Capítulo 35 Sin nombre, sin memoria, sin descanso. #2
Pero Gloria era militar y no se dio por vencida.
Cuando llegaba el día y los horrores de la noche empezaban a disiparse, volvía a pensar como tal.
Estaban usando con ella algún tipo de arma psicológica, eso era evidente.
No podía quedarse con los ojos cerrados.
Permanecer inmóvil era concederle la victoria al enemigo.
Aquel hombre la estaba doblegando. La estaba empujando hacia la locura, quebrando su voluntad golpe a golpe, sueño tras sueño. No podía permitirlo.
Así que reaccionó. Gloria empezó a investigar. ¿Quién era el Hombre de los Nueve Dedos? Buscó en periódicos, blogs, foros, internet, televisión. Leyó hasta que las palabras perdían sentido, hasta que las pantallas le devolvían su propio reflejo cansado.
Pero nada. Ni rastro de aquel hombre.
En su salón ya no quedaban cuadros. Las paredes estaban cubiertas de pintadas a rotulador, post-its pegados unos sobre otros, recortes de periódicos clavados con cinta y chinchetas, flechas torcidas, frases subrayadas con furia. El rastro de una investigación tan metódica como desquiciada.
Y, aun así, nada.
Y luego estaban los transistores. No los encendidos, no los que obedecían a la lógica simple de un botón y una frecuencia.
Los otros, los apagados.
Porque desde que decidió dar caza al Hombre de los Nueve Dedos, las voces cambiaron.
Ya no intentaban arrastrarla hacia el asesinato indiscriminado ni sembrar el caos a su alrededor. Las órdenes dejaron de ser arbitrarias. Ahora todas apuntaban en la misma dirección.
El objetivo.
Desde entonces, siempre había uno apagado cerca de ella. Mientras llenaba las paredes de notas, consultaba archivos o trazaba nuevas conexiones, las comunicaciones continuaban, discretas, constantes, marcando el siguiente paso de la búsqueda.
Las instrucciones llegaban con la precisión de un parte militar.
Continúe con la investigación, cabo.
Revise los archivos de prensa. Cambio.
Nuestros informes de inteligencia indican que el objetivo está cerca.
Las voces parecían conocerla. Sabían cuándo estaba agotada, cuándo dudaba, cuándo el miedo amenazaba con paralizarla.
Mantenga la posición.
El enemigo también la está buscando.
Permanezca de guardia hasta el amanecer.
Aquellas órdenes ya no le producían terror.
La tranquilizaban.
Le devolvían la disciplina que había perdido al abandonar el ejército. Por primera vez desde su baja médica, volvía a sentirse útil. Volvía a formar parte de una operación. Tenía un mando. Tenía una misión.
Encontrar al Hombre de los Nueve Dedos.
Localizarlo.
Neutralizarlo.
Y Gloria obedecía.
Porque, por primera vez en muchos años, su locura había dejado de ser un enemigo.
Se había convertido en su mejor arma.
Y entonces llegó la noticia.
La vio en una pantalla pequeña, mal encuadrada. Un hombre saliendo de un tanatorio. Ojeras profundas, cuerpo algo encorvado, rostro desgastado.
Y debajo un titular: Darío Salvatierra, el escritor del momento, desvela su nuevo seudónimo: “El Hombre de los Nueve Dedos”.
Gloria sintió el clac en el pecho.
Por primera vez, el Hombre de los Nueve Dedos tenía rostro.
Existía.
Era real.
Y estaba vivo.
***
Gloria Santoro se preparó para atacar.
No tenía armas de fuego. Su estado psicológico hacía impensable que pudiera tenerlas, pero nunca las había necesitado.
En su armario, envueltos en telas viejas y olor a metal dormido, guardaba varios machetes de legionario: hojas pesadas, rectas, diseñadas para avanzar, no para dudar.
Los limpió con cuidado, sin prisa, como si el gesto fuera una forma de oración.
Desde que descubrió la noticia, investigó a fondo ese vídeo. Y allí encontró información que era oro puro. No solo el nombre de su objetivo, sino el lugar donde encontrarlo.
Había estudiado el lugar. El Caserón de los Susurros, una antigua hospedería sobre el acantilado. Lo ubicó en los mapas, en fotos aéreas, en foros olvidados. Y el pueblo: Alba Marina. Un nombre luminoso para un lugar donde la luz parecía llegar ya enferma.
Mientras revisaba los planos, la orden llegó. No fue un murmullo. El transistor de su casa, apagado como siempre, habló con una claridad quirúrgica:
Primero debe reconocer el terreno, cabo.
Gloria no se sobresaltó. Solo asintió, como si alguien pudiera verla.
Era imprescindible pasar desapercibida. Por primera vez en meses, intentó arreglarse.
Se duchó sin entusiasmo, con un bote de gel al que apenas le quedaban unas gotas.
