El Espejo de Los Dementes Capítulo 34 Un hogar del que nunca debimos marcharnos. #2
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Capítulo 34 Un hogar del que nunca debimos marcharnos. #2

El ataúd cerrado era el último gesto de pudor hacia una mujer que había sido muchas cosas —dictadora, insoportable, obsesiva— pero también su madre.

Y eso, a pesar de todo, era lo único que importaba.

Aguantó la ceremonia como pudo. Vecinos.

Conocidos. Tíos lejanos. Gente que venía por compromiso o por morbo, pues era difícil imaginar que una persona tan cargante como doña Encarnación tuviera alguna amiga de verdad.

A él, por diferentes motivos, hacía tiempo que tampoco le quedaban amigos.

Si antes de ser famoso ya eran pocos, desde la publicación de El Espejo de los Dementes prácticamente se había ido encerrando en una soledad corrosiva.

Una soledad que ningún polvo rápido con una fan, ninguna retahíla de vasos de ron o ninguna noche de lujo prestado podía rellenar.

No había llamado a Marta, a su hermana. No podía.

Ella vivía en un torbellino meteórico: congresos, viajes, proyectos en Suecia, Irlanda, Corea, Singapur...

Trabajaba quince horas al día, dormía cuatro.

Hacía tiempo que se había desvinculado de todo aquello.

No conservaba antiguas amistades ni apenas contacto con nadie que pudiera darle la noticia.

Era posible que aún no supiera que su madre había muerto.

Y Darío tampoco había intentado llamarla.

La razón era simple.

Tenía miedo.

No de ella, sino por ella.

La desgracia —la muerte— lo rodeaba como un aura negra, y no quería que la tocara. No quería arrastrarla a su infierno.

Darío estaba exhausto. El tanatorio se le había ido llenando y vaciando como un pulmón ajeno.

Visitas, pésames, manos húmedas, frases repetidas.

Cuando por fin se abrió un hueco de tranquilidad, se dejó caer en uno de los sillones grandes, demasiado mullidos, colocados junto al féretro de su madre.

Al otro lado del cristal, el ataúd cerrado reposaba entre coronas de flores que ya empezaban a marchitarse.

Inclinó el cuerpo hacia delante y apoyó los codos en las rodillas. Las manos le cubrieron la cabeza. Miraba al suelo. No quería ver nada más.

Entonces alguien se sentó a su lado.

No oyó pasos. Solo sintió el peso nuevo hundiendo el sillón.

Darío no levantó la vista. Lo primero que vio fue un zapato.

Viejo. Demasiado viejo. El cuero cuarteado, la suela gastada.

Encima, un calcetín negro, fino, estirado hasta el límite.

El pantalón terminaba demasiado arriba, dejando al descubierto una espinilla flaca, pálida, cubierta de un vello ralo y oscuro.

Un cuerpo mal vestido. Alguien que llevaba ropa que no era de su talla.

—Merecen que los aplastes —dijo la voz.

Era una voz extraña, como desajustada, como una melodía interpretada con un instrumento roto. El aliento que la acompañaba llegó hasta Darío, rancio, espeso, con un fondo pestilente que le revolvió el estómago.

El escritor no levantó la cabeza. Una punzada eléctrica empezaba a ponerle el vello de punta.

—Yo estoy contigo —continuó la figura—. Soy tu sirviente. Te lo suplico… que tu cólera no me alcance a mí. Haré lo que sea…

Las palabras se amontonaban, urgentes, casi devotas.

Darío alzó la vista despacio. El hombre era flaco hasta la exageración, como si la piel le colgara de los huesos.

Si el pantalón le venía corto, la chaqueta del traje antiguo le venía grande, las mangas demasiado largas, los hombros caídos.

La corbata estaba mal hecha, torcida, apretando un cuello escuálido.

El rostro era anguloso, enfermo. Los dientes, amarillentos y sucios, se asomaban en una sonrisa temblorosa que no era alegría, sino miedo. Un miedo reverencial.

Darío parpadeó, incrédulo.

Miró alrededor. El tanatorio seguía igual: pequeños corros de gente hablando en susurros, cabezas inclinadas, gestos lentos, el murmullo respetuoso de un velatorio cualquiera. Nadie parecía notar al hombre sentado a su lado.

Tragó saliva.

—¿De qué estás hablando? —preguntó, casi sin voz.

El flaco inclinó la cabeza.

—Yo sé de lo que eres capaz. Lo he visto. Eres el Hombre de Nueve Dedos. Y los que no te teman, los que no te alaben merecen morir. Te he visto en mis sueños escribiendo a máquina. He visto tu poder. Y me pongo a tus pies.

Darío lo entendió entonces.

Era uno de ellos.

Uno de los dementes en cuyas pesadillas había entrado, cuyas mentes había abordado, invadido. Uno de los que habían empezado a soñar con él desde que llegó al Caserón de los Susurros. De los que despertaban gritando, de los que se rompían un poco más cada noche.

Pero este no lo odiaba.

Lo temía.

Aquello era demasiado. Otro de aquellos locos se le estaba ofreciendo como a un dios. Darío sintió el impulso brutal de abalanzarse sobre él, de cerrarle las manos alrededor del cuello y apretar hasta que dejara de respirar. La imagen fue clara. Fácil.

Sin embargo, se contuvo.

No podía más.

