Capítulo 35 Sin nombre, sin memoria, sin descanso. #3
El motor rugió en el silencio del descampado. Un haz de luz blanca barrió el terreno y lo alcanzó de lleno. Hugo alzó la mano instintivamente para protegerse, cegado. Durante un segundo eterno, supo que estaba expuesto. Un hombre solo, a oscuras, dentro de un coche apagado. Silencioso. Observando.
Sospechoso.
El vehículo maniobró, giró, y se marchó. Hugo no llegó a ver quién iba dentro. Solo supo una cosa: alguien lo había visto.
El recuerdo de su madre le atravesó la cabeza como una orden antigua.
Pasa desapercibido, Hugo.
No destaques.
El lugar ya no era válido. El momento tampoco.
Metió la llave. Arrancó el motor, encendió las luces y empezó a conducir. Al hacerlo, la radio se activó sola, sintonizada en alguna emisora al azar. No le importó. Para él, la radio siempre había sido ruido blanco, una cortina sonora para no pensar.
Abandonó el pueblo. Tomó la autovía en dirección a su cortijo. A su soledad entre suciedad, comida basura y el aullido de los perros al fondo.
Entonces escuchó algo.
Una palabra.
Un nombre.
El Hombre de los Nueve Dedos.
La piel se le erizó como si alguien le hubiera pasado una uña por la columna. Subió el volumen. Era un programa cultural. Voces educadas. Entusiasmo impostado. Hablaban de literatura, del escritor del momento, del seudónimo que había elegido.
—Darío Salvatierra —decía una voz—, autor marcado por una biografía trágica…
Hugo escuchó.
Absorbió.
Memorizó.
Hablaron del éxito del escritor. De la fascinación y la inquietud que causaba El Espejo de los Dementes. De las trágicas consecuencias ocurridas desde su publicación.
Y finalmente, del lugar elegido para su retiro.
El Caserón de los Susurros.
Hablaron del misticismo de aquel lugar, de los artistas y poetas que durante años habían acudido allí buscando inspiración. Un lugar de silencios extraños, corrientes de aire y murmullos que algunos atribuían a la propia casa.
Hugo sonrió por primera vez en mucho tiempo.
Ya sabía dónde estaba la madriguera de Papá.
***
Ya vienen.
Isaías Albuquerque lo supo antes de que nadie se lo dijera.
Antes incluso de que le avisaran de que la policía había requerido la presencia de su ayudante, Vallejos, para hacerle unas preguntas.
Y eso significaba que el peligro ya estaba demasiado cerca.
Vallejos, el vigilante, el eslabón blando, el hombre que abría puertas creyendo que estaba tocando ciencia cuando en realidad tocaba pecado.
El cómplice necesario para que Albuquerque sacara a sus pacientes del hospital sin dejar rastro.
La policía lo había llamado a declarar. Interrogatorio formal, habían dicho.
Los estaban cercando.
El asesinato de Débora.
El asesinato del doctor Porcel.
El asesinato del agente de Darío Salvatierra.
Los otros crímenes.
Las salidas nocturnas.
Las ausencias en los registros.
Las cámaras que miraban donde no debían.
Siempre lo había notado. Desde el asesinato de su esposa y la muerte de Porcel, que había indagado demasiado, tuvo un par de entrevistas con los investigadores.
Interrogatorios incómodos donde, a pesar de ser un simple testigo, podía notar esa pausa estratégica en los ojos de los investigadores, el segundo de más antes de asentir, el modo en que las preguntas regresaban, una y otra vez, como animales que olfatean sangre bajo la tierra.
Lo habían intentado con él. Y harían lo mismo con Vallejos.
Y él no lo aguantaría.
Era básico, de inteligencia más bien plana, sin ningún tipo de suspicacia. Bastarían dos frases bien colocadas, una amenaza velada, una promesa falsa y acabaría diciendo lo que sabía. Y lo que no, también.
El tiempo se había acabado.
Durante años había levantado algo más complejo que una fortaleza: un sistema. Pacientes, experimentos, salidas clandestinas, medicaciones falseadas. Una estructura construida capa a capa, secreto a secreto.
Los crímenes, las torturas, las hogueras nocturnas, los cadáveres ardiendo hasta no ser más que polvo sin nombre… demasiados secretos, demasiadas capas de mentira cuidadosamente selladas.
Y, aun así, todavía faltaba su proyecto más importante: el Hombre de los Nueve Dedos.
Esa persona especial que parecía tener todas las respuestas sobre la magnificencia de todas las mentes diferentes, como una piedra angular sobre la que se cimentaba toda la verdad, seguía fuera de su alcance, escondido, mientras todo aquello que Isaías había protegido estaba a punto de quedar expuesto.
Enciende su teléfono móvil y le salta una noticia, seleccionada por algoritmos que ya conocen sus intereses.
Un titular que, aunque banal, lo zarandea como un desfibrilador.
Darío Salvatierra anuncia su retirada temporal. Clica rápido y devora el artículo. Necesita silencio. Inspiración. Se marcha a un lugar concreto, nombrado con ligereza: el Caserón de los Susurros.
Isaías cierra los ojos un instante.
Ha salido de su fortaleza.
Se ha expuesto.
Y sabe dónde encontrarlo.
Ya no quedan planes alternativos. Ni coartadas. Ni noches de ensayo. Solo una huida hacia delante, recta, definitiva. Ir antes de que Vallejos hable. Antes de que la red se cierre del todo.
Tiene que ser ya.
Ahora.
Porque cuando el mundo empieza a mirar, ya no queda tiempo para esconderse.
Solo para adelantarse al final.