Se miró al espejo demasiado tiempo. El resultado fue casi obsceno: una mujer de treinta y ocho años mal alimentada, con el cabello sucio y aplastado en una coleta torpe; maquillaje mal aplicado, el lápiz de labios corrido por un lateral de la boca como una herida leve; vaqueros manchados, una camiseta mal planchada que no disimulaba nada.
Pero a sus ojos, iba perfecta.
Se colocó el machete a la espalda, oculto, el peso reconfortante contra la columna. Salió de casa. Subió a su coche, un Volkswagen Polo antiguo, sin la inspección superada.
Durante el trayecto hacia Alba Marina, la radio del vehículo —sin señal, sin emisora— empezó a transmitir actualizaciones. Frías. Metódicas.
Infiltrarse.
Reconocer el edificio.
Localizar el objetivo.
Luego, otra orden. Más baja. Más íntima.
Una vez localizado, clávele un machete en el corazón.
Buena suerte, soldado.
Cambio y corto.
***
—¿Quiere usted ser asesinado esta noche?
La frase rajó el silencio de aquel habitáculo.
Pero no tenía la decisión, el énfasis, de antaño.
Hugo Santacruz estaba dentro de su coche, el motor apagado, las luces muertas.
Una cápsula negra en medio de la nada. El asiento le crujía bajo el peso.
Tenía las manos apoyadas en el volante, inmóviles, como si cualquier movimiento pudiera delatarlo.
Frente a él se extendía el aparcamiento municipal: un descampado enorme, irregular, de tierra compactada y grava suelta, incrustado absurdamente en el centro de aquel pueblo como una herida mal cerrada. De día parecía un error urbanístico, grotesco, burdo y feo.
De noche, era perfecto.
No había barreras, no había cámaras visibles, no había control de acceso.Un par de farolas funcionaban a medias, escupiendo conos de luz amarillenta que no alcanzaban a tocarse entre sí. El resto era penumbra, coches apagados, sombras sin dueño.
Allí, entre dos vehículos mal aparcados, vio moverse una figura.
Hugo se tensó.
La silueta avanzaba despacio, recortada contra el brillo sucio de una farola lejana. Al principio no distinguió nada más que eso: un cuerpo, una trayectoria. Su pulso se aceleró. El viejo mecanismo quiso activarse. La pregunta volvió a formarse, afilada.
—¿Quiere usted ser asesinado esta noche?
Entonces la figura se esclareció lo suficiente para deducir que era una mujer. Lo supo por la forma de andar. Por la caída del abrigo. Por el gesto automático con el que se ajustó el bolso al hombro. No necesitó verle el rostro.
La alerta murió de inmediato. Hugo apartó la mirada, como si le hubieran mostrado algo obsceno. Él quería varones. Hombres maduros. Cuerpos que encajaran en su ritual.
Permaneció allí, quieto, observando el descampado como si esperara que el mundo le devolviera algo que había perdido.
Desde que soñó con el Hombre de los Nueve Dedos, nada había vuelto a ser igual.
Había perdido colmillo, paciencia, determinación, audacia.
No había vuelto a matar a nadie. No había vuelto a despojar a un hombre de su ropa interior.
No había vuelto a restregársela a su padre.
Aunque tampoco había padre al que restregarle nada.
O al menos, no uno localizable.
Sabía que se ocultaba. Sabía que escribía. Sabía que ahora tenía nueve dedos.
Y sabía que lo visitaba en sueños.
Sueños siempre iguales en lo esencial: la casa limpia, ordenada, imposible. La luz cálida cayendo como miel. El olor a sopa. Su madre viva, presente sin mostrarse, dejando ternura en el aire como un rastro. Y su padre, sentado en el sillón, entero, sereno, sonriente.
Hasta que todo empezaba a torcerse.
Hasta que le grapaba el prepucio entre sangre, dolor y alaridos.
Hasta que le taponaba el ano con un tapón sellado con silicona.
Hugo despertaba empapado. A veces cagado en el pañal.
Con la humillación todavía caliente.
Y el retumbo de un clac, clac, clac en la atmósfera —su padre, tenía que ser su padre— escribiendo, guionizando la pesadilla. Haciéndola verdad.
Había intentado encontrar a ese hombre. Internet, un ordenador viejo, y sus nulos conocimientos informáticos eran insuficientes. Pero nada; los límites de su mundo eran demasiado estrechos y su capacidad demasiado limitada.
Entonces había intentado volver a cazar para despejarse. Para relajarse. Para recuperar el pulso. Pero algo siempre fallaba: el momento se estiraba, el gesto no llegaba, el salto no se producía.
Pero en su interior se alegraba de no haber consumado ningún asesinato, porque sospechaba que no le daría placer. No hasta que encontrara al Hombre de los Nueve Dedos y restregara sus propios calzoncillos contra su cadáver.
De pronto, un coche arrancó.