboraba con su propio peso. Él cargó con el torso y Celeste tomó las piernas.

Ella abrió la puerta del sótano.

El aire cambió de inmediato.

Los susurros, como espíritus sonoros, resoplaron desde las profundidades.

Empezaron a bajar. La escalera de piedra descendía directamente al corazón del acantilado.

Cada peldaño estaba tallado en la roca viva, húmeda, fría al tacto.

A medida que avanzaban, el sonido del mar se multiplicaba, ya no como rumor lejano, sino como una presencia envolvente, amplificada por los túneles invisibles de las cuevas sumergidas.

No era solo agua.

Era empuje, presión, pulsión.

Algo que insistía.

Los faroles antiguos se encendieron con un parpadeo cansado, bañando las paredes en una luz ámbar sucia.

La piedra brillaba con un resplandor mineral, como si sudara sal.

De los orificios horadados en la roca se colaban los murmullos: a ratos olas rompiendo, a ratos lamentos largos, estirados, demasiado humanos para ser solo mar.

Darío sentía el sonido dentro del pecho.

Al llegar abajo, el sótano se abrió ante ellos como una bóveda de piedra.

La humedad era casi orgánica. Las paredes estaban cubiertas de símbolos antiguos: círculos concéntricos, figuras marinas deformadas, ojos sin párpados, bocas abiertas en un grito eterno.

Restos de pigmento rojizo marcaban escenas borrosas que sugerían cuerpos ahogados en el mar, caídas desde el acantilado, entregas…

En una esquina, varias velas encendidas temblaban con la corriente de aire, dispuestas como en una vigilia muda. Puntos de luz para un altar que no existía, o quizá toda aquella cueva fuera el altar.

Celeste iba delante y guiaba la marcha. Avanzó hacia una esquina.

Allí está el agujero.

Un círculo de piedra negra, de poco más de un metro de diámetro, protegido por barrotes oxidados cruzados como dedos rígidos.

De su interior no solo surge el murmullo del mar.

Surge una vibración sorda que se cuela en el estómago, en los oídos, en la base del cráneo.

Voces encriptadas en el empuje de las mareas.

Gritos antiguos. Un aullido colectivo que nunca se apaga.

El escritor no solo siente vértigo. Siente que lo observan. Como si desde abajo algo supiera que están allí. Voces sin lengua con las que ya ha hablado en el pasado.

Echan el cuerpo al suelo y la anfitriona saca una vieja llave para abrir el candado oxidado que apresa los barrotes. Luego, sin ceremonia alguna, levantan el cuerpo y lo deslizan hacia el centro. Una pierna golpea los barrotes en la caída. Después, el cadáver desaparece.

No hay golpe audible. Solo el sonido del mar.

Y quizá algo más.

Allá abajo, donde se supone que yacen cientos, miles de cuerpos arrastrados por las corrientes durante siglos, Gloria se suma al coro mudo. A las almas en pena atrapadas en galerías de roca, sin nombre, sin memoria, sin descanso.

Celeste da un paso atrás.

Las velas siguen ardiendo.

Los susurros varían cadencia, ritmo, frecuencia.

Darío permanece inmóvil, escuchando cómo el agujero devuelve el eco de lo que acaban de hacer.

Se siente como un carcelero que acaba de encerrar algo que jamás volverá a salir.