Capítulo 34 Un hogar del que nunca debimos marcharnos. #3
Él lo sabía. El silencio acaba resquebrajándose. La oscuridad termina por llenarse de cosas que uno no ha invitado. El refugio, con el tiempo, deja de ser un escondite y se convierte en una trampa. Podía agazaparse, contener la respiración, fingir que el mundo no existía ahí fuera.
Pero la realidad siempre encuentra la grieta.
Y cuando lo hace, no entra despacio.
En algún momento, tendría que salir.
Quizá aquel era el momento de hacerlo.
Darío bajó la cabeza. Por primera vez en mucho tiempo, no había defensa posible, ni ironía, ni discurso. Solo cansancio. Un cansancio antiguo, más profundo que la culpa.
—No sé qué hacer —admitió al fin—.
Irene lo observó unos segundos antes de responder. No había dureza en su mirada, tampoco consuelo. Solo una claridad incómoda.
—Es hora de acabar con esto —dijo.
Las palabras no fueron una acusación. Fueron un diagnóstico.
Darío tragó saliva.
—¿Cómo?
Ella dudó apenas un instante, como si calibrara el peso de lo que estaba a punto de decir.
—Solo se me ocurre una manera —respondió—. Cortar esa conexión que tienes con esas personas.
Él frunció el ceño, atento, vulnerable.
—¿Y cómo se corta algo así?
—Allí donde empezó todo —dijo—. En el Caserón de los Susurros.
El nombre del lugar cayó entre ellos como una piedra en agua quieta.
Darío cerró los ojos un segundo. El viento del jardín le rozó el rostro y, sin saber por qué, pensó en los rugidos del mar, en susurros recorriendo paredes, en la piedra viva del sótano, en el sonido de la máquina de escribir, en folios tirados de cualquier forma sobre la mesa…
Asintió despacio.
—Sí… —murmuró—. No sé cómo, pero intuyo que tienes razón. Ese sitio no solo era especial. Era un potenciador. Si hay un lugar donde cortar… o cambiar algo… es allí.
Abrió los ojos y la miró.
—¿Me ayudarías?
Irene no vaciló.
—Ya lo he hecho, Darío.
Aquello no le dio esperanza; le reveló, con una lucidez dolorosa, que ya llegaba tarde.
—Entonces… —añadió, más bajo— ¿vendrías conmigo?
Ella no respondió. El silencio se alargó, como un pozo sin fondo abierto entre dos palabras. Irene apartó la mirada y, casi de forma instintiva, miró de reojo hacia atrás.
Darío siguió la dirección de su gesto.
A lo lejos, junto a la entrada del tanatorio, había un hombre esperando. Moreno. Maduro. De pie con una paciencia serena. No observaba a Darío. Solo a ella. Como quien sabe que el tiempo está de su parte.
Y en ese instante, Darío lo entendió todo.
La había perdido para siempre.
No ahora. No esa noche. La había perdido mucho antes.
En el pasado había tenido una oportunidad —una sola— y la había arruinado igual que había arruinado tantas otras cosas: creyendo que el éxito lo justificaba todo, que el brillo compensaba las grietas, que siempre habría tiempo para lo importante.
Pero no lo hubo.
Irene volvió a mirarlo una última vez. En sus ojos no había reproche. Solo una tristeza suave, definitiva.
***
La decisión no llegó como un relámpago. Llegó como una marea.
Lenta, imparable, arrastrándolo todo. Darío comprendió que ya no había margen para la huida, ni para la negación, ni para esconderse en habitaciones oscuras fingiendo que el mal no sabría encontrarlo.
Había creado algo. Lo había alimentado. Y ahora ese algo caminaba por el mundo dejando cadáveres a su paso.
El de su madre. El de Horacio. Quizá otros que aún no conocía.
Cuando la desgracia corre más rápido de lo que un hombre puede huir, ni siquiera te alcanza, te atropella.
Te pasa por encima triturando huesos, sueños y esperanzas.
Y tú quedas allí, tendido en el suelo, roto, incapaz siquiera de incorporarte, condenado a contemplar cómo continúa su avance devastador.
Y avanza más allá de ti. Devora cuanto te rodea.
Arranca de raíz los árboles de tu mundo, envenena sus ríos, reduce a cenizas los refugios que creías eternos.
Se alimenta de tu entorno, de tus afectos, de tus recuerdos, hasta que no queda nada salvo un paisaje desolado donde una vez existió una vida.
Y cuando se alcanza ese punto de fractura absoluta, ese instante en que ya no queda nada que salvar ni nadie a quien pedir ayuda, solo permanece una opción: mirar al destino de frente y afrontarlo.
Sobre todo cuando ese destino era un horizonte sembrado de dolor y muerte.
Sobre todo cuando él mismo había sido el ingeniero de aquel horror.
Salir del tanatorio es como cruzar una frontera invisible.
El aire nocturno le golpea el rostro con una frialdad casi ceremonial.
En la puerta, cuatro periodistas aguardan con desgana, apoyados contra una valla, matando el tiempo.
Al verlo aparecer, reaccionan al instante: cámaras al hombro, móviles en alto, preguntas que se pisan unas a otras.
—Señor Salvatierra, ¿una declaración?
—¿Cómo se encuentra?
—¿Qué puede decirnos de…?
Él alza la mano, no para pedir silencio, sino para imponerlo.
Los reporteros se callan. Darío sabe exactamente lo que va a decir. Las palabras no titubean. En sus ojos hay un brillo casi salvaje.
—Debido a los últimos acontecimientos he decidido retirarme durante un tiempo para escribir una nueva novela.
Los periodistas intercambian miradas rápidas. Las cámaras siguen grabando.
—Me retiraré a un lugar llamado el Caserón de los Susurros. Agradecería profundamente que tanto mi público como los medios respeten mi duelo y mi intimidad.
Hace una pausa. Pero no por duda. Es la pausa del que observa el filo de un cuchillo justo antes de usarlo.
—Y una cosa más —añade.
Los micrófonos se acercan un poco más.
—A partir de ahora, quiero que se dirijan a mí por mi seudónimo.
Un murmullo expectante.
Darío mira directamente a la lente más cercana.
—El Hombre de los Nueve Dedos.
No hay sonrisa. No hay teatralidad. Solo una certeza oscura, recién asumida.
El escritor se da la vuelta y se aleja sin esperar respuesta. Detrás de él, los periodistas hablan atropelladamente, conscientes de haber presenciado algo más que una declaración.
Han sido testigos de una invocación.
De un desafío.
Quizá de una sentencia de muerte.
Darío, por su parte, siente un tremendo alivio. El alivio del que no se decidía a tirar los dados por miedo y de repente lo ha hecho, quitándose la carga de la duda.
Ya no hay miedo a saltar al precipicio, porque ya ha saltado.
Ahora, los engranajes del universo han empezado a moverse, encajando unos con otros con la precisión de una maquinaria antigua y monstruosa.
Y él sabe, con la certeza irracional de los condenados, que nada podrá detenerlos hasta alcanzar su desenlace.
Ya sabéis dónde encontrarme.
Ahora, venid a por mí.