Capítulo 36 Cadáveres ardiendo hasta no ser más que polvo sin nombre #2
Tenía apenas diez años cuando regresaba de jugar y supo que algo iba mal antes incluso de entrar.
La puerta estaba abierta. No de par en par, sino apenas entornada, como si alguien hubiese pasado por ella y hubiese olvidado cerrarla.
Años después seguiría recordando aquel detalle.
No la sangre. No al principio. La puerta.
Porque su madre jamás dejaba una puerta abierta.
Celeste entró llamándolos.
—¿Mamá?
Nadie respondió.
Avanzó unos pasos.
—¿Papá?
Silencio.
Ese fue el último instante de su vida en que Celeste Kessler fue una niña normal.
Después los encontró.
Hay horrores que una mente adulta puede contemplar y, con el tiempo, conseguir encerrar en algún lugar remoto de la memoria.
Puede ponerles palabras. Puede llamarlos asesinato, tragedia, trauma.
Puede acudir a un médico. Puede beber. Puede rezar.
Puede aprender a pronunciar los nombres de los muertos sin que le tiemble la voz.
Pero una niña no sabe hacer ninguna de esas cosas.
Una niña solo ve a su madre en el suelo.
Ve una mano inmóvil donde siempre había habido una caricia.
Ve unos ojos que conoce mejor que cualquier otra cosa en el mundo y comprende, sin comprender realmente, que ya no la están mirando.
A su lado, un padre boca abajo sobre una piscina de sangre.
Celeste se quedó quieta. No gritó. Era como si su cuerpo hubiera olvidado cómo hacerlo.
Entonces ocurrió. Fue una rotura demasiado grande para producir dolor inmediatamente.
Un magma silencioso empezó a moverse dentro de ella.
Como si su alma hubiera sido un cristal sometido a una presión insoportable y, de pronto, una grieta diminuta hubiese aparecido en el centro para extenderse en todas direcciones.
Celeste miró a sus padres y sintió cómo desaparecía el mundo.
La casa dejó de ser una casa.
La infancia dejó de ser un lugar seguro.
Los adultos dejaron de ser invulnerables.
Y comprendió la primera de las verdades que gobernarían el resto de su existencia: todo podía ser destruido. Una familia. Un hogar. La seguridad. El amor.
Todo.
Aquella noche Celeste envejeció décadas. Durante mucho tiempo sintió que llevaba los pedazos dentro, fragmentos diminutos que se movían con ella y cortaban cada vez que intentaba recordar quién había sido antes de abrir aquella puerta.
Pero Celeste hizo algo con aquellos pedazos. Los ordenó, uno por uno. El caos la había encontrado indefensa una vez. No habría una segunda.
Más aún, se dedicaría a vengarse del caos.
Porque estaba convencida de que aquello no había sido un crimen aislado ni una desgracia doméstica. No había sido un robo. No había sido una discusión. No había sido una locura repentina. Fue algo peor: la consecuencia lógica de un lugar enfermo y de las personas que gravitan alrededor de él.
Un loco.
Uno más.
Uno atraído por el influjo del Caserón de los Susurros, del Vientre de los Ahogados, de Germán Laredo o de lo que demonios actuara allí abajo, filtrándose en las mentes abiertas como agua salada en una herida. El nombre daba igual. La causa daba igual.
Celeste creció con aquella escena incrustada detrás de los ojos. No como un recuerdo borroso, sino como una diapositiva fija: la carne, el hueso, la pared salpicada, el suelo encharcado. Con los años, el rostro de sus padres se desdibujó, pero aquella imagen no. Nunca.
Y algo empezó a solidificarse dentro de ella, algo persistente, imposible de erosionar.
Odio.
No un odio infantil, explosivo y torpe. Un odio atávico, metódico, dirigido.
Para Celeste no había excepciones ni matices.
Todos esos perturbados que acudían al Caserón eran variaciones del mismo error.
Psicópatas en potencia. Asesinos esperando el estímulo adecuado.
Si no habían matado aún, era solo cuestión de tiempo.
Y alguien tenía que estar allí cuando eso ocurriera.
Por eso no abandonó el Caserón. Por eso lo heredó, lo sostuvo, lo mantuvo abierto. No por tradición, ni por dinero. Tampoco por apego.
Era la trampa perfecta.
Le daban igual los escritores que buscaban inspiración, los pintores que decían oír voces, los turistas con inquietudes oscuras. Le daban igual porque no eran el objetivo. Eran el cebo. Y Celeste sabía esperar.
Aprendió a cazar, no por afición, sino para familiarizarse con las armas de fuego. Salía al monte, sola, durante horas. Aprendió a respirar antes del disparo. A no dudar. A aceptar el retroceso. A entender que matar no es un acto emocional, sino técnico. El arma no juzga, simplemente ejecuta.
Pensaba en futuros huéspedes. En posibles emboscadas, en ángulos muertos, en las mil formas que tiene la muerte de pintarse.
Durante décadas vivió así. Vigilando. Observando.
Esperando. Como una cazadora inmóvil que sabe que la presa, tarde o temprano, cometerá el error de entrar en su territorio.
Algunos llegaron. Un par de ellos cruzaron la línea.
Y no salieron vivos.
Pero siempre fue cuidadosa. Demasiado cuidadosa. Los huéspedes podrían verla. Podrían sospechar. Y, sobre todo, podían hablar. El Caserón no podía convertirse en un lugar señalado. Lo que hacía allí necesitaba tiempo, silencio y normalidad aparente.
Hasta que llegó Darío Salvatierra.
Con él, algo se desajustó. O se multiplicó.
Darío tenía algo que los otros no. No era solo sensibilidad.
No era solo talento. Era una perturbación especial, una frecuencia distinta.
Desde que se alojó allí y empezó a escribir, el Caserón cambió.
Los susurros fueron los primeros en delatarlo.
Muy levemente. Tanto que sólo una persona que llevara allí décadas podría notarlo.
Y las cosas empezaron a encajar. A emerger.
Fue Darío quien desenterró al asesino de sus padres: Ismael Rivas. Y cuando Celeste lo tuvo frente a ella, no dudó. Le dio exactamente lo que llevaba décadas reservando. Una muerte lenta. Dolorosa. Consciente. Un castigo a la altura de lo que había hecho.
Durante un instante creyó sentir paz.
Pero duró poco.
Apenas un susurro de paz entre dos gritos de horror.
Porque Celeste entendió algo más.
Darío no había cerrado nada.
Lo había abierto.
Una brecha nueva. Más grande. Más peligrosa.
Siguió sus pasos a través de las noticias: su ascenso, el éxito de El Espejo de los Dementes y, después, las consecuencias. El atentado contra la editorial. Contra otro escritor de terror. El asesinato de su agente. El de su madre.
Ya no eran casos aislados. Era un patrón. Los monstruos se movían, acechaban, mordían. Y entonces Darío dijo, delante de periodistas, que se refugiaría en el Caserón.
Eso bastó.
Celeste echó a todos los huéspedes. Cerró habitaciones. Canceló reservas. Preparó la escopeta, revisó la munición…
Y esperó.
Los monstruos ya venían.
Y esta vez, no pensaba dejar escapar a ninguno.
***