El Espejo de Los Dementes Capítulo 36 Cadáveres ardiendo hasta no ser más que polvo sin nombre
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Capítulo 36 Cadáveres ardiendo hasta no ser más que polvo sin nombre

Gloria Santoro llegó al Caserón de los Susurros a mediodía.

El sol caía limpio, casi obsceno, sobre la piedra vieja.

Aparcó el coche junto a la fachada, demasiado cerca, como si quisiera comprobar que el edificio era real y no una imagen mal fijada en su imaginario.

Al bajar, el aire salado le llenó los pulmones.

Desde el acantilado, muy abajo, subía el runrún constante del mar en el Vientre de los Ahogados: un murmullo grave, repetitivo, con la cadencia exacta de una radio mal sintonizada.

Por un instante pensó: suena igual.

Igual que las órdenes. Igual que las radios apagadas.

Pero cortó el pensamiento. No había venido a escuchar ni a cuestionar. Se colocó el machete a la espalda, ajustándolo con cuidado, y avanzó.

Infiltrarse. Reconocer el edificio.

Eso era todo.

Todo el conjunto transmitía una extraña dignidad: una decadencia sostenida con orgullo.

Un caserón de piedra antiguo, solemne, diríase que embalsamado en la sal del aire y el tiempo.

Las ventanas quedaban ocultas bajo marquesinas de madera sin barniz desde hacía demasiado tiempo.

Las puertas eran negras, envejecidas, pero aún firmes.

La superficie estaba marcada por vetas profundas, y en ellas se intuían cortes antiguos, como si alguien hubiera probado cuchillos en la humedad durante años.

Las aldabas de hierro formaban espirales cerradas, casi orgánicas.

Cuatro escalones de piedra, mordidos en las esquinas, la separaban del umbral.

Subió. Tocó el timbre y esperó.

El tiempo se estiró. Instintivamente llevó una mano hacia atrás y palpó el arma. Todo estaba bien. Entonces la puerta crujió y se abrió lo justo.

Celeste Kessler apareció recortada contra la penumbra interior, inmóvil, como si la casa la hubiera colocado allí.

Vestía de oscuro. El rostro era liso y maduro; los ojos grises, opacos, como ceniza que aún conserva calor.

No sonrió. No mostró sorpresa. Simplemente la observó, con una atención tan sostenida que resultaba física.

Gloria tragó saliva. Se dio cuenta, con un sobresalto íntimo, de que llevaba demasiado tiempo sin hablar con nadie.

—Hola… —dijo, y su voz le sonó ajena—. Tengo entendido que aquí hospedan a personas. Quisiera alojarme.

Celeste no respondió de inmediato. Se dedicó a escrutarla despacio: el pelo sucio recogido sin cuidado, la mirada algo huidiza, el carmín mal aplicado que se había corrido en un lateral de la boca. Luego, algo parecido a una sonrisa cruzó su rostro. Apenas un gesto muscular, diríase que ensayado.

Se apartó, invitando a la entrada.

—Adelante.

Gloria obedeció. El interior la envolvió de inmediato. Las paredes parecían vibrar con un susurro constante, bajo, imposible de localizar. Aquello era perturbador, pero intentó disimularlo.

En la primera estancia, Celeste abrió unas puertas correderas y la condujo a una salita: dos butacas, un par de sillas, una mesa baja, un mueble con muchos libros al fondo.

Una alfombra enorme amortiguaba el suelo por completo.

Contra la pared, un aparador viejo sostenía figuritas de porcelana alineadas con un orden inquietante.

—Voy a por el libro de registro —dijo Celeste—. Por favor, siéntese. Lamentablemente, las butacas de la biblioteca no pueden usarse todavía, acabo de limpiarlas y están húmedas.

Gloria se sentó en una silla. Y esa pareció ser una señal para que la anfitriona desapareciese por la misma puerta por la que habían entrado.

La antigua militar notó el peso del machete contra su espalda. Reconocer el terreno, pensó. Hablaría con la vieja. Preguntaría cuántos huéspedes había. Se alojaría. Y por la noche, cuando la casa durmiera, se deslizaría entre las sombras y ejecutaría la misión.

Los mataría a todos. Su cuchillo rebanaría cuellos, apuñalaría corazones de cuerpos dormidos que jamás despertarían.

Los susurros parecían aumentar. Gloria tuvo la impresión de que intentaban comunicarle algo. Como los transistores apagados que le transmitían órdenes.

No le gustaba aquel sitio.

Entonces, distraídamente apoyó una mano en una de las butacas acolchadas.

Estaba seca.

Retiró la mano, confundida. La dueña le había dicho que estaban húmedas. Iba a pensar en ello cuando la figura volvió a aparecer en la puerta.

Pero a veces, solo pensar es demasiado tarde.

Porque no hubo aviso.

Celeste levantó una escopeta y la apoyó contra su hombro.

Gloria apenas pudo hacer un gesto, quizá para apartarse, pero no hubo tiempo.

El disparo le reventó el pecho y la lanzó hacia atrás.

La silla cayó con ella. El aire se le escapó en un sonido animal.

Desde el suelo, con el pecho ardiéndole como si le hubieran metido fuego por dentro, apenas lograba asimilar qué estaba pasando.

