Capítulo 35 Sin nombre, sin memoria, sin descanso.
No todos los dementes soñaban igual. Muchos lo hacían de forma fragmentaria, rota, como quien recibe señales sin entender el idioma.
Veían retazos, imágenes inconexas, flashes que sus recuerdos o su imaginación mezclaban de manera confusa.
Oían el clac, clac, clac sin asociarlo a nada concreto.
Despertaban sudados, aterrados, con la sensación de haber sido observados, pero incapaces de ponerle rostro a aquello que los miraba.
Otros estaban demasiado sedados para sospechar siquiera.
Aplastados por años de medicación, por diagnósticos que no explicaban nada, por psiquiátricos donde el tiempo se disolvía en rutinas y luces blancas.
Para ellos, el Hombre de los Nueve Dedos era solo una sombra más en un desfile de alucinaciones.
Una figura recurrente, sí, pero inofensiva en su irrealidad. Un síntoma.
Pero había un tercer grupo.
Eran pocos. Muy pocos.
Esos no soñaban con confusión, sino con claridad.
Veían al hombre escribir.
Veían el dedo amputado.
Veían la espalda encorvada, la concentración absoluta, la calma obscena con la que ordenaba el horror ajeno.
Y entendían algo que a los otros se les escapaba: el Hombre de los Nueve Dedos no era un demonio abstracto. No era una metáfora, no era un arquetipo del inconsciente.
Era alguien de carne, de hueso. Que respiraba en el mismo mundo que ellos.
Y si existía, podía morir.
Gloria fue una de esas personas.
Gloria Santoro ingresó en el ejército siendo muy joven, pero no era una ingenua.
Sabía perfectamente dónde se estaba metiendo.
Concretamente bajo el Mando de Transmisiones.
Auriculares, mapas, frecuencias, códigos.
Escuchar para que otros dispararan. No era un trabajo limpio, pero era un trabajo preciso.
Y ella entendía bien el precio de esa precisión.
Pasaba horas escuchando. Aprendió a distinguir el ruido útil del inútil. Interferencias naturales, chasquidos eléctricos, errores humanos. Aprendió que no todo ruido era una señal y que no toda señal contenía un mensaje.
Hasta que empezó a notar cosas raras.
Radios apagadas que parecían respirar.
Transistores sin corriente que devolvían un murmullo bajo, apenas perceptible, como si alguien hablara desde muy lejos, con la boca llena de tierra. Y luego estaba esa sensación: la certeza de que, si subía un poco más el volumen, escucharía algo que no debía.
No dijo nada a nadie. El ejército toleraba muchas cosas —el miedo, el cansancio, incluso la violencia—, pero no las grietas en la mente. Así que aprendió a sonreír, a asentir y a fingir que no escuchaba voces donde solo debía haber silencio.
Pero a veces las radios daban órdenes.
Y lo peor era que estaban apagadas.
O quizás, apagadas para los demás.
Sonaban como en un ejercicio. Frases cortas, secas, imperativas.
No insultos ni fantasías sueltas, sino instrucciones con una lógica militar retorcida.
Avanzar, esperar, confirmar, ejecutar...
Gloria nunca supo qué la aterraba más: la posibilidad de estar imaginándolas o la de que aquellas comunicaciones procedieran de algún lugar real.
De un lugar donde nadie debería estar transmitiendo.
Al principio fueron instrucciones banales o insignificantes. Después empezaron a volverse inquietantes.
Finalmente, se volvieron monstruosas.
Matar a alguien.
Atropellar a un bebé que cruzaba la calle.
Empujar a una mujer hacia las vías cuando llegara el tren.
Verter veneno en una taza de café.
Nunca hablaban de atrocidades imposibles ni de masacres lejanas. Todas estaban enmarcadas en un contexto siempre cercano, a mano, viables. Instrucciones formuladas con la frialdad de un protocolo, como si aquello fuera parte de una maniobra y no una aberración.
Ella se repetía que todo era producto de su imaginación. Debía ser producto de su imaginación. Un síntoma más. Un cortocircuito en una cabeza castigada por los años de servicio, el estrés y demasiadas noches sin dormir.
Pero había momentos en que las voces sonaban tan precisas, tan convencidas de su propia autoridad, que la explicación racional empezaba a resquebrajarse.
Hasta que llegó el día en que todo saltó por los aires.
Esta vez, de verdad.
El día del accidente con la mina.
No fue una emboscada espectacular. Ni siquiera estaban bajo fuego enemigo.
Fue una de las pocas veces que Gloria pisó terreno abierto.
Avanzaban en columna corta, ella detrás, dos compañeros delante marcando el paso.
Uno de sus compañeros hacía chistes sobre tomar mojitos en la playa.
No había tensión, al menos no la tensión del combate inminente.
Solo polvo, calor y el cansancio de una operación rutinaria.
Uno de ellos dio un paso más largo de lo debido.
Un chasquido seco.
Demasiado limpio.
Demasiado definitivo.