Entonces llegó el olor.

Un hedor extraño, gelatinoso, como goma quemada. Un neumático caliente. Algo industrial, tóxico, imposible allí dentro. Se puso de pie de golpe. El sofá crujió. El hombre alzó las manos, suplicante, murmurando algo que ya no escuchó. Darío se abrió paso entre la gente. Necesitaba salir de allí.

El jardín lo recibió con aire frío, casi medicinal. Abrió los pulmones, desesperado, intentando quitarse ese olor, esa sensación. Se escondió detrás de una columna de mármol. Se inclinó un poco, buscando oxígeno para sus pulmones y su alma, las manos apoyadas en las rodillas.

Fue ahí, en ese temblor silencioso, cuando la percibió.

Una figura avanzaba hacia él entre los senderos iluminados del jardín. Primero un contorno, luego un cuerpo, y después, una certeza que tardó unos segundos en encajar en su mente agotada.

Irene.

***

Irene era la misma que recordaba y, sin embargo, algo había cambiado.

Solo parecía llevar encima la gravedad tranquila de alguien que ha sobrevivido a demasiadas verdades.

Las pequeñas manchas en la cara; los ojos tostados, cálidos, capaces de atravesarlo con una mezcla de compasión y firmeza; el péndulo de cobre que llevaba al cuello, siempre moviéndose con un vaivén imperceptible, como si respirara con ella; el antebrazo lleno de pulseras; y la ropa cómoda, sin artificios, sin pose, tan ajena al mundo impostado que él habitaba desde su éxito.

Verla ahí, bajo la luz suave del jardín, le clavó una punzada en el corazón. Una punzada cálida, inesperada, algo que él creía extinto para siempre. Algo intruso en un corazón ya acostumbrado a las tinieblas.

Ella no dijo nada. Solo lo abrazó. Darío tardó apenas un instante en rendirse a aquel gesto.

Apoyó el rostro en su hombro y aspiró su olor.

No era perfume. Era simplemente champú barato, doméstico, cotidiano, pero tenía la armonía de un recuerdo que no sabía que añoraba.

Olía a paz, a refugio, a un hogar del que nunca debimos marcharnos.

Si había un momento para llorar, era ese. Pero el escritor no lo hizo. Solo los inocentes tienen derecho a hacerlo.

Irene deshizo el abrazo lentamente y dio un paso atrás. Lo miró desde una distancia prudente, como si temiera romper algo que aún no sabía cómo sostener.

—Lo siento —murmuró ella.

Darío asintió, sin fuerza para hablar todavía.

Estaba cansado.

Cansado de esquivar la verdad, de maquillarla, de pretender que el desastre no tenía su firma estampada en sangre.

—Tenías razón, Irene —dijo por fin, con la voz ronca—. En lo que me dijiste.

Ella no respondió. Le dejó espacio. Lo invitó, con su silencio, a desenterrar aquello que llevaba demasiado tiempo sepultando dentro.

—Dijiste que todo conducía a una misma puerta —continuó Darío—. Dolor, desgracia y muerte. Y yo… yo estaba tan obsesionado con mi éxito que no quise ver hasta dónde llegaban las consecuencias. La desgracia que dejaba atrás cada paso mío. No quise verla porque me convenía no verla.

Silencio.

Al final la vida son intentos de interrumpir el silencio.

Irene tomó aire antes de hablar.

—He seguido las noticias desde el principio —dijo con una serenidad que dolía más que cualquier reproche—. He leído tu libro. Es perturbador… terriblemente perturbador. No por lo que inventas, claro, sino por lo que es cierto.

Él bajó la cabeza.

—Es una antología de horrores vividos —prosiguió ella—. O soñados. O absorbidos de personas perturbadas que conectaron contigo sin que lo supieran. He seguido también el después: los incidentes encadenándose como fichas de dominó. Una tras otra. Y a cada movimiento esperaba que reaccionaras.

Desde la muerte de Horacio, Darío había vuelto a buscar refugio en la oscuridad.

No había sido una decisión meditada. Había sido un arrebato.

Eligió una habitación al fondo, la más alejada del ruido y de las ventanas, y la vació con una furia silenciosa.

Sacó los muebles uno a uno, arrastrándolos hasta el pasillo.

Desenchufó cuanto quedaba conectado, bajó la persiana hasta que no quedó ni una rendija por donde pudiera filtrarse el día.

Apagó la luz, cerró la puerta y se recluyó.

La había dejado igual que aquella del antiguo piso. Vacía. Fría. Negra.

Allí se escondía.

Antes, aquel cuarto había sido un refugio contra el estrés, contra las pesadillas imposibles de recordar, contra ese terror sin forma que lo despertaba empapado en sudor y sin palabras. Se encerraba para huir de algo que no podía nombrar.

Ahora era distinto.

Ahora huía porque ya sabía qué había detrás de aquellas pesadillas.

Porque lo había escrito. Porque la consecuencia tenía peso, temperatura y color.

Y rostros, muchos rostros. En la oscuridad absoluta, sentado en el suelo, Darío respiraba despacio, como si el mundo exterior pudiera oírlo.

Allí no había sueños, ni cuadernos, ni olores que lo traicionaran.

Solo un silencio plomizo donde intentaba esconderse de la realidad, del dolor, de la culpa.

Pero ni siquiera la cueva más profunda protege para siempre.