Una presión imposible, un peso húmedo expandiéndose bajo las costillas. El aire no entraba. O entraba mal, a trompicones, como si ya no recordara el camino. Intentó incorporarse, pero el cuerpo no respondió.

Celeste ya había preparado un segundo disparo, el arma encañonándola con calma profesional. Observó a su víctima. Pasaron unos segundos. El dedo haciendo guardia en el gatillo.

Luego bajó la escopeta.

No sería necesario.

Desde el suelo, Gloria solo alcanzó a ver cómo la sangre —oscura, caliente— se deslizaba entre sus dedos, apoyados contra el pecho abierto, mientras la vida se le escapaba sin emitir una sola orden.

La anfitriona apoyó el arma contra una pared y se sentó en una de las butacas, que no había querido destrozar con un disparo ni manchar de sangre.

Aguardó en silencio a que todo terminara.

No la miró, sino que tenía la mirada fija en algún punto del techo.

Los susurros de las paredes parecían cambiar la frecuencia, pero Celeste estaba acostumbrada.

En algún momento, de sus pensamientos se escapó una frase:

—Esto es por mis padres, hija de puta.

***

Darío estaba en su chalet, con la maleta abierta sobre la cama. Había metido ropa sin orden, casi con violencia, como si el gesto en sí fuera más importante que el contenido. Cada prenda era un detalle insignificante, una decisión superflua.

Se había delatado. Había pronunciado delante de todos el nombre del lugar al que pensaba refugiarse. Los asesinos de su madre, de Horacio… ahora sabrían dónde encontrarlo. El pensamiento le revolvió el estómago. No era paranoia. Era lógica. Si iban a por él, ese sería el lugar.

Entonces, ¿por qué lo había hecho?

Rabia, claro. Eso era lo fácil. La rabia siempre servía como excusa rápida. Pero debajo había algo más incómodo, más sucio. ¿Qué pensaba hacer allí? ¿Sacrificarse? ¿Buscar una muerte horrenda, ejemplar, como si la mereciera?

No tenía respuesta.

Sabía que merecía castigo. Eso lo tenía claro desde que había empezado a escribir El Espejo de los Dementes. Pero no así. No entregándose a la fatalidad. No dándoles a ellos el placer de verlo caer sin luchar.

Cerró la maleta despacio.

No tenía un plan.

No sabía cómo actuar.

Solo intuía una cosa: que allí, en el Caserón, encontraría respuestas. Algo que había estado evitando demasiado tiempo. Quizá redención. Quizá venganza. Quizá ambas cosas, si aún tenía derecho a alguna de ellas.

Respiró hondo.

La única certeza era que, pasara lo que pasara, ya no había marcha atrás.

***

El coche de Darío Salvatierra atravesó Alba Marina sin detenerse.

El pueblo seguía igual que siempre: triste, vacío, silencioso.

Las calles parecían suspendidas en una hora que no avanzaba.

Persianas bajadas, fachadas descoloridas por la sal, minúsculos rastros de vida más allá del eco de su propio vehículo.

Nadie lo miró pasar. Nadie parecía esperar nada.

El Caserón de los Susurros apareció al final del camino como una presencia antigua, inmóvil frente al mar. Al acercarse, Darío vio un coche aparcado junto a la entrada: un Volkswagen blanco sucio y viejo. Aparcó justo al lado, demasiado cerca, como si los vehículos compartieran un secreto.

Bajó. El aire olía a sal y a piedra húmeda. Los rugidos lejanos del mar lo envolvieron y llegaron a sus oídos con una familiaridad extrañamente reconfortante. El Vientre de los Ahogados parecía darle la bienvenida. Otra vez.

Se acercó a la puerta y llamó. Celeste abrió casi de inmediato. Su rostro estaba serio, tenso, como si llevara horas sosteniendo una decisión.

—Señor Salvatierra —dijo—. Le estaba esperando. Pase. Necesito que me eche una mano.

Darío parpadeó, descolocado.

—Claro —respondió, sin pensar.

Entró.

Celeste lo condujo directamente a la primera salita. Al cruzar el umbral, Darío se quedó paralizado. Sobre la alfombra, extendido con una quietud imposible, yacía el cadáver de una mujer. La sangre había oscurecido el tejido, dibujando formas irregulares.

Darío palideció. No podía encajar la escena. La anfitriona se acercó al cuerpo.

Los susurros hablaban en las paredes, como un concilio de voces apagadas desde el más allá. El escritor se llevó el pulgar al muñón y lo frotó lentamente. La cicatriz estaba fría. O quizá eran sus manos.

Celeste habló con la misma voz neutra de antes:

—Estoy ya muy mayor para trasladar un cadáver.

***

Celeste Kessler no se convirtió en lo que era. Lo decidió.

Hubo un tiempo, mucho antes de aquella mujer de espalda recta, mirada acerada y palabras capaces de abrir una herida sin necesidad de levantar la voz, en que Celeste había sido simplemente una niña.

Y aquella niña murió el mismo día que sus padres.

Por entonces, el Caserón ya era una antigua hospedería, aunque aquella tarde no había huéspedes. Ninguna maleta descansaba junto a las puertas, ninguna conversación atravesaba los corredores, ningún desconocido ocupaba las habitaciones del piso superior. Solo estaban sus padres.