El Espejo de Los Dementes Capítulo 34 Un hogar del que nunca debimos marcharnos.
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Capítulo 34 Un hogar del que nunca debimos marcharnos.

Darío llevaba un rato sin saber cuánto tiempo había pasado.

Podían haber sido minutos, podían haber sido horas; su percepción estaba hecha añicos.

Permanecía sentado en el suelo, apoyado contra la mesa del salón, la respiración rota, los ojos enrojecidos.

Todo lo ocurrido después se había vuelto confuso. Solo recordaba la frase.

Su madre ha sido asesinada.

Había entrado en él como una navaja helada. Y el resto —los detalles, la escena, la forma en que murió— no habían hecho más que empujarlo más profundo en un abismo donde no existía el aire.

Y el olor, claro. El mundo a su alrededor estaba pintado de un aroma dulzón a manzana ácida —más fuerte, más acentuado que nunca—, y eso significaba que algo en su interior se había desquebrajado.

Ante él, todavía de pie, estaban la inspectora Tiza y el subinspector Ramiro, mirándolo con una mezcla imposible de compasión y desconfianza.

Tiza había intentado explicarlo todo con calma, repitiendo con voz baja la secuencia de hechos; Ramiro lo había observado con esa forma fría de medir reacciones que tienen los policías entrenados.

Pero Darío solo había captado fragmentos sueltos, palabras flotando en un océano negro.

Los detalles del asesinato le habían llegado a Darío como punzadas directas al corazón, cada una más afilada que la anterior.

Foso… ratas… los hermanos Raspini… caída…

Cada término era un latido deformado, una imagen que se le incrustaba en la mente y se expandía como veneno.

Cuanto más escuchaba, más sentía que su pecho se partía, que algo cálido y doloroso se derramaba en su interior, como si su propio corazón no soportara el peso de lo que había provocado.

Cada detalle era un recordatorio cruel.

Porque su madre había sufrido una muerte escrita por él.

Una muerte nacida de su sombra.

Eran los mismos agentes que habían venido por el asesinato de Horacio. Los mismos que tenían claro que aquello no podía ser casualidad: dos muertes violentas, perturbadoras, separadas por apenas unos días… y un denominador común: Darío Salvatierra.

—Señor Salvatierra —había dicho Ramiro, con suavidad extraña en su voz grave—.

Sabemos que esto es devastador pero necesitamos que entienda algo.

Las circunstancias son… anómalas. Dos muertes violentas, muy próximas a usted, con elementos poco comunes.

Tenemos que preguntarle si ha notado algo extraño últimamente.

El escritor no respondió.

Ni siquiera levantó la cabeza.

Mientras se frotaba el muñón, solo podía pensar en una cosa:

Todo es por mi culpa.

Darío había entendido, en un rincón íntimo y terrible de sí mismo, que la culpa no era un accidente.

Era una raíz que él había cultivado sin querer.

Había escrito desde sus grietas, había invocado sombras con la tinta de su poder, había jugado con mentes rotas —las suyas y las ajenas— creyendo que aquello era una ficción que se movía en un espacio estéril, sin consecuencias.

Pero las historias tienen hambre, y la suya despertó fuerzas viejas, espíritus sin nombre que aguardaban solo una chispa para deslizarse fuera de la página.

Él había sido esa chispa. Había atraído la desgracia como un imán oxidado atrae limaduras negras.

Su mala suerte no era azar: era un eco del horror que había dejado escapar, un reflejo nacido en el espejo que nunca debió abrirse.

Y ahora, cada vida rota, cada muerte absurda, era el precio que aquellas páginas empezaban a cobrarle.

***

El tanatorio parecía más un hotel de lujo que un lugar para despedir muertos.

Un bloque de líneas modernas, cristal y acero, rodeado por jardines que habían sido diseñados para transmitir serenidad.

Pero nada podía calmar la tormenta que Darío arrastraba dentro.

Ni siquiera el silencio artificial que impregnaba aquel lugar, un silencio tan pulcro que parecía prohibir el llanto.

La prensa había sido vetada. Darío había insistido y elegido aquel tanatorio porque eran capaces de mantener a raya a los periodistas.

Desde hacía días corrían rumores venenosos sobre él, sobre su obra, sobre la maldición que parecía seguir cada página que escribía.

Las filtraciones habían hecho su magia y habían convertido aquellas casualidades en maná para el sensacionalismo: el asesinato de su agente, el atentado contra la editorial, y ahora el asesinato de su madre.

Y él, en el centro de todo.

Como un imán para la desgracia.

Cuatro días llevaba el cuerpo en la morgue. Cuatro días sin que le permitieran verla. En su mente, redoblaban las palabras de los forenses.

No es recomendable.

No querrá esa imagen en la memoria.

Y no hacía falta que dijeran más. Él sabía demasiado bien lo que quería decir no es recomendable. Sabía lo que una jauría de ratas hambrientas era capaz de hacer a una persona.