Después, el mundo partiéndose en dos. El aire convertido en pared, la presión arrancándole el sonido de los oídos, la tierra subiendo como una ola negra.
Cuando pudo enfocar, los dos hombres que iban delante ya no estaban enteros.
Uno abierto de cintura para abajo. El otro reducido a fragmentos irreconocibles.
Sangre, vísceras, restos de equipo esparcidos como si alguien los hubiera arrojado con desprecio.
No hubo forma elegante de decirlo en los informes.
Trozos. Vísceras. Cascos abiertos como fruta madura.
Gloria había caído al suelo sin saber cómo.
Milagrosamente estaba ilesa, de una pieza.
Mirando la escena desde abajo, con la certeza absurda de que no le había tocado cuando debería haberlo hecho.
No recordaba haber volado por los aires.
Solo recordaba el sonido. El golpe brutal que le reventó los oídos desde dentro.
El olor inmediato a pólvora, polvo caliente y metal.
Pero aunque la mina no la dañó por fuera, sí la hizo explotar por dentro.
Después de aquello, empezó a soñar con aquel incidente.
Siempre igual.
El paso.
El chasquido.
Y una violenta explosión que rompía el mundo.
Se despertaba empapada en sudor, con el cuerpo rígido, los oídos pitándole como si la mina acabara de detonarle dentro de ella. En los sueños veía a sus compañeros una y otra vez, abiertos, parcialmente desintegrados, irreconocibles, mirándola con ojos reventados.
Después de las pesadillas ya no pudo ocultar su verdad. Ni a los médicos, ni al ejército, ni a sí misma. Algo no funcionaba bien dentro de ella, y fingir que era solo cansancio o miedo dejó de ser una opción.
Los informes clínicos llegaron rápido.
Estrés postraumático severo.
Alucinaciones auditivas.
Insomnio crónico.
Entonces llegaron las pastillas. Muchas. Demasiadas. Pastillas para dormir. Para no soñar. Para no escuchar. Remedios que no funcionaron. Porque las pesadillas siguieron.
Y las radios seguían retransmitiendo.
La dieron de baja médica por incapacidad permanente. La expulsaron del ejército sin ceremonias, sin medallas y sin despedidas. Como si el problema nunca hubiera existido.
Gloria se aisló. Un piso pequeño, persianas siempre medio bajadas, austeridad y soledad.
Vivía de la pensión por incapacidad. Comía poco.
Dormía mal. Pasaba horas sentada en el suelo, escuchando transistores apagados.
No porque creyera que funcionaban, sino porque sabía que las órdenes que recibía a través de ellos podían ayudarla.
Todavía soñaba con la mina, aunque cada vez menos. Y cada vez despertaba más alejada de aquel horror.
Hasta que eso también cambió.
Una noche la pesadilla volvió, pero no como antes.
Esta vez no era un recuerdo borroso. Era más real que la realidad.
Ahora la explosión era todavía más violenta, más cercana.
El estruendo la dejaba sorda dentro del sueño.
El olor era insoportable: pólvora, polvo, sangre caliente, vísceras abiertas.
Sentía el suelo en la boca. El temblor del cuerpo. El dolor.
Y entonces, después de la detonación, con ella tirada en el suelo, con la frente sangrando, el pitido en los oídos, cuando todo debería haber acabado… escuchó el clac.
Clac, clac, clac.
¿Qué era eso?
No venía del suelo.
Venía de más allá.
Entre la nube de pólvora vio una silueta. Grande. Encorvada. Sentada ante una mesa. De espaldas. Escribiendo.
Clac, clac, clac.
No escribía cartas, ni ensayos, ni poesía. Gloria lo supo de inmediato.
Escribía mensajes. Mensajes tácticos y funcionales. Delataba posiciones. Confirmaba objetivos. Mandaba a ejecutar misiones.
Era el enemigo.
No era un simple hombre. Era una inteligencia nacida para la guerra, un estratega de la muerte, un escriba silencioso que trazaba sobre el papel el destino de los vivos con la misma calma con la que otros redactan una carta.
El enemigo allí mismo, escribiendo, en su sueño. Congratulado por el éxito de su misión: mina colocada, enemigos eliminados. Dando un parte victorioso de guerra, en el que todo había salido según lo previsto.
Despertó gritando, arañando el aire como quien intenta salir de una tumba antes de que la tierra termine de cubrirlo.
Sintió que los ojos iban a reventársele dentro de las órbitas, empujados por un terror demasiado grande para caber en un cuerpo humano.
Jamás gritó tanto en su vida. Se le desgarró la garganta.
Luego lloraría durante horas, aterrorizada, acurrucada en un rincón del dormitorio. Esperando que el despertador-radio que había en su mesita de noche hablara con la voz del enemigo, de ese hombre con nueve dedos, diciéndole que se rindiera, que habían sido vencidos.
Desde aquella noche, el Hombre de los Nueve Dedos no la dejó sola.
Soñaba con él, siempre la misma escena. Cada noche, despertaba embadurnada en sudor, en miedo. Con el olor a pólvora aún en el sentido.