Lo sabía porque lo había visto.

Y lo había descrito.

Clac, clac, clac.

La máquina de escribir. Un folio sobre la mesa. La planta alta del Caserón de los Susurros. Una de aquellas conexiones con pesadillas ajenas.

El terror nocturno de alguien que era devorado por las ratas.

Alguien que estaba amarrado a una silla, en una nave industrial llena de jaulas con decenas de aquellos animales.

La nave era un rectángulo oscuro de metal oxidado, con lámparas industriales que parpadeaban como si se arrepintieran de existir.

A un lado, las jaulas alineadas, apretadas unas contra otras, temblaban con el peso de las ratas inquietas.

El olor —Darío incluso podía percibirlo— era insoportable: orina vieja, serrín húmedo, miedo.

Y en medio del pasillo esa persona.

Una persona obesa, alimentada durante años con comida basura, sucia, rostro asimétrico, dientes deformados y amarillos. Estaba atado a una silla de madera, con las muñecas tan apretadas que empezaban a abrirse en grietas rojas.

Como antes.

Sí, Darío sabía que no era la primera vez que lo ataban.

Que su padre lo castigaba por “portarse mal”. Él y su hermano habían pasado horas enteras así, inmóviles, sin agua, esperando que su padre decidiera soltarlos.

Pero ahora era distinto. El hombre no lloraba —llorar nunca le sirvió de nada—, solo respiraba rápido, como un niño atrapado en un cuerpo que ya no podía protegerse.

Y entonces algo se había movido.

Un clic.

Un pequeño chasquido metálico.

No uno, varios.

Las jaulas comenzaron a abrirse.

Un chirrido suave, casi delicado, como si la oscuridad se desperezara. Cinco, diez, treinta… todas las cancelas abriéndose a la libertad.

Las ratas no salieron corriendo. Primero asomaron los hocicos, tanteando el aire, oliendo el sudor de esa persona, oliendo el pánico. Los ojos brillaban como cuentas negras, hambrientas.

El hombre intentó mover los pies, pero las correas le apretaban los tobillos igual que cuando era niño. Trató de gritar, pero la voz se le rompió antes de salir. Los roedores bajaron de las jaulas una por una, cayendo al suelo con pequeños golpes sordos.

Un ejército.

Una marea viva.

Las primeras ratas comenzaron a avanzar por el suelo, formando un círculo lento alrededor de la silla, como si disfrutaran prolongando el tormento. Otras treparon por las patas de madera, con las uñas rascando, anticipando.

Entonces se abalanzaron sobre él como una tormenta viva.

La primera le arrancó el labio inferior de un tirón húmedo que dejó los dientes al aire, mientras otra le trepaba por la mejilla y hundía los incisivos en el borde del párpado, masticándolo hasta que el ojo explotó en un chorro lechoso y tibio.

Dos más se pelearon por su oreja izquierda, desgarrándola desde la base como un trozo de cartílago blando que acabó colgando de un hilo ensangrentado antes de caer al suelo, y una rata más pequeña, feroz, se abrió camino bajo la camisa, olfateó el ombligo y, como si fuera una entrada natural, comenzó a morder, desgarrando piel, músculo y grasa mientras el hombre convulsionaba sin poder emitir un solo grito, convertido ya en un festín que respiraba por última vez.

Y todo eso plasmado en un papel con todo detalle —clac, clac, clac—, luego incluido en su libro.

En su obra maestra plagada de dolor y sufrimiento ajeno.

Solo que, en este caso, no era tan ajeno.

Porque ahora entendía quién era aquel hombre.

Lo conocía. Un niño regordete, feo, deficiente mental, que vivía en el seno de una familia oscura. Un vecino de su urbanización al que todos llamaban Dito.

Claudio Raspini.

Y Darío había entrado en su mente como un ladrón que roba más que recuerdos: había robado sufrimiento.

Lo había contemplado desde la seguridad de su propia conciencia, lo había sentido, lo había absorbido…

y luego, sin saberlo, lo había escrito. Cada mordisco, cada alarido sofocado, cada fragmento de carne arrancado por las ratas estaba ahí, en su libro, convertido en literatura, transformado en arte para que otros lo leyeran y sintieran un escalofrío sin entender que aquello era real.

Y ahora lo sabía: no podía ser casualidad. No podía ser coincidencia que el hombre que había matado a su madre fuese Víctor Raspini, el hermano mayor de aquel pobre desgraciado.

No era —no podía ser— azar.

Era venganza.

Una respuesta enfermiza a aquella obra que había escarbado cicatrices antiguas, que había revuelto horrores que debieron permanecer enterrados.

Y en ese instante, Darío comprendió la verdad más insoportable: su libro no solo era un diario de mentes rotas.

Escribir había sido, para él, un acto de supervivencia.

Pero para ellos… había sido una condena